jueves, 29 de enero de 2015

Pasado pisado

Me paro un pasito atrás, como para mirarme mejor y, paradójicamente, me siento más adelante.
Es tan lógico extrañar tiempos pasados... pero vengo a tirar por el piso aquella frase que dice que "todo tiempo pasado fue mejor". Por algo pasó, ¿no? Por algo lo dejamos atrás. ¿Por qué no habríamos de preservar el momento en el que sentimos que "todo estaba bien"?
Quizás haya cosas que no dependen de uno mismo. De hecho, HAY cosas que no dependen de uno mismo.
Es quizás, como la música. Siempre decimos que la música de otra época es mejor, que ansiaríamos haber nacido en el momento justo para ver tocar a The Beatles o para perdernos en festivales ochentosos, pero ¿no es lógico pensar, también, que la música que trascendió, la que hoy escuchamos y creemos icónica, fue justamente la que era buena? Hoy nos quejamos de la música contemporánea, quizás, porque vemos lo bueno y lo malo, y lo vemos de cerca. Quizás en el futuro alguien añore nuestra era musical porque la "música de mierda" fue olvidada.
Creo que lo mismo sucede con los momentos de nuestra vida. Nos topamos con algún obstáculo, algún cambio del presente que nos hace chocar contra la pared, e inmediatamente buscamos los conocido, lo familiar, lo que ya vivimos: el pasado. Suelen ser bastantes los momentos que siento esa especie de nostalgia, porque lo primero que se me viene a la cabeza son siempre los instantes lindos, los que disfruté y me sacaron sonrisas enormes, pero, de a poco, uno empieza a hacer memoria y aparecen con claridad las razones por las cuales uno hizo los cambios que sintió para estar hoy donde uno está. Creo que el presente es el mejor momento en el que podemos estar. Ni el pasado, ni el futuro. No vivir añorando, ni vivir planeando. Vivir viviendo. Y dejarnos sorprender.

domingo, 25 de enero de 2015

Desesperación I

El tiempo que dura el viaje de planta baja al cuarto piso me alcanza justo para observar en el espejo todos los defectos que había olvidado. Entro y tengo que tocar las paredes para ubicarme porque no cambié los focos. Quiero dejar de ser tan dejada, digo, y sigo dejándolo para después. "Está bien, estás deprimida" me digo, excusándome, siempre excusándome, siempre lo fácil, siempre la pila de basura en el escritorio que nunca me voy a decidir a tirar. Y sólo ordeno cuando viene alguien. Pero nunca viene nadie. Porque nunca invito a nadie. Porque quiero seguir teniendo la insostenible excusa para seguir dejando que mi vida sea un quilombo. Y así con todo. ¿Como mierda llegué a esto? me pregunto a las tres de la mañana, aunque todo el día lo haya pensado, sólo a esta hora me animo a formularlo. Y escupís palabras como si allá afuera alguien estuviese esperando leerlas.
No, piba ¿qué te pasa? Sos una más, y siempre vas a ser una más, en todo, en la vida de todos y qué me importa a mi si nadie en tu vida es "uno más", vos sos la que se complica, vivi la vida, cogé, drogate, reite aunque no entiendas, repetí las mismas frases que repiten todos que así capaz que conseguis a alguien que se quede en tu vida el tiempo suficiente para hacer sentirte un poco menos miserable que ahora. Así es la cosa, ¿cómo que no entedés? si es re fácil, No comás, meté panza, ufff ¿qué te pusiste?, igualdad de género pero a mi pagame la cena eh? no te hagás el boludo. 
Me estoy ahogando en todo lo que me repiten y en los laberintos de lágrimas y gritos que nadie escucha porque ni siquiera son gritos y me niego a creer que tengo que hacer lo que me dicen que tengo que hacer y que tengo que tener la vida planeada a los 20. Y me doy la cabeza contra la pared hasta las seis de la mañana, y me duermo y me levanto al otro día a las dos de la tarde, otro día perdido, porque parece que las cosas útiles sólo se pueden hacer a la mañana, y pienso, y pienso, y pienso... ¿Qué pasaría si viviera en un piso once?

viernes, 23 de enero de 2015

Las papas fritas

Cada vez que mamá ponía la sartén al fuego y empezaba a cortar papas en bastones, nos invadía una especie de euforia incontenible, pero era, así también, efímera.
Las papas fritas eran la única comida que mamá nos dejaba comer con las manos, y esas manos, todas grasientas, eran para nosotras un símbolo de una larga lucha ganada.
"¿Mamá, en serio nos vas a obligar a comer papas fritas con tenedor?"
Era, sin embargo, un acontecimiento que se daba en pocas ocasiones, y que siempre nos dejaba con gusto a poco. Creo que todos podemos identificarnos un poco con esto: Cuando la última tanda de papas fritas salía, y, por fin, se apagaba la sartén, todas las tandas anteriores habían sido devoradas y nos sentábamos a la mesa con un plato de treinta papas fritas para siete personas.
Pero el corazón de mamá no le permitía impedirnos que las comiéramos antes de sentarnos.
Nos quemábamos las lenguas y las manos, a veces las comíamos hasta sin sal. Nos divertía verla luchando con las minúsculas gotitas de aceite que saltaban por todos lados. Salía una tanda y nos abalanzábamos. Pequeños dedos mezclados sobre un plato y estómagos que parecían nunca llenarse. Y mamá nos miraba desde la mesada de la cocina... Estoy segura de que le hubiese gustado gritarnos que paráramos, pero también estoy segura de que se maravillaba con esa danza de avidez.
Aquel día, mamá prendió la sartén, como cualquier otro día, y todas, entre risas, corrimos a la cocina.
Fue sacando tandas y tandas mientras nosotras comíamos, regodeandonos. Saladas, hiper saladas, algunas, y otras no tanto, como para equiparar. Las intercalábamos con grandes sorbos de agua y las pilas de servilletas de papel usadas iban multiplicándose descontroladamente.
Mamá seguía firme, mirándonos desafiante, sin alejarse de su puesto de batalla. Pelaba papas, cortaba, las hacia nadar en aceite y nos llenaba platos y platos de papas fritas.
Cerca de las cinco de la tarde, las seis nos miramos consternadas. Mamá no había dejado de cocinar papas fritas por cuatro horas y nosotras ya no podíamos seguir llevándonoslas a las bocas. Bocas paspadas por la sal, brillantes de aceite. Tomamos la decisión en silencio y yo me paré, pidiéndole "Mamá, basta, por favor, ya no queremos más papas fritas". Mamá dio vuelta la perilla de la cocina, se secó la frente con el repasador y con una sonrisa inmensa nos dijo "Esta vez, les gané".

miércoles, 21 de enero de 2015

La era de la rapidez

Los aviones cada vez más veloces.
Los teléfonos cada vez más inteligentes.
La relaciones cada vez más fugaces.
Cada vez queremos la comida más rápido en nuestros platos.
Queremos leer reportajes sobre hechos ocurridos hace diez minutos.
No sabemos qué hacer en el baño sin el celular.
Nos sorprendemos cuando en una cafetería no tienen wifi.

Apurados, vivimos.

Qué triste no poder poner en pausa el mundo para disfrutar ciertas cosas.
Leer un libro sin sentir la necesidad de publicarlo en todas las redes.
Respirar en serio y sentir el aire, no respirar sólo para sobrevivir.
Cocinar despacio, sin poner el fuego alto para acelerar la cocción.
Dormir sin despertador.
Charlar mirándonos a los ojos.
Amar mirándonos a los ojos.
Que pena, que para esas cosas, ya no haya tiempo.

jueves, 15 de enero de 2015

Y aún cuando no te pienso...

No dejo de escuchar una especie de chirrido en la parte de atrás de la cabeza. Parecido al que sentís cuando volves una noche, al silencio de tu cuarto, después de estar en algún lugar con música muy alta. Quizás acabo de volver de algún lugar en el cuál había algo "muy alto". No se si música, no se si algo más profundo, no se ni siquiera a dónde quiero llegar con esta metáfora mediocre.
No todo lo que hacemos tiene que ser lindo. No quiero traer a colación la ya conocida discusión sobre quién decide qué es lindo y que no. Quiero, en parte, excusarme por la crudeza, por la, imposible de contener, desesperación, exaltación con la que escribo. Si vieran la letra escrita, lo notarían sin necesidad de excusas de mi parte, sin que me sientiese obligada a explicarme. Que lindas las palabras con "ex". Que ¿terrible? lo que significan esas dos letras solitas, ahí, una al costado de la otra. No, no es terrible... "Por algo es ex, Alejandra". No, no, no ¿qué es eso de repetir una y otra vez frases armadas en las que no crees? 
No es de eso de lo que quería hablar.
No sé qué sucede que escucho tan claramente, ahora, el bombeo de mi corazón. Aurículas, ventrículos, ventrílocuos, elocuente, gente, mente. ¡Ah! Es eso, tal vez. La maldita y hermosa mente. Esa que no logra comprender qué es un oxímoron, por más de que se lo hayan tratado de explicar extenuosamente. Y no me vuelvas a repetir, ni se te ocurra llenarme la cabeza de ejemplos (¡examples!) porque va a ser inútil, algún día despertaré, simplemente, comprendiéndolos... 
Uno se aferra a esperanzas con la esperanza de que la espera haga que la esperanza abrevie la espera. ¿Que esperamos? O, más bien, ¿qué espero? ¿A donde voy con todo esto? ¿Y por qué siento la necesidad de saber a dónde voy?
Ay, ay, ay. Digo "ay" porque me siento ay y porque estoy suspirando más de la cuenta y siento que el cuarto se va a llenar del aire que suspiro. ¿Será también dióxido de carbono lo que suspiro? Creo que se me va también un poquito de corazón con cada exagerada exhalación, pero al mismo tiempo siento que cada vez se hace más y más grande. ¿Y si explota alguna vez?
O quizás eso sea volver al estado natural, después de todo eso somos: pequeñísimos fragmentos unidos quién sabe por qué, quizás al reventar todo esté volviendo a la normalidad, cada parte a su parte. Y hoy me siento un poco pájaro y llorona y mango y orgullosa y, y, y, y, y. Las partes quieren volver a su parte y quieren dejar de ser parte de mí, ¿quién soy para impedirlo? 
Se detuvieron los sonidos y el silencio es peor ¡ni siquiera escucho el rumor del lápiz sobre el papel! Existe la posibilidad de haberme quedado sorda... Me examino... No. Aún escucho. Y lo que escucho puede despertar a los demás. Vuelve el silencio afuera pero adentro hay algo como gente arañando paredes y cuando escribí mango se me ocurrió la palabra exuberancia y no tengo miedo de admitir mi vacilación al escribirla, casi dejo escapar una h intermedia. 
Lo que quiero decir, es más bien simple, pero necesitaba introducción, lo que quería decir es que me da miedo que no me de miedo el miedo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Diez

Te largan a jugar. Asi, sin experiencia y con las piernas flacas como dos chorros de soda. No te ponen presión, pero no escupas para arriba, que te va a llegar solita.
Jugas, jugas y creces. Te reis, tropezas y te golpeas mil veces la cabeza. Conoces compañeros, amigos, amores y desamores. Te peleas con amigos, conoces nuevos, o no tan amigos, que te tiran un caño cuando te descuidas.
Es así, nene, no te enamores de nada. Sabes por qué? Porque en algún momento te van a dar el 10, brilloso y luciendo en tu espalda, no para darte prestigio, sino a modo de blanco, para que te lleguen todas las patadas a vos.
Y es en ese momento cuando, aun siendo el más guapo de todos, vas a tener ganas de llorar.
Mil veces me dijeron que era distinto. Incluso, ayer, en la cena, mi abuela me dijo que la asustaba, que parecía de cuarenta años. Es una casualidad? No, che, no es una casualidad. A mí me pusieron a jugar cuando era un nenito, y aprendí cosas que otros aprenden mas tarde. No me enorgullezco de eso, porque tengo pocos amigos, pocos amores y soy demasiado crudo para decir las cosas. Y no solo eso, sino que ante cualquier problema de dos, de tres o de cinco, la pelota me la pasan siempre a mi, y esperan que tire algún lujo y terminemos, al menos, empatando.
Me parece que esta vez me quedo grande la camiseta. O el partido es muy difícil, quizá.
Pero no voy a negar que tengo ganas de sentarme a llorar un poco, y mirar todas las cosas que me perdí por ser grande antes de tiempo.
Los quiero un montón, pero hay cosas que no van a volver. Y de hoy en mas, hay cosas que no van a poder comprarle al enano. Partidos de futbol, de play, o días de campo. A mí no me deben nada, ni al mediano.
No quiero jugar más. Acá les dejo la camiseta. Me retiro a los veintiuno y no sé qué voy a hacer con nada más.
No me esperen al brindis, no me esperen en la costa. Cuelgo los botines.
No es necesario que, de un plumazo, te borren la sonrisa del que había sido el mejor año de tu vida. Y a vos, canoso, no tengo que reprocharte nada. Sos y vas a ser el diez que quiero igualar, hoy y siempre.
(Quizá vaya a brindar con mi familia numerosa, que me afanaron con los años).
Si, amo las familias numerosas, los asados domingueros y los primos que son amigos.
Yo pase los fines de semana “jugando” y no conoci esas canchas. Que le voy a hacer.
Dejame, dejame asi. Si siempre dijeron que estaba loco.

Y no, no estoy loco, ni voy a estarlo. Pero soy una bomba de tiempo, un diez que soluciono partidos un montón de veces y que hoy esta tan triste que no quiere pisar un césped nunca más.

GS

domingo, 28 de diciembre de 2014

Los rayos cayendo de un cielo encapotado

Diciembre era su mes menos preferido para ir a verla y tenía varias razones para que así fuera, el paso de los años había hecho que se de cuenta de eso, pero también había hecho que esas razones fueran variando, a veces disminuyendo hasta casi desaparecer y otras aumentando inquietantemente. Nunca había encontrado, sin embargo, una razón lo suficientemente fuerte para dejar de ir. Y la verdad es que se sentía más en casa allí que en su diminuto departamento, allí ya lo conocían, y, principalmente, ella lo hacia sentir en casa, ella era su hogar.
Había pasado ya el momento en el que se preguntaba hora tras hora por qué el destino había obrado de esa manera, los años habían hecho que, de cierta manera, lo aceptara. Tenía claro que aceptar no era lo mismo que olvidar ¿cómo iba a olvidarla?
El día después de Navidad siempre era el peor. Sentía una ironía indescriptible. Todo se llenaba de flores, cartas, gente... Y si bien él sabía que era bueno, sentía que era una hipocresía que esas familias, ausentes todo el año, aparecieran justo ese día.
Le dolía el olvido, sufría por los otros, pero, también en parte, por ella y por él. Tenía claro que en cualquier momento él tampoco iba a estar y entonces ¿los alcanzaría a ellos también el olvido?
Estaba sentado en el banco. Mirándola. Se escuchaba el bullicio de la gente mezclado con la musiquita de las tarjetas navideñas repitiéndose sin cesar. Ella siempre tenía flores, se lo merecía. Se había prometido a sí mismo que nunca iba a dejar de ir a verla y que nunca le iban a faltar flores. Y por 32 años había mantenido su promesa. A veces, en sus largas horas de reflexión, seguía preguntándose si había hecho bien en elegir ese lugar para ella, nunca habían tenido ocasión para planificar aquello que parecía tan lejano, nunca hubiese imaginado que ella se iba a apagar así, una noche, entre sus brazos, sin un por qué.
Había aprendido a alejar el sentimiento de culpa y a transformar el dolor en algo positivo. No podía negar que era feliz. La gente solía preguntarle por qué no se había casado de nuevo, él nunca sintió la necesidad. Se había enamorado y seguía enamorado, aunque se rieran o lo miraran con pena cuando lo decía. Diciembre era una de las pocas cosas que lo hacían indignarse, y hasta estaba orgulloso de eso.
Miró el nicho de al lado. Uno de los pocos que seguían, aún en Navidad, sin flores. Como era costumbre, separo unas cuantas del ramo que había llevado y las puso en su macetero. Era una de esas lápidas protegidas por una reja, no las entendía; el cuerpo no iba a ir a ningún lado, no necesitaba una reja. Lo curioso era que recordaba haber pensado exactamente lo mismo el día en que la habían puesto. Era Noviembre y llovía, casi nunca llueve, y la reciente viuda estaba sola. Nadie más la acompañaba. Él estaba sentado allí, en el mismo banco,18 años atrás, no había lluvia que impidiera que cumpla con su promesa. Ella se sentó al lado y él le dio su paraguas. Sintió ganas de abrazarla y de decirle eso de que el tiempo va sanando las heridas, aunque fuese mentira, aunque quizás eso funcione para algunos, que necesitan el remedio del tiempo, pero no para otros que tienen heridas más profundas. Pero el silencio dijo más y prefirió que sea de ese modo. Cuando la lluvia paró un poco, se levantó, cerró la reja de la lápida y se fue. Fue la última vez que vio esa tumba con flores, bueno, exceptuando las veces que él mismo las ponía. Sentía que era más sincero que desapareciera definitivamente y no volviera, ni siquiera, para Navidad.
Había tenido tiempo para imaginar la historia de la misteriosa pareja, era de las pocas historias que nadie conocía en el Cementerio y que le obsesionaba saber. El pasar tanto tiempo ahí había hecho que se relacionara con los más diversos personajes y había entre ellos algo parecido a la amistad. No hablaban mucho, pero las pocas palabras que se decían en cada encuentro iban narrando historias y poco a poco reconstruyendo vidas. Otra razón por la que no le gustaba Diciembre: ese código no escrito de hablar poco era sistemáticamente violado.
"Hola Don Lucho, feliz Navidad" lo saludó el jardinero mientras tiraba baldes y baldes de agua para que no se secara el pasto, era verdad que no llovía casi nunca, pero hoy se veían en el cielo algunas nubes amenazantes. La lluvia lo transportaba inmediatamente a la tarde de noviembre de 18 años atrás. Hizo memoria y no pudo acordarse de otro día en que la lluvia lo hubiese alcanzado en su banco ¿podría ser posible?
Lentamente los recovecos del cementerio se fueron vaciando, mientras el cielo seguía llenándose de nubes, iba a oscurecer bastante más temprano. Comenzó a despedirse cuando la primera gota lo mojó y tal vez fueron sus pensamientos los que no dejaron que escuche que alguien se había acercado a él, hasta que, tímidamente, ese alguien le ofreció su paraguas.

sábado, 20 de diciembre de 2014

(Des)encuentros

Todo empezó desde antes de que me suba al colectivo: El equipaje se dejaba en un lugar distinto de donde se sube.
Tenía el asiento 33. Me gustaba el numero. Me gusta el tres y dos tres juntitos forman un ocho que es otro numero que me encanta.
En la fila para despachar el equipaje no sé cómo, porque uno nunca sabe cómo, empecé a hablar con una mujer. Tampoco sé cómo, pero terminó contándome una parte importante de su vida mientras esperábamos. Viaja con sus dos hijas: Sol y Ángeles.
Yo estaba muy emocionada. Además de todo lo que el viaje significaba, mi mamá y mis hermanas se subirían al mismo colectivo que yo en Jujuy, y terminaríamos el viaje hasta Lima juntas. Es decir, los asientos que ellas iban a ocupar iban a ir vacíos hasta Jujuy. Los pasajes se vendían completos, de Buenos Aires a Lima, no por tramos.
En la fila, yo seguía escuchando porciones de la vida de Lucía, hasta que no me resistí y le pregunté qué asiento tenía: " 34, 35 y 36" me dijo. Me quedé congelada: esos eran los asientos de mi mamá y hermanas. Estaba segura. Igual, agarré el teléfono inmediatamente y llamé a mamá para preguntarle. Me lo confirmó. Y ahí empezó el "¿qué habrá pasado?". Pasaron los minutos y subimos al colectivo. Apagué el teléfono para ahorrar batería. Le mandé a mamá "a las tres te llamo" (otra vez el tres).
Me senté al lado de Sol. Lucia me agradecía a mi y a Dios "por haberme mandado". Creo que es muy creyente. Y creo también que tenía mucho miedo de quién iba a sentarse al lado de su hija de siete años.
Sol es una de las nenas mas inteligentes que conocí, pero es insoportablemente inquieta. En lo que va del viaje no pegó un ojo y tuve que rogarle que me deje dormir un ratito. Quiere saber todo quiere saber qué estoy escribiendo, quiere saber de qué se trata el libro que estoy leyendo y me pide que le lea. Y me cuestiona. Tiene siete años y dice que ella no va a dormir en todo el viaje porque "alguien tiene que estar despierta vigilando". No entendió la película que pasaron por la tele minúscula del colectivo (Django) y me despertó para que le explicara. Nunca la ví.
Supuse que eran alrededor de las tres, no lo supe hasta que prendí el celular (debería tener un reloj y no vivir tan perdida).
Me entraron todos los mensajes de whatsapp, como diez de la conversación de mamá. Leí rápido y básicamente el colectivo en el que ellas iban a viajar no era el mismo en el que yo estoy viajando. Rápido, también, mi mente empezó a analizar todos los inconvenientes que eso traía, que la plata, que los dólares, que la incomunicación, que todo lo que asumía que iba a pasar mañana, en realidad no iba a suceder.
¿Qué era lo que había pasado?
Hace un tiempo sólo salía un colectivo a Perú, es más, creo que salía sólo uno por semana. Mi abuelo compró los pasajes desde Lima, uno tenía que salir de Buenos Aires, y los otros tres, de Jujuy. Supuestamente eran del mismo colectivo, pero algo pasó en el medio: por las fechas el mismo día salían TRES. Al comprar los pasajes asumimos que eran del mismo colectivo, pero no. Yo viajo en uno, ellas en otro.
Estamos en el parador, el wifi me permite actualizar. Me da un poco de vértigo todo esto. La última parada hasta quién sabe cuándo (bueno, si preguntara sabría cuándo).
En fin, me esperan alrededor de 65 horas más de viaje sola. O bueno, con Sol, Ángeles y Lucía.

jueves, 18 de diciembre de 2014

De amor y de odio

Hace un tiempo que tenía ganas de escribir sobre esto. Sobre como me desvivo por ciertas cosas, pero al mismo tiempo detesto algunas versiones de esas mismas cosas. Como siempre, me cuesta poner en palabras lo que se me pasa por la cabeza, o siento que ya hay mucho escrito (y mucho mejor).
Pero me pasó algo.
Tengo mi bici desde Agosto, pero mi ya conocida dejadez, había hecho que en el transcurso de estos meses no me haya comprado una cadena y un candado para dejarla atada por ahí; así que sólo iba a lugares en donde sabía que podía dejarla y que esté segura. Conclusión: a la facultad seguía yendo caminando o en las bicis del Mauri.
Mi regalo de Navidad adelantado fue una cadena muy simpática, de esas que tienen el código de cuatro números (que por cierto no los elegís vos, tenés que aprenderte un código impuesto), así que por primera vez la saqué a todos lados, a la facultad, a hacer trámites al centro, al dentista, todo. Debo admitir que estoy contentísima.
A lo que voy es que hoy, en el camino a la facultad descubrí cuáles era mis cuadras favoritas del trayecto: las de la bajada empinadísima por Montevideo entre Alvear y Libertador. El viento en la cara, la velocidad, el probar hasta cuando puedo evitar apretar el freno, el que me miren mientras sonrío, y sonreírle a la gente, porque creo que puedo resumirlo todo en eso, las ganas que esas cuadras me dan de sonreír.
Cuando llegué al semáforo me pregunté cómo nunca, en todas las veces que había hecho ese camino, no le había dado bola a lo bien que me hacían sentir esos metros. Hice nota mental de escribir sobre eso.
Después del brindis y comida y abrazos y del miedo de que que esté lloviendo y tener que volver mojándome, agarré la bici, giré las perillitas para poner el código (que ya me aprendí de memoria) y emprendí la vuelta. Casi nunca ando en bici de noche, pero sinceramente hoy la noche está hermosa y bueno, mucha opción no tenía, de alguna forma me tenía que volver (con bici incluída).
Volví sobre mis propias huellas, cómo cambia todo con más o menos luz, eso es algo que no deja de maravillarme. Llegué al semáforo de Libertador, renovando la nota mental de escribir sobre esas cuadras tan lindas, pero había algo que no había tenido en cuenta, que no se me había pasado por la cabeza: la bajada, en el camino de vuelta, era subida.
Por más de que puse la bici en el cambio más liviano, sufrí los (largos) minutos que me tomó hacer esos metros que en bajada hacía en (breves) segundos.
Y en el resto del camino se me ocurrió que es una analogía muy buena para eso que tenía ganas de escribir hace rato. Las cuadras son las mismas, no hay (casi) nada que haya cambiado en las horas que separaron los dos eventos. Los árboles en las veredas son los mismos, la inclinación sigue siendo la misma, la bicisenda sigue dañada en los mismo lugares, el piso sigue estando pintado de amarillo. Nada de eso cambió, a lo sumo se habrá agradado un milímetro el pozo, o se habrá caído una rama de algún árbol, pero lo cierto es que lo que verdaderamente influye (o influyó) es mi situación.
Parece sencillísimo, me gusta la bajada porque disfruto de esa sensación de libertad, por así decirlo; y odié la subida porque (además de tener todo el cansancio del día encima) el esfuerzo que requiere es mucho mayor.
Se me nubla la cabeza y otra vez me está costando traducir pensamientos en palabras, pero creo que se entiende la idea, que amemos u odiemos las mismas cosas, depende de la situación particular en la que nos encontremos. No me explicaba cómo en un lapso de minutos podía pasar del amor al odio, pero creo que así como varían nuestros pensamientos, así cómo pasamos del calor al frío, del sueño a la hiperquinesia en instantes, así también podemos pasar del amor al odio. Sobre lo mismo. Que es lo mismo, pero al mismo tiempo es distinto, porque lo sentimos distinto.
Y también me pregunté si valía la pena, o el esfuerzo, mejor dicho.
Y la verdad es que sí.
Me gustan tanto esas cuadras de ida que de alguna manera voy a hacer que me guste también el regreso.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Escriba un título

Mate, balcón, 4 horas de sueño, emoción.
Uñas recién pintadas, cumbia, sol, ansiedad.
Mañana, sueño, palomas cagándome el balcón, calor.
Vientito, un "shhh", me duele un ojo, nervios.
Sonidito de las notificaciones, compu, celu, tablet, enojo.
Pucho, bajo la música, bostezo, me hace ruido la panza.
¿Es temprano para almorzar?
Se me enfría el agua.
Se nubla.
Se van las palomas.
Silencio.
Otro mediodía más.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

María Algo

Me gustaría que todos naciéramos sabiendo escribir nuestros nombres. O mejor, que lo primero que escribamos sea, mediante ese acto, la forma en que se nos va a llamar por el resto de nuestra vida.
Imaginate, ahí, en el momento en el que te sacan de la connnncha de tu madre, te cuentan los dedos y te dan un lápiz y un papel para que escribas lo que sea, y que ese "lo que sea" sea tu nombre. Tu primera voluntad. A todos parece obsesionarles la última voluntad, pero ¿y la primera?
Estaría buenisimo.
Además no tendríamos todos estos nombres iguales y aburridos, y sería tu nombre porque vos lo elegiste en serio y no porque "Sofía" o "Ignacio" estaban de moda (con mi debido respeto a las Sofías y a los Ignacios, que son muchísimos).
Y a eso sumale la boludez del segundo nombre... o del primero. Las "María Algo" somos las peores. Somos millones, todas se llaman "María Algo". Es terrible ¿cuál es la necesidad?
Llamarte María solo debe estar buenísimo. Los sacas del molde al todos. "Me llamo María", "¿María qué?", "Nada, María, sólo María". Pero creo que no conozco ni a una sóla Maria y punto. Capaz que ni existen, o a nadie se le ocurrió esa genial idea.
Si alguna vez tengo hijos, creo que la decisión más difícil va a ser elegir cómo se van a llamar. Es una responsabilidad gigante (bueno, tener hijos debe estar lleno de responsabilidades, qué miedo).
Supongo que los miraré y veré cara de qué tienen. No creo que ningún bebé tenga cara de Roberto o de Rosa, tendrían que nacer con bigotes directamente.
Quizás elija el nombre que esté de moda, así les doy una razón más para caerles mal.
A mí me hubiese gustado que me digan NN hasta que yo pudiera autonombrarme. Si hubiese sido así seguro tendría un nombre divertidísimo  y genial, y no sería una María Algo.
María Algo de 20 años fijándose en estas banalidades.
María Algo que estudia derecho y sabe que lo que importa al final es el apellido.
María Algo que sigue esperando que alguien se interese por saber qué se esconde en ese algo.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La Princesa

Era una mezcla de sensaciones. Estaba cansada, con frío y segura de estar a punto de enfermarme. Encima, se me había ocurrido ir en bici. Iba en el tren, hacía rato que no me subía a ninguno, menos a ese. Habían cambiado los vagones: recién pintados y todos con aire acondicionado. Con lo que me dolía la garganta ese día hubiese agradecido viajar en uno de los vagones viejos. En fin, siempre encuentro algo de lo que quejarme.
Iba apoyada contra una de las paredes, medio despierta y medio dormida. No era un viaje largo, para nada, pero sí había sido un día largo.
No me acuerdo (ni creo que me acuerde) en que estaba pensando, cuando un hombre del vagón empezó a preguntar a los gritos si alguien tenía un fibrón.
"Uh, este está en pedo" pensé (ahí sí me acuerdo lo que pensé).
Caminaba por todo el vagón, preguntando persona por persona si alguien tenía un bendito fibrón. Y no, nadie tenía.
Sólo ahí noté, que además de los gritos del hombre haciendo su ya conocido pedido y la cumbia que salía de los parlantes del celular de algún otro pasajero, también resonaba en mis oídos el llanto de una nena. La mamá desesperada intentando hacerla callar y el papá mirando sin saber qué hacer. Y los demás pasajeros con cara de incómodos. Y el hombre pidiendo el fibrón.
No lo consiguió nunca, pero alguien le alcanzó un birome y él, apuradísimo se dispuso a escribir en una de las paredes inmaculadas del vagón nuevo.
"¿Que mierda está haciendo este?" dije medio en voz baja, Sí, no me atrevía a decirselo de frente, pero me indignaba que "arruinara" así el tren. Una vez que uno escribe, ya empiezan a escribir todos, y así las paredes que ese día estaban tan pulcras, la próxima vez que me tomara el tren (según lo que yo pensaba) iban a estar cubiertas de inscripciones.
El vagón entero trataba de descifrar qué era lo que estaba escribiendo. Remarcaba letra por letra, para que se notara (con el fibrón no hubiese sido necesario) y no sé si en verdad la cumbia se había apagado, la nena había dejado de llorar y la madre de animarla, pero puedo asegurar que había un silencio sepulcral. Sentía tensión, era obvio que no era yo la única a la que le molestaba lo que estaba haciendo el hombre, pero nadie decía nada.
Me acerqué un poco más, para ver qué era lo que estaba escribiendo, y me sorprendió leer "La Princesa", mientras él seguía remarcando afanosamente las letras.
Cuando consideró que era suficiente, se alejó un poco, cómo para admirar mejor su obra, se dio vuelta, miró a la nena (que sí, seguía llorando) y le dijo "Este vagón es tuyo ahora, no llores más. Mirá, dice "La Princesa", vos sos la princesa".
No sé si la nena habrá entendido lo que le dijo, pero sus padres sí, así como todos los demás en el vagón.
El silencio seguía, se abrieron las puertas en Flores y él se bajó. Y todos nosotros nos quedamos en el vagón de La Princesa, que ahora sí, había dejado de llorar.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La exagerada

Sabes cuál es mi problema? Siento mucho.
Es lindo y al mismo tiempo desesperante sentir que lo que sentís te queda grande.
Dejar todo sintiendo, bueno, malo, sin intenciones.
Miedo, olvido, decisión, amor, tristeza, emoción, decepción, alegría, impotencia.
Y el problema es que agrando todo, lo siento al máximo, y me agoto.
Quieren que viva una vida sin preocupaciones pero ¿cómo hacerlo si disfruto el sentir?

lunes, 10 de noviembre de 2014

Árbol

Bajo el cielo azul,
sobre la alfombra celeste,
suspendido entre cielo y tierra
¿o dos cielos?

Pequeño Edén, inventado,
entre ramas retorcidas.
Gran respiro, necesario,
entre calles conocidas.

Pinceladas en las veredas, 
pasos secretos,
miradas escondidas
¿dónde empieza?
¿dónde termina?

Tenue y volátil,
adivino.
Camino hasta el piso,
¿o baile, imagino?


martes, 4 de noviembre de 2014

Coincidamos

Una serie de cosas que me pasaron estos últimos días me llevaron a pensar y replantearme una frase que repetía casi sin saber que significaba: "no creo en las coincidencias".

Cito a la RAE. 
Coincidencia: "acción y efecto de coincidir". 
Coincidir: "suceder dos hechos al mismo tiempo y por casualidad". 
Casualidad "combinación de circunstancias que no se pueden prever o evitar". 
En conclusión, si no me estoy equivocando, una coincidencia sería algo así como "la acción y efecto de la sucesión de dos hechos al mismo tiempo en una combinación de circunstancias que no se pueden prever o evitar".

Dejemos que nos alcancen más las casualidades. 
Dejemos de tratar de prever o evitar.
Y coincidamos más.

Por algo será, y tal vez ese "algo" hoy no importe.

"Time's we're swallowed up

In space we're here a million miles away"


domingo, 2 de noviembre de 2014

Nuestros Domingos

Habían pasado varios cambios de estaciones. El primero fue de verano a otoño. Con cada uno de estos cambios llegaba una nueva razón para decidir que estaban enamorados. Si, digo decidir. Creo que muchas veces uno se fuerza a sentir algo por el otro, a enamorarse de algún rasgo, costumbre, pensamiento. Así su amor se renovaba cada tres meses (igual que los respectivos cepillos de dientes en la casa del otro) y así, como por costumbre, una inédita razón surgía.
El primer invierno habían sido los pies calientes de ella y la nueva obsesión de él por el té en hebras, la tercera primavera, las largas mañanas acostados en el pasto al sol, mientras ella le leía algún clásico y él le trenzaba el pelo (caóticamente). 
Sus días transcurrían en paz, salpicados con algun que otro encontronazo, pero nunca nada grave. Pronto los cuatro cepillos de dientes se transformaron en sólo dos y el "¿para cuándo el casamiento?" se hacía más frecuente. Es que los dos estaban casi terminando sus carreras y trabajaban hace rato. Era lógico casarse, pensaban. 
Cuando uno tiene que justificarse, es mejor no hacer las cosas, y cuándo en medio de la cena él, cual protagonista de comedia romántica, se arrodilló para pedirle que sea su esposa, sintió vértigo. 
Vivimos dudando, de eso si que no hay duda, pero hay decisiones que dan más miedo que otras, era claro que no podía decir que no en ese momento, no con toda la gente expectante y los ojos de él mirándola de esa manera, no con el mozo parado ahí, sosteniendo la botella de champagne para descorchar, no después de haberle insinuado durante tres meses que quería casarse. Pero el mundo se hace inmenso cuando uno tiene que optar. Y aunque sintiera que el tiempo se había detenido, lo cierto es que una respuesta tenía que salir de su boca, y cuanto antes. 
Y dijo que sí, aunque era una pregunta, no había opción de respuesta, por lo menos eso creía.
Ese cambio de estación se olvidaron de inventar alguna nueva razón para justificar su amor: los preparativos del casamiento eran suficientes. Nuevos trabajos, exámenes finales, reuniones con familia de cada rincón de la provincia: "ahora que nos vamos a casar tenes que conocer a la tía Rosa de Pergamino". Y así sus domingos, que antes eran sus días sagrados, para estar juntos de verdad, se transformaron en un remolino de viajes de horas en el auto, estaciones de servicio y asados con mesas larguísimas. Podría incluso decirse que entonces sí, el paso del invierno a la primavera había traído algo nuevo.
Un fin de semana de Octubre, en el que se habían agotado los tíos por conocer, y la lluvia torrencial no les dejaba mucha opción, se pasaron el sábado entero viendo películas. Sentían que había pasado una eternidad desde la última vez que se habían quedado todo el día en la casa, desde la última vez en que se habían contado las pequeñas anécdotas de la semana, desde la última vez en que el sueño los había sorprendido con esa mezcla rara de sensaciones que les quedaba después de ver una de terror y una romanticona seguidas.
Cuando abrió los ojos después de una dormida maratónica, afuera la tormenta seguía, y adentro había paz. El domingo era la mezcla perfecta del caos natural de la sudestada y la sorprendente calma de verlo dormir sonriendo. Hay momentos decisivos en la vida, y en ese momento las dudas desaparecieron. Cuando contaría la historia, años más tarde, no se cansaría de decir que ese fue el instante en el que se enamoró. No antes, no cuando le había llevado flores al laburo o cuando le recitó Neruda una noche en la terraza; no cuando le dio el primer beso o cuando lo vio llevándose tan bien con su viejo; ni siquiera cuando supo todo el trabajo que había hecho para pedirle casamiento cómo él creía que ella quería. No, todo eso había sido el proceso, el camino que la había llevado hasta ese segundo, metida en la cama, mirándolo, deleitándose con cada movimiento, con cada partícula de aire inhalada y exhalada, con él. Y con ella. Con su pequeño nosotros, con el cosmos de su habitación y el silbido del viento, con la película todavía repitiéndose en el televisor, con el pote de helado y la caja de pizza vacía, con el saber que habían encontrado, sin buscar, por primera vez, su costumbre de domingos de esos tres meses... O más.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Reticencia a los zapatos de verano

Curso a las siete de la mañana (encima por elección propia, qué masoquismo). Al principio del cuatrimestre, por Agosto, salía de mi casa y todavía era de noche. Quien me conoce un poco sabe que me encanta el invierno. Debo decir que, igualmente, me costaban esas mañanas, nada que no se solucionara con medio litro de café, borcegos y una gran bufanda.

Es sorprendente cómo con el pasar de los días comienza a amanecer más temprano; y hace una semana, sin darme cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo, cuando me desperté a las seis menos diez, ya entraba luz por la ventana.

El día se comienza distinto cuando te levantás y verdaderamente es de día, volví a disfrutar (en serio) de las caminatas hasta la Facultad, cuando no me levanto con el tiempo justo por quedarme "cinco-diez-quince" minutos más en la cama.

Últimamente, con el calor que está haciendo el único momento verdaderamente disfrutable del día es la mañana. El lunes había una atmósfera distinta, más gente en la calle, más saludos y menos caras de dormidos. Mis mañanas solían ser silenciosas, pero ese día sentí que había cambiado algo, hasta me animo a decir que escuché una risa o dos.

Ya casi llegando a la puerta de la Facultad, se me ocurrió mirar a la gente que caminaba cerca y comprobé que había llegado esa época que tan poco me gusta: la de los zapatos de verano.

Me vi rodeada de sandalias, ojotas, chatitas y otros horrorosos inventos que dejan más de la mitad de los pies al descubierto. No puedo evitar que me den la impresión de suciedad, están demasiado cerca del piso y muy al aire libre, a merced de tierra, agua, polvo y quién sabe qué más. Uñas de los pies semidespintadas, talones secos y venas muy marcadas entre múltiples defectos e imperfecciones más; pero debo decir que nada me causó tanto pero tanto horror, como mirar hacia abajo y ver, en mis propios pies, un par de zapatos de verano.

domingo, 19 de octubre de 2014

Descuidos emocionales

Su insoportable desorden (y descuido, también) hicieron que de una vez por todas se diera cuenta de lo que andaba mal en su vida: Al ver el polvo acumulado en el espejo del escritorio se puso a pensar en la cantidad de cosas que había dejado de lado, y en las que lentamente el polvo se iba depositando.
Decidió que su descuido no sólo era en cuanto a lo material, eso lo sabía hace rato, sino que sus relaciones cada vez se asemejaban más a la pila de platos sin lavar de la cocina.
No podía seguir esperando a que llegase un invitado para barrer debajo de la alfombra.
Se jactaba, pero al mismo tiempo quejaba, de lo poco duradero de sus vínculos, se decía un alma libre, pero hasta ese día no comprendía por qué las personas se le terminaban alejando (o por qué nunca había una planta viva en su balcón).
No fue fácil el golpe, el entender que en cuanto a los sentimientos nada es obvio, que las cosas hay que decirlas de frente, y, que el hacerlo, alimenta.
Tímidamente se propuso empezar a cambiarlo, lentamente ir desempolvando aquello que sentía que valía la pena, y, tras lo que sintió que fue una eternidad, marcó el número de teléfono.

martes, 14 de octubre de 2014

"Quizás, jamás, nunca más"

Negra la noche y nublada la mente.
¿Cuánto tiempo habrá pasado? No recordaba con claridad los rasgos de su cara. Lo recordaba irascible, recordaba la inmensa desazón. Se había olvidado del sonido de su voz, pero las palabras aún dolían al reproducirlas de nuevo en su mente.
Qué juegos locos los del recuerdo. Qué asombrosos los parámetros por los cuales ciertos momentos se borran, y otros son inolvidables por más de que lo intentemos incansablemente.
Tenía la sensación de que nunca le alcanzarían las horas de la noche para arrancárselo definitivamente del alma. Cientos de veces le habían repetido que el amor dolía, más aún el primero. Qué estúpido pensarlo así. ¿Qué clase de persona sería feliz sufriendo? ¿Qué idiota quisiera vivir amando?
Pero una vez más, caía en lo más recóndito de su propia mente, ahogándose en quizases, jamases, nunca mases... Y se olvidaba que también, cientos de veces le habían dicho que nunca dijera nunca.
Y la juventud y la alegría se le escapaban por los poros, siempre a la espera de aquel heroico nuevo amor que la despertara del sufrimiento del primer abandono. Cada vez se sentía más salvaje, sin darse cuenta de que cada segundo que pasaba la ataba más al pasado ¿Qué era lo que le había pasado? Sin pasado eso no le hubiese pasado... Se hundía, se revolvía en ella misma, sacando a relucir lo más dulce y amargo de su interior. Candente y fria. Amante fervorosa y gélida compañera. Podía ser todas, no cabía en su cabeza el rechazo... O el por qué del rechazo. Se acurrucaba en su propio regazo, nunca pudo encontrar tal consuelo en otro.
Y así, húmeda por las lágrimas y ronca por los sollozos, volvió a sumirse en aquella noche negra y esa mente nublada.

viernes, 10 de octubre de 2014

Manipulando palabras

Me resulta extraño, pero a la vez reconfortante descubrir lo versátiles que pueden ser las historias. Siempre lo dicen, es verdad: todo depende de quién te lo cuente.
Pero también depende de quién lo escuche.
Las historias, anécdotas, y demases las contamos para el otro. Dependiendo de quién sea el otro el cuentito se va encaminando para lados distintos.
Podemos ser la persona más interesante del mundo, o una historia al pasar...
Me dí cuenta de que aunque cuente mil veces la misma historia, siempre la cuento distinto.
Los diálogos son algo tan personal... No hay uno que se repita, no hay dos historias iguales...
Y qué mágico eso.
Nos dicen que no se pueden revivir los momentos, pero la verdad es que uno puede revivirlos tantas veces como quiera... O de la manera que quiera.
Revivirlos o vivirlos distinto.
Quizás la manera en que recordamos cierta situación sea incluso más importante que la situación en sí.
Quizás no importa si las cosas pasaron de una manera o de otra, sino que importa más cómo lo recordamos.
O cómo lo contamos.
O cómo le afecta al que se lo contamos.
Quizás haya cosas dando vueltas en nuestra cabeza que en realidad no pasaron nunca.
Quizás sean palabras manipuladas para crear recuerdos, o quizás tan solo un consuelo.