lunes, 5 de diciembre de 2016

Traje de fajina

La madrugada del 28 de octubre a López lo despertó el llamado de teléfono que había deseado no recibir nunca. Por un instante lo confundió con el sonido del reloj despertador que sonaba a las 6 de la mañana 6 días a la semana. Eran las 5:57 y miraba incrédulo al teléfono que no dejaba de chillar con la cabeza aún embotada por el sueño: 3 minutos hacen la diferencia cuando la vida está perfectamente cronometrada.
Atendió con voz trémula y con la certeza de lo que esa llamada significaba. No se equivocaba.
Colgó el teléfono: 5:59. Se calzó las pantuflas y fue despacito hasta la cocina. Le tomó cuatro fósforos poder enceder, al fin, la hornalla para poner la pava. Mientras el agua comenzaba a bullir dentro del recipiente dejó caer el peso de su espalda sobre la mesada, agarrándose la cara con las dos manos y sintiendo como una lágrima oscura le recorría la cara, dejando su estela de fuego, cortándole la mejilla.
Se tomó los mates más amargos de su vida mientras la luz comenzaba a entrar de a poco por la ventana. Las sombras se alejaban, pero el peso detrás de la garganta se iba incrementando mientras iba notando la magnitud de la noticia.
Salió a la vereda del edificio de calle Guido a las 6:29 -el incidente del teléfono le había descalabrado toda la rutina matutina- y por un minuto la vio completamente vacía. Al instante todas las puertas de los edificios de la cuadra se abrieron simultáneamente y los vio salir, todos con escoba y manguera en mano, un poco confundidos de verlo a él adelantado. Se saludaron como todas las mañanas de lunes a sábados y cada uno se puso a acicalar con esmero su sectorcito de vereda. Iba a ser un día duro.
La noticia se desparramó rápidamente y las felicitaciones comenzaron a correr. López las recibía con fingida gratitud, mientras el nudo en la tráquea se ceñía más y más. Se sentía irracional. Hubiese querido delegar la facultad a algún otro portero de la cuadra, otro que se sintiese honrado de cumplir la tarea, pero ya no podía posponer más su turno. Ese noviembre era el noviembre que más había querido evitar.
En la ciudad de Buenos Aires hay más de 11 mil jacarandás que todos los noviembres se tiñen de malva, floreciendo de la noche a la mañana, llegando a tapizar las veredas luego de su cadente danza hacia el suelo.Es un espectáculo que logra maravillar a toda clase de señoras, señores, niños y niñas. Flores cayendo incesantemente entre las brisas de primavera, gente riendo mientras a su alrededor revolotean pequeñísimos pimpollos violáceos ¡ah, primavera! ¡ah, Buenos Aires lila!
Pero no todo es bello, no. Hace casi dos décadas había comenzado las quejas. Un grupo de señoras de Barrio Norte habían logrado ponerse de acuerdo en una cosa: pasa que es muy lindo sentir como las flores de jacarandá van cayendo a los pies, pero es extremadamente repulsivo ver los restos de flores pisados y que ensucian los zapatos. No querían que las veredas de su barrio estuviesen cubiertas de esos desperdicios deleznables ¡que los porteros se ocupen!
Reuniones de consorcio, con sindicatos, negociaciones ¡incluso hasta con los porteros! pero lo habían logrado: cada noviembre resultaría un "encargado de cuadra" sorteado entre todos los porteros que se ocuparía de mantener las veredas impolutas: las flores debería barrerse apenas tocaran el piso, sin demora. Pero esto era incluso hasta un favor para el que surgiera del sorteo -explicaban las señoras intentando convencer- por ese mes el salario se duplicaba y la jornada de trabajo se reducía a la mitad, además, el encargado en cuestión tendría el privilegio de usar un muy lujoso traje donado, por supuesto, por el consorcio del edificio. Todo esto a cambio solo de mantener las veredas de la cuadra "pipí cucú" ¡negociazo!
Así es como, en noviembre, las calles de Barrio Norte no solo se tiñen de violeta, sino que también -en cada cuadra- se puede ver a un encargado, muy bien vestido, con una gran escoba escrutando la vereda, las flores cayendo entre las piernas de los transeúntes.
López había crecido en una casita pequeña en Ramos Mejía. En el patio de atrás su abuelo -en sus años mozos- había plantado un jacarandá. Para cuando López comenzó a tener memoria se había convertido en un majestuoso árbol que en noviembre estallaba regando a su alrededor cientos de flores. López no podría explicar fehacientemente lo que ese árbol -y todos los jacarandás- significaban para él, pero podía reducirlo a una palabra: felicidad. Las veredas plagadas de florcitas eran los más parecido al paraíso que en sus cuarenta y largos había llegado a conocer. Las horas libres en noviembre las reservaba para caminar por la ciudad y llenarse los ojos de color y recuerdos, para mirar los jacarandás.

El primero de noviembre el despertador de López sonó a las 6 de la mañana. El momento era impostergable. Mientras se ponía el traje, lloró con amargura: "me han robado hasta la felicidad".

viernes, 7 de octubre de 2016

il pleut des cordes


"Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. 
Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, 
aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, 
que hacen plaf y se aplastan como bofetadas 
uno detrás de otro, qué hastío".

(Aplastamiento de las gotas, Cortázar)




Al fin lo habían logrado: no llovía más en la ciudad.

Pero la historia es larga y primero deberíamos remontarnos a la infancia de una joven criada en un pueblo tabacalero y con alguna que otra idea particular.
A Luciana siempre le habían llamado la atención esos fuertes estallidos que se provocaban cuando el cielo se llenaba de cumulonimbus ¿Truenos? No, querido lector, las famosas -al menos en el pueblo- bombas de granizo. Peculiares artilugios disparados contra las nubes para transformar el granizo en miles de miles de gotitas de agua. Es en vano detenernos a explicar el funcionamiento físico-químico de este invento, pero podemos dedicarle unas palabras a la razón por la cual un sector de trabajadores especializados se dedicaba a cazar nubes potencialmente contenedoras de cristales de agua: las plantaciones de tabaco. Usted verá: misiles de hielo cayendo a una velocidad considerable (gravedad mediante), no se lleva bien con las hectáreas de plantas de tabaco de hojas delicadísimas (o, más bien, para que negarlo, no le es conveniente al señor Massalin Particulares, a quien cada granizada le equivaldría a una pérdida considerable). Pero, qué más da, sigo yéndome por las ramas, la cuestión es que a Luciana siempre le había inquietado la existencia de estas herramientas que podían modificar las condiciones atmosféricas reinantes en un momento y un lugar. Como era de esperar y como era de una "familia bien" del pueblo, pudo trasladarse a la gran ciudad a estudiar, claro, meteorología. Pero sus ambiciones fueron tornándose cada vez más pronunciadas: no soñaba ya con ocupar un lugar en algún noticiero y hacerse famosa hablando de hectopascales y centígrados.

Todo comenzó una mañana en la que la lluvia azotaba atrozmente la ciudad y Luciana tuvo que salir a la calle a hacer alguno de los trámites con los cuales ya estamos familiarizados; con los zapatos íntegramente mojados y medio cegada por el agua en los ojos pensó "¿para qué sirve la lluvia en la ciudad? ¡que llueva en el campo donde sí es necesario y listo!", incapaz de encontrar una respuesta concreta y sabiendo que existían ya mecanismos para modificar el tiempo, dedicó todo lo que le quedaba de vida para lograr ese ambicioso objetivo: que no llueva más en las ciudades.

Y lo logró.

Años de trabajo habían rendido su fruto. Cientos de ciudadanos festejaron el logro, hubo hasta un corte de cinta simbólico inaugurando la nueva etapa sin lluvias de la ciudad y a Luciana, ya viejita, le tomaron fotos y le colocaron alguna placa en alguna plaza.
Lo cierto es que no hubo grandes afectados por la medida, si bien muchas plantas de los balcones murieron producto de dueños descuidados que olvidaban regarlas, los pequeños inconvenientes fueron solucionándose rápidamente y en general la gente estaba contenta.

Digo en general porque nadie se había acordado de Don Santiago Ordiales, quien monopolizaba la venta de paraguas en la ciudad en cuestión. Los primeros meses no había sido tan complicados, la gente aún no confiaba totalmente en las promesas de no-lluvia y ante cualquier abigarramiento de nubes tomaba la precaución de adquirir un paraguas por un "módico precio" como repetía Don Santiago y como le hacía repetir a los muchachitos que, en cada esquina del microcentro, trabajaban para él. Pero las semanas fueron atropellándose una detrás de la otra y las ventas decrecían considerablemente, no funcionó bajar los precios ni recortar salarios, el negocio ya no era redituable, un paraguas ya no tenía valor de uso. Uno a uno los empleados de Don Santiago fueron buscando a qué otro explotador venderle su fuerza de trabajo: en los últimos tiempos eran necesarios muchos encargados de riego de plazas, gran cantidad de los muchachitos fue parar a allí, otro tanto se dispersó en cadenas de comida rápida y uno con algo de suerte consiguió un puesto administrativo en el sector público. Don Santiago Ordiales quedó solo y patético en la esquina de Viamonte y Talcahuano, paraguas en mano, ofreciéndolos a un ya modiquísimo (para no decir irrisorio) precio. Pero esto no era lo peor, pensó Don Santiago al entrar a su casa repleta de paraguas, toda esa inversión ¡al tacho!

Hace ya más de cuatro años que no caía una gota sobre la ciudad y, finalmente, tuvo que tomar la decisión: los paraguas no hacían más que ocupar espacio y recordarle su fracaso, tenía que olvidarlos y seguir adelante, pensar en algún otro negocio que le devolviera el status de monopolio que había detentado alguna vez.
Uno a uno fue juntando los paraguas en el patio de su casa hasta construir una altísima montaña de tela impermeable y alambres enclenques, para agregar dramatismo (y porque lo había visto en varias películas) roció la montaña con un bidón de nafta y, después de fumarse la mitad de un pucho, lo arrojó contra ella. El crepitar del fuego y el olor a plástico quemado lo hicieron entrar en razón: si no detenía el incendio las consecuencias podían ser terribles. Corrió al interior de la casa y llamó a los bomberos que en un santiamén aniquilaron las llamas y lo dejaron nuevamente solo, pero ahora frente a unos tímidos restos chamuscados y manchas negras en la medianera. Ya no había más paraguas.

Salió de la casa y se sentó en una de las plazas aledañas y sonrió con amargura al ver el pasto ligeramente amarillo y reseco, por muchos regadores que pusieran siempre quedaba algún sectorcito que clamaba por agua. Caminó por la ciudad mientras sentía como sobre su cabeza el cielo se iba encapotando ¡qué recuerdos! Las lágrimas asomaron y por un instante quedó medio ciego por el llanto. El cielo se ennegrecía más y más y todo le recordaba a aquellos felices días en los que exhibía con orgullo sus paraguas. 
De pronto, una lágrima cayó en el sentido opuesto ¿cómo había llegado una lágrima a su frente? entendía las de las mejillas y la boca, pero de repente toda su cara se comenzaba a llenar de minúsculas gotas. Miró al piso, atónito, el agua comenzaba a dibujar las veredas y la gente, desconcertada, corría a esconderse. Un relámpago atravesó el cielo y el ruido del trueno lo ensordeció: Llovía. 
Mientras la gente se aglutinaba a su alrededor desesperada, él, sin poder salir aún de su estupefacción escuchó los gritos: "Don Santiago ¿no tiene unos paraguas?".

martes, 27 de septiembre de 2016

el evasor

El día despuntó sin dar ningún indicio de singularidad. Una breve taquicardia al momento de enjuagarse el sueño en la ducha y un sarpullido en la barbilla que se hizo notar cuando la pasta de dientes mezclada con saliva chorreó escapándose de la boca no eran signos de una mañana atípica.
Bajó los seis pisos por la escalera de servicio con las manos enfundadas en los bolsillos del pantalón. La puerta del edificio estaba abierta y la luz del día entraba con mucho más ímpetu que en su pequeño departamento, reflejándose en el piso recién pulido: el olor a cera era inconfundible, además era martes y el portero siempre enceraba los martes ¿sería el olor una costumbre? ¿sentía verdaderamente olor a cera o era simplemente la certeza de que era martes y los martes se enceraba? Absorto en sus cavilaciones, salió a la calle, con las manos aún dentro de los bolsillos. Una chica repartía tarjetitas de descuentos de una cadena de comidas rápidas envuelta en un uniforme ridículo y con ojeras negrísimas; tras un instante de miradas cruzadas se apresuró a dirigir sus ojos al piso y hundir aún con más convicción las manos en los bolsillos. Sintió un alivio enorme cuando la precarizada empleada no atinó ni siquiera a ofrecerle una de las tarjetitas que los demás transeúntes tenían que rechazar perdiendo preciados segundos de sus días.
Las cuadras que lo separaban de la estación de trenes fueron maravillosas: por algún motivo extraño esa mañana no fue victima de ningún repartidor de papelitos inútiles. El del local de empanadas, el chico que promocionaba al fletero, la mujer grande que seguía insistiendo con que reveles fotos en un kodak ya medio moribundo, todos ellos se abrían a su paso sin importunarlo con sus folletos y listas de ofertas. Llegó a la estación cuatro minutos antes y hasta pudo conseguir un asiento antes de que el tren se abarrotara ¡que delicia!
Sin embargo el éxtasis, como suele ocurrir, no duró mucho. Cómodamente despatarrado sobre el asiento del tren esperó con ansias que el ruso del café pasara ofreciéndolo con su particular "mmgaaaafééégaaafééégafééémm", las pocas horas de sueño se le acumulaban en la cara y su jefe ya le había reprochado un par de veces que las bolsas debajo de los ojos no eran estéticas y que a él le importaba mucho lo estético, con lo cual había terminado por atiborrarse de dosis de café durante semanas para disimular el cansancio. Al sentir el grito del ruso en el vagón de atrás, se apresuró a sacar unos billetes arrugados del bolsillo del pantalón (primera vez que sacaba las manos de los bolsillos en la mañana). El ruso caminó por el pasillo ofreciendo el brebaje marrón a los pasajeros, uno por uno, y llenando vasos de telgopor sistemáticamente. Al momento de llegar a la última fila de asientos, en la cual se encontraba sentado nuestro protagonista, no hizo más que volver su mirada al siguiente vagón, ignorando olímpicamente el llamado con la mano levantada que este hacía desde su asiento.
Se le oprimió el estómago y desplomó el brazo sobre sus piernas, el grito del ruso ya resonaba lejos y el olor a café inundaba el vagón. Miró con recelo al resto de los pasajeros saboreando la gloriosa bebida que le había sido negada ¿qué es lo que estaba pasando?
Los 43 minutos que restaban de viaje se sucedieron de similar manera: no le ofrecieron repasadores, ni medias a bajísimos precios, por primera vez sintió necesidad de comprarse el bendito destornillador 6 en 1 "ideal para el bolsillo del caballero", pero le fue imposible llamar la atención del vendedor; tuvo que aguantarse las ganas de gritarle al de los alfajores turimar tres por diez que él los quería, él los compraba. Una niña de no más de seis años corrió por los vagones dejando sobre el regazo de los pasajeros un diminuto papel con inscripciones, y él sintió un remordimiento terrible al observar su regazo vacío. Por primera vez no era él el que la evadía, por primera vez era ella la que había decidido ignorarlo.
El peso en el estómago iba acrecentándose a medida de que pasaba el día: se paró en frente de el grupo de jóvenes que recolectaban fondos para una fundación, se paseó por delante de encuestadores ¡hasta sacó las manos de los bolsillos y los miró a los ojos! No había caso, por más de que atisbara sonrisas continuaba siendo ignorado ¿cabría la posibilidad de invisibilidad? No, de ninguna manera. Su jefe le había dejado en claro que lo veía y que además lo veía "con muy mala presencia, muy antiestético". Recordó el café del ruso con impotencia.
Al final del día, luego de haber subido los seis pisos por la escalera de servicio, y de haber recordado el sarpullido en la barbilla de la mano de la pasta de dientes, se sacó el pantalón y miró con tristeza los bolsillos vacíos, ya no había manos ni había papelitos. El evasor había sido evadido.

lunes, 29 de agosto de 2016

écrire

¿Por qué escribimos?
Sin dudas las respuestas serán de una variedad inconmensurable. Quien escribe tiene sus razones aunque, tal vez, no las haya meditado con detenimiento. Entonces, mejor ¿por qué escribo yo?

Anoche, con medio cuerpo metido en la cama, una taza de té de manzanilla y rosa mosqueta en la mano y al frente de Juan, en medio de una conversación de domingo pre-rutina, dejé escapar un "si no escribo me muero". Si no escribo me muero. Me siento desaparecer, mi mente se desordena y siento que se pierde. Sin mi mente no puedo ser. Curioso es que no logro escribir algo que valga la pena hace ya bastante rato (la disgresión dominguera venía por ese lado), la espontaneidad se me cuela por los huequitos de las manos: siento que no puedo. Me siento frente al papel y termino llenándolo de listas "cosas que tengo para hacer", "cosas que he hecho", "cosas que tal vez haga". De hilar una idea ni hablar. Me obligué a escribir todos los lunes pequeñas reseñitas de artículos, libros, escribí un pseudo diario. No me gustó nada de lo que escribí. Un día de profunda desesperación y al borde de un nuevo ataque de pánico logré parir un poema que releeo una y otra vez como la única producción potable de los últimos meses. No se lo mostré a nadie. Vengo leyendo vorazmente, por primera vez más de que cuando tenía 12. Pero no me salen las palabras.
¿Cómo enfrentarme al no poder? Al mismo tiempo, no puedo parar de escribir. Detesto lo que escribo, pero escribo. Nulla dies sine linea. Siempre algo, una palabra, una frase perdida en medio de algún mail. Algo tengo que escribir.
Hoy, mientras revisaba artículos que tenía sin leer, me crucé con uno sobre María Zambrano, mujer que francamente no conocía, la habré escuchado alguna vez mezclada en alguna conversación sobre Ortega y Gasset o tal vez el recuerdo de la anécdota de cuando fue dada por muerta aún en su infancia se me hizo familiar, pero a decir verdad no había leído nada de su autoría. En "Hacia un saber sobre el alma" escribe:

"Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, esto es, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente le acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad."


¿Estaré reteniendo o soltando? ¿Escribo como si hablara?
Tal vez, solo tal vez, sea momento de reconciliarme.

viernes, 26 de agosto de 2016

Alguna vez hizo frío

un montón de papeles apilados
en la mesa
un desorden desbordante
manos frías
la carta que te escribí
el recuerdo de ir llenando los renglones
el resultado a la vista:
medio corazón 
en la mesa.

no puedo ir al baño muy abrigada
suelo temblar sobre el inodoro
hoy hace frío
me deleito enormemente al comentar
"hoy es el día más frío del año"
día tras día...
¿que haré este invierno
cuando ya no haya un día más frío?
es que no entendés,
son mañas.
me gusta hablar del clima en los ascensores,
me gusta la irrelevancia.

estoy mareada
no estoy ni triste
la tristeza termina siendo ese lugar seguro
donde uno siempre encaja.
hoy ni eso
¿me calentás un poquito las manos?
dejame que las meta abajo de tus axilas
mis axilas ya están muy frías 
dale dejame
que forro.

hago un bollito de papel
con una hoja recién impresa
ni idea, pero siempre me sale mal la primera impresión
o la fecha
o algún nombre
o un margen de más
cosas de la burocracia
que acrecientan cada vez más mi pila de hojas-borrador
y me hacen reflexionar sobre las primeras impresiones
¿también me saldrán mal las otras primeras impresiones?
el teclado está frío
tengo que frenar cada diez segundos
y meter las manos entre mis piernas
me estoy congelando

lunes, 8 de agosto de 2016

no sé

Quizás la respuesta sea que no sé cómo reaccionar ante ciertas circunstancias. Eso me solucionaría un par de problemas. La cosa es que detesto el "no sé", detesto verlo como un refugio, uno demasiado fácil, el "no sé" está siempre ahí, a la mano, para salvarte de jugártela de una buena vez. Un problema más: digo "no sé" muchísimo, no puedo evitarlo, apenas pronuncio las dos palabritas o toco las teclas que las forman me arrepiento. Dale, nena ¿otra vez te tirás a lo fácil?
En realidad el problema no es no saber, el problema es saber y decir que no sabes. El "no sé" genuino sólo me hiere un poco el orgullo, pero el "no sé" mentiroso me avergüenza, me hace entrar en un espiral de "no sés" del cual no puedo salir. Es insoportable. Termino hasta creyéndome que no sé. Pero si sé. Y el interlocutor sabe que sé, porque parte del "no sé" cuando sí sé se expresa en yo demostrando que mi "no sé" es falso. Y me desespera cuando el interlocutor no me hace saber que sabe que en realidad sí sé, porque mis esfuerzos para salir del "no sé" simplemente se basan en ser muy obvia, para que me digan "ey, si sabés" y poder decir "es verdad, sí sé". Es parte del espiral, no me juzguen.
En fin, igualmente la cosa no iba por ahí. No sé cómo me las ingenio para terminar hablando de cualquier verdura (guiño al interlocutor).

domingo, 13 de marzo de 2016

El fin del fin de semana

Veo morir el sol a través de la ventana del tren que me arroja a la rutina cual Dasein arrojado al mundo. No es un atardecer bonito porque no está lleno de colores fotografiables y subibles a instagram ni aunque la saques con balance de blancos nublado. Es un atardecer cruel, frío, que nadie quiere mirar. La gente en el tren hace mucho ruido y yo leo un librito de Cucurto que me hace hacer mucho ruido. Cucurto que me dio un abrazo cumbiatero. "Eh gil, escribiste un texto que lo re traumó a Juan". "Y quien carajos es Juan pendeja?". "Qué mierda te importa viejo pelotudo". Y le tiro del pelo con canas asomándose como quien no quiere la cosa. Y el abrazo cumbiantero. 
Me río de lo absurdo para olvidarme un cachito de esa puesta de sol que me parte el alma. Cuánto más va a durar? Que sea de noche de una vez. Que sea mi casa de una vez. Quiero dejar de estar en esta vuelta interminable, en este eterno regresar, en este loop infinito de esperar que vuelva a ser fin de semana... Cómo mierda se bancan el domingo a las siete y media de la tarde? Gardel me taladra con otro volver. A que cosas queremos volver? (Al fin de semana, está claro).
Bajo del tren y ya es de noche y ya es Retiro. Siempre viajo en el primer vagón y termino amontonada entre cuerpos que no dan más por bajarse del tren para hacer pis, fumarse un pucho, correr a la parada del metrobus o morfarse un panchito cocinado en agua de dudosa procedencia aderezándolo con potes de mayonesa fermentaditos al sol que acaba de morirse. Yo corro al metrobus, el pibe de adelante mío revuelve el tacho de basura y saca un Olé, triunfante, y se pone a leerlo chocho de la vida. Logro sacarme un rato de la cabeza el tedio del regresar. Por cuántas cabezas estará transcurriendo este pensamiento? Es más terrible el domingo a la tardecita o el lunes a la mañana? De nuevo la oscilación entre el luchar y resignarse y los intentos desesperados de autoconvencerse de que queremos volver, de que es necesario volver. Dejo pasar primero al bondi a un señor que me grita desde arriba "GRACIAS NENA MUY AMABLE". No señor, gracias a usted, para servirlo, pase nomás, hágame el honor, suba, suba, suba. Cuánto más voy a intentar distraerme? Ya no hay sol para mirar y las fotos en instagram me aburren, el librito de Cucurto me lo terminé en un santiamén y ahora me revuelco en la cama mientras algún vecino escucha Buffalo Soldier. Cuesta mirarse a la cara con lo que uno no quiere aceptar. No es necesario volver. Vuelvo porque quiero. Podría no volver. Vuelvo porque lo elijo. Estas elecciones están totalmente embebidas de contingencia. Estudio esta carrera porque elijo, laburo en esto porque elijo, vivo acá porque elijo, viajo una hora en tren a las siete y media de la tarde porque elijo. Podría elegir todo de otro modo y sin embargo estoy aquí, mirando el fin del fin de semana quejándome por elección e intentando convencerme de que tal vez no exista tanta libertad ni tanta contingencia. Te dije. Cuesta mirarse a la cara cuando todo depende de uno (todo depende de uno?). Se me revuelven las contradicciones y los ravioles con tuco en la panza y no puedo evitar vomitar. Queda todo ahí. Ya no tengo que intentar conciliar ni convencerme. Lo veo muy clarito entre pedacitos de cebolla y morrón: al final lo que elijo no es lo "necesario" sino lo que aún así  creo que es lo más correcto. Elijo por mí y por todos, incluyéndolos dentro de mis patrones, mi visión. Sé que podría ser de otro modo y vuelvo a elegir esto. Ya no puedo mentirme. La voz de Bob Marley se pierde entre las enredaderas del balcón y todo se queda muy callado. Me hace ruido la panza. Tiro la cadena. Me pongo el despertador a las seis de la mañana.