lunes, 5 de diciembre de 2016

Traje de fajina

La madrugada del 28 de octubre a López lo despertó el llamado de teléfono que había deseado no recibir nunca. Por un instante lo confundió con el sonido del reloj despertador que sonaba a las 6 de la mañana 6 días a la semana. Eran las 5:57 y miraba incrédulo al teléfono que no dejaba de chillar con la cabeza aún embotada por el sueño: 3 minutos hacen la diferencia cuando la vida está perfectamente cronometrada.
Atendió con voz trémula y con la certeza de lo que esa llamada significaba. No se equivocaba.
Colgó el teléfono: 5:59. Se calzó las pantuflas y fue despacito hasta la cocina. Le tomó cuatro fósforos poder enceder, al fin, la hornalla para poner la pava. Mientras el agua comenzaba a bullir dentro del recipiente dejó caer el peso de su espalda sobre la mesada, agarrándose la cara con las dos manos y sintiendo como una lágrima oscura le recorría la cara, dejando su estela de fuego, cortándole la mejilla.
Se tomó los mates más amargos de su vida mientras la luz comenzaba a entrar de a poco por la ventana. Las sombras se alejaban, pero el peso detrás de la garganta se iba incrementando mientras iba notando la magnitud de la noticia.
Salió a la vereda del edificio de calle Guido a las 6:29 -el incidente del teléfono le había descalabrado toda la rutina matutina- y por un minuto la vio completamente vacía. Al instante todas las puertas de los edificios de la cuadra se abrieron simultáneamente y los vio salir, todos con escoba y manguera en mano, un poco confundidos de verlo a él adelantado. Se saludaron como todas las mañanas de lunes a sábados y cada uno se puso a acicalar con esmero su sectorcito de vereda. Iba a ser un día duro.
La noticia se desparramó rápidamente y las felicitaciones comenzaron a correr. López las recibía con fingida gratitud, mientras el nudo en la tráquea se ceñía más y más. Se sentía irracional. Hubiese querido delegar la facultad a algún otro portero de la cuadra, otro que se sintiese honrado de cumplir la tarea, pero ya no podía posponer más su turno. Ese noviembre era el noviembre que más había querido evitar.
En la ciudad de Buenos Aires hay más de 11 mil jacarandás que todos los noviembres se tiñen de malva, floreciendo de la noche a la mañana, llegando a tapizar las veredas luego de su cadente danza hacia el suelo.Es un espectáculo que logra maravillar a toda clase de señoras, señores, niños y niñas. Flores cayendo incesantemente entre las brisas de primavera, gente riendo mientras a su alrededor revolotean pequeñísimos pimpollos violáceos ¡ah, primavera! ¡ah, Buenos Aires lila!
Pero no todo es bello, no. Hace casi dos décadas había comenzado las quejas. Un grupo de señoras de Barrio Norte habían logrado ponerse de acuerdo en una cosa: pasa que es muy lindo sentir como las flores de jacarandá van cayendo a los pies, pero es extremadamente repulsivo ver los restos de flores pisados y que ensucian los zapatos. No querían que las veredas de su barrio estuviesen cubiertas de esos desperdicios deleznables ¡que los porteros se ocupen!
Reuniones de consorcio, con sindicatos, negociaciones ¡incluso hasta con los porteros! pero lo habían logrado: cada noviembre resultaría un "encargado de cuadra" sorteado entre todos los porteros que se ocuparía de mantener las veredas impolutas: las flores debería barrerse apenas tocaran el piso, sin demora. Pero esto era incluso hasta un favor para el que surgiera del sorteo -explicaban las señoras intentando convencer- por ese mes el salario se duplicaba y la jornada de trabajo se reducía a la mitad, además, el encargado en cuestión tendría el privilegio de usar un muy lujoso traje donado, por supuesto, por el consorcio del edificio. Todo esto a cambio solo de mantener las veredas de la cuadra "pipí cucú" ¡negociazo!
Así es como, en noviembre, las calles de Barrio Norte no solo se tiñen de violeta, sino que también -en cada cuadra- se puede ver a un encargado, muy bien vestido, con una gran escoba escrutando la vereda, las flores cayendo entre las piernas de los transeúntes.
López había crecido en una casita pequeña en Ramos Mejía. En el patio de atrás su abuelo -en sus años mozos- había plantado un jacarandá. Para cuando López comenzó a tener memoria se había convertido en un majestuoso árbol que en noviembre estallaba regando a su alrededor cientos de flores. López no podría explicar fehacientemente lo que ese árbol -y todos los jacarandás- significaban para él, pero podía reducirlo a una palabra: felicidad. Las veredas plagadas de florcitas eran los más parecido al paraíso que en sus cuarenta y largos había llegado a conocer. Las horas libres en noviembre las reservaba para caminar por la ciudad y llenarse los ojos de color y recuerdos, para mirar los jacarandás.

El primero de noviembre el despertador de López sonó a las 6 de la mañana. El momento era impostergable. Mientras se ponía el traje, lloró con amargura: "me han robado hasta la felicidad".

viernes, 7 de octubre de 2016

il pleut des cordes


"Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. 
Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, 
aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, 
que hacen plaf y se aplastan como bofetadas 
uno detrás de otro, qué hastío".

(Aplastamiento de las gotas, Cortázar)




Al fin lo habían logrado: no llovía más en la ciudad.

Pero la historia es larga y primero deberíamos remontarnos a la infancia de una joven criada en un pueblo tabacalero y con alguna que otra idea particular.
A Luciana siempre le habían llamado la atención esos fuertes estallidos que se provocaban cuando el cielo se llenaba de cumulonimbus ¿Truenos? No, querido lector, las famosas -al menos en el pueblo- bombas de granizo. Peculiares artilugios disparados contra las nubes para transformar el granizo en miles de miles de gotitas de agua. Es en vano detenernos a explicar el funcionamiento físico-químico de este invento, pero podemos dedicarle unas palabras a la razón por la cual un sector de trabajadores especializados se dedicaba a cazar nubes potencialmente contenedoras de cristales de agua: las plantaciones de tabaco. Usted verá: misiles de hielo cayendo a una velocidad considerable (gravedad mediante), no se lleva bien con las hectáreas de plantas de tabaco de hojas delicadísimas (o, más bien, para que negarlo, no le es conveniente al señor Massalin Particulares, a quien cada granizada le equivaldría a una pérdida considerable). Pero, qué más da, sigo yéndome por las ramas, la cuestión es que a Luciana siempre le había inquietado la existencia de estas herramientas que podían modificar las condiciones atmosféricas reinantes en un momento y un lugar. Como era de esperar y como era de una "familia bien" del pueblo, pudo trasladarse a la gran ciudad a estudiar, claro, meteorología. Pero sus ambiciones fueron tornándose cada vez más pronunciadas: no soñaba ya con ocupar un lugar en algún noticiero y hacerse famosa hablando de hectopascales y centígrados.

Todo comenzó una mañana en la que la lluvia azotaba atrozmente la ciudad y Luciana tuvo que salir a la calle a hacer alguno de los trámites con los cuales ya estamos familiarizados; con los zapatos íntegramente mojados y medio cegada por el agua en los ojos pensó "¿para qué sirve la lluvia en la ciudad? ¡que llueva en el campo donde sí es necesario y listo!", incapaz de encontrar una respuesta concreta y sabiendo que existían ya mecanismos para modificar el tiempo, dedicó todo lo que le quedaba de vida para lograr ese ambicioso objetivo: que no llueva más en las ciudades.

Y lo logró.

Años de trabajo habían rendido su fruto. Cientos de ciudadanos festejaron el logro, hubo hasta un corte de cinta simbólico inaugurando la nueva etapa sin lluvias de la ciudad y a Luciana, ya viejita, le tomaron fotos y le colocaron alguna placa en alguna plaza.
Lo cierto es que no hubo grandes afectados por la medida, si bien muchas plantas de los balcones murieron producto de dueños descuidados que olvidaban regarlas, los pequeños inconvenientes fueron solucionándose rápidamente y en general la gente estaba contenta.

Digo en general porque nadie se había acordado de Don Santiago Ordiales, quien monopolizaba la venta de paraguas en la ciudad en cuestión. Los primeros meses no había sido tan complicados, la gente aún no confiaba totalmente en las promesas de no-lluvia y ante cualquier abigarramiento de nubes tomaba la precaución de adquirir un paraguas por un "módico precio" como repetía Don Santiago y como le hacía repetir a los muchachitos que, en cada esquina del microcentro, trabajaban para él. Pero las semanas fueron atropellándose una detrás de la otra y las ventas decrecían considerablemente, no funcionó bajar los precios ni recortar salarios, el negocio ya no era redituable, un paraguas ya no tenía valor de uso. Uno a uno los empleados de Don Santiago fueron buscando a qué otro explotador venderle su fuerza de trabajo: en los últimos tiempos eran necesarios muchos encargados de riego de plazas, gran cantidad de los muchachitos fue parar a allí, otro tanto se dispersó en cadenas de comida rápida y uno con algo de suerte consiguió un puesto administrativo en el sector público. Don Santiago Ordiales quedó solo y patético en la esquina de Viamonte y Talcahuano, paraguas en mano, ofreciéndolos a un ya modiquísimo (para no decir irrisorio) precio. Pero esto no era lo peor, pensó Don Santiago al entrar a su casa repleta de paraguas, toda esa inversión ¡al tacho!

Hace ya más de cuatro años que no caía una gota sobre la ciudad y, finalmente, tuvo que tomar la decisión: los paraguas no hacían más que ocupar espacio y recordarle su fracaso, tenía que olvidarlos y seguir adelante, pensar en algún otro negocio que le devolviera el status de monopolio que había detentado alguna vez.
Uno a uno fue juntando los paraguas en el patio de su casa hasta construir una altísima montaña de tela impermeable y alambres enclenques, para agregar dramatismo (y porque lo había visto en varias películas) roció la montaña con un bidón de nafta y, después de fumarse la mitad de un pucho, lo arrojó contra ella. El crepitar del fuego y el olor a plástico quemado lo hicieron entrar en razón: si no detenía el incendio las consecuencias podían ser terribles. Corrió al interior de la casa y llamó a los bomberos que en un santiamén aniquilaron las llamas y lo dejaron nuevamente solo, pero ahora frente a unos tímidos restos chamuscados y manchas negras en la medianera. Ya no había más paraguas.

Salió de la casa y se sentó en una de las plazas aledañas y sonrió con amargura al ver el pasto ligeramente amarillo y reseco, por muchos regadores que pusieran siempre quedaba algún sectorcito que clamaba por agua. Caminó por la ciudad mientras sentía como sobre su cabeza el cielo se iba encapotando ¡qué recuerdos! Las lágrimas asomaron y por un instante quedó medio ciego por el llanto. El cielo se ennegrecía más y más y todo le recordaba a aquellos felices días en los que exhibía con orgullo sus paraguas. 
De pronto, una lágrima cayó en el sentido opuesto ¿cómo había llegado una lágrima a su frente? entendía las de las mejillas y la boca, pero de repente toda su cara se comenzaba a llenar de minúsculas gotas. Miró al piso, atónito, el agua comenzaba a dibujar las veredas y la gente, desconcertada, corría a esconderse. Un relámpago atravesó el cielo y el ruido del trueno lo ensordeció: Llovía. 
Mientras la gente se aglutinaba a su alrededor desesperada, él, sin poder salir aún de su estupefacción escuchó los gritos: "Don Santiago ¿no tiene unos paraguas?".

martes, 27 de septiembre de 2016

el evasor

El día despuntó sin dar ningún indicio de singularidad. Una breve taquicardia al momento de enjuagarse el sueño en la ducha y un sarpullido en la barbilla que se hizo notar cuando la pasta de dientes mezclada con saliva chorreó escapándose de la boca no eran signos de una mañana atípica.
Bajó los seis pisos por la escalera de servicio con las manos enfundadas en los bolsillos del pantalón. La puerta del edificio estaba abierta y la luz del día entraba con mucho más ímpetu que en su pequeño departamento, reflejándose en el piso recién pulido: el olor a cera era inconfundible, además era martes y el portero siempre enceraba los martes ¿sería el olor una costumbre? ¿sentía verdaderamente olor a cera o era simplemente la certeza de que era martes y los martes se enceraba? Absorto en sus cavilaciones, salió a la calle, con las manos aún dentro de los bolsillos. Una chica repartía tarjetitas de descuentos de una cadena de comidas rápidas envuelta en un uniforme ridículo y con ojeras negrísimas; tras un instante de miradas cruzadas se apresuró a dirigir sus ojos al piso y hundir aún con más convicción las manos en los bolsillos. Sintió un alivio enorme cuando la precarizada empleada no atinó ni siquiera a ofrecerle una de las tarjetitas que los demás transeúntes tenían que rechazar perdiendo preciados segundos de sus días.
Las cuadras que lo separaban de la estación de trenes fueron maravillosas: por algún motivo extraño esa mañana no fue victima de ningún repartidor de papelitos inútiles. El del local de empanadas, el chico que promocionaba al fletero, la mujer grande que seguía insistiendo con que reveles fotos en un kodak ya medio moribundo, todos ellos se abrían a su paso sin importunarlo con sus folletos y listas de ofertas. Llegó a la estación cuatro minutos antes y hasta pudo conseguir un asiento antes de que el tren se abarrotara ¡que delicia!
Sin embargo el éxtasis, como suele ocurrir, no duró mucho. Cómodamente despatarrado sobre el asiento del tren esperó con ansias que el ruso del café pasara ofreciéndolo con su particular "mmgaaaafééégaaafééégafééémm", las pocas horas de sueño se le acumulaban en la cara y su jefe ya le había reprochado un par de veces que las bolsas debajo de los ojos no eran estéticas y que a él le importaba mucho lo estético, con lo cual había terminado por atiborrarse de dosis de café durante semanas para disimular el cansancio. Al sentir el grito del ruso en el vagón de atrás, se apresuró a sacar unos billetes arrugados del bolsillo del pantalón (primera vez que sacaba las manos de los bolsillos en la mañana). El ruso caminó por el pasillo ofreciendo el brebaje marrón a los pasajeros, uno por uno, y llenando vasos de telgopor sistemáticamente. Al momento de llegar a la última fila de asientos, en la cual se encontraba sentado nuestro protagonista, no hizo más que volver su mirada al siguiente vagón, ignorando olímpicamente el llamado con la mano levantada que este hacía desde su asiento.
Se le oprimió el estómago y desplomó el brazo sobre sus piernas, el grito del ruso ya resonaba lejos y el olor a café inundaba el vagón. Miró con recelo al resto de los pasajeros saboreando la gloriosa bebida que le había sido negada ¿qué es lo que estaba pasando?
Los 43 minutos que restaban de viaje se sucedieron de similar manera: no le ofrecieron repasadores, ni medias a bajísimos precios, por primera vez sintió necesidad de comprarse el bendito destornillador 6 en 1 "ideal para el bolsillo del caballero", pero le fue imposible llamar la atención del vendedor; tuvo que aguantarse las ganas de gritarle al de los alfajores turimar tres por diez que él los quería, él los compraba. Una niña de no más de seis años corrió por los vagones dejando sobre el regazo de los pasajeros un diminuto papel con inscripciones, y él sintió un remordimiento terrible al observar su regazo vacío. Por primera vez no era él el que la evadía, por primera vez era ella la que había decidido ignorarlo.
El peso en el estómago iba acrecentándose a medida de que pasaba el día: se paró en frente de el grupo de jóvenes que recolectaban fondos para una fundación, se paseó por delante de encuestadores ¡hasta sacó las manos de los bolsillos y los miró a los ojos! No había caso, por más de que atisbara sonrisas continuaba siendo ignorado ¿cabría la posibilidad de invisibilidad? No, de ninguna manera. Su jefe le había dejado en claro que lo veía y que además lo veía "con muy mala presencia, muy antiestético". Recordó el café del ruso con impotencia.
Al final del día, luego de haber subido los seis pisos por la escalera de servicio, y de haber recordado el sarpullido en la barbilla de la mano de la pasta de dientes, se sacó el pantalón y miró con tristeza los bolsillos vacíos, ya no había manos ni había papelitos. El evasor había sido evadido.

lunes, 29 de agosto de 2016

écrire

¿Por qué escribimos?
Sin dudas las respuestas serán de una variedad inconmensurable. Quien escribe tiene sus razones aunque, tal vez, no las haya meditado con detenimiento. Entonces, mejor ¿por qué escribo yo?

Anoche, con medio cuerpo metido en la cama, una taza de té de manzanilla y rosa mosqueta en la mano y al frente de Juan, en medio de una conversación de domingo pre-rutina, dejé escapar un "si no escribo me muero". Si no escribo me muero. Me siento desaparecer, mi mente se desordena y siento que se pierde. Sin mi mente no puedo ser. Curioso es que no logro escribir algo que valga la pena hace ya bastante rato (la disgresión dominguera venía por ese lado), la espontaneidad se me cuela por los huequitos de las manos: siento que no puedo. Me siento frente al papel y termino llenándolo de listas "cosas que tengo para hacer", "cosas que he hecho", "cosas que tal vez haga". De hilar una idea ni hablar. Me obligué a escribir todos los lunes pequeñas reseñitas de artículos, libros, escribí un pseudo diario. No me gustó nada de lo que escribí. Un día de profunda desesperación y al borde de un nuevo ataque de pánico logré parir un poema que releeo una y otra vez como la única producción potable de los últimos meses. No se lo mostré a nadie. Vengo leyendo vorazmente, por primera vez más de que cuando tenía 12. Pero no me salen las palabras.
¿Cómo enfrentarme al no poder? Al mismo tiempo, no puedo parar de escribir. Detesto lo que escribo, pero escribo. Nulla dies sine linea. Siempre algo, una palabra, una frase perdida en medio de algún mail. Algo tengo que escribir.
Hoy, mientras revisaba artículos que tenía sin leer, me crucé con uno sobre María Zambrano, mujer que francamente no conocía, la habré escuchado alguna vez mezclada en alguna conversación sobre Ortega y Gasset o tal vez el recuerdo de la anécdota de cuando fue dada por muerta aún en su infancia se me hizo familiar, pero a decir verdad no había leído nada de su autoría. En "Hacia un saber sobre el alma" escribe:

"Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, esto es, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente le acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad."


¿Estaré reteniendo o soltando? ¿Escribo como si hablara?
Tal vez, solo tal vez, sea momento de reconciliarme.

viernes, 26 de agosto de 2016

Alguna vez hizo frío

un montón de papeles apilados
en la mesa
un desorden desbordante
manos frías
la carta que te escribí
el recuerdo de ir llenando los renglones
el resultado a la vista:
medio corazón 
en la mesa.

no puedo ir al baño muy abrigada
suelo temblar sobre el inodoro
hoy hace frío
me deleito enormemente al comentar
"hoy es el día más frío del año"
día tras día...
¿que haré este invierno
cuando ya no haya un día más frío?
es que no entendés,
son mañas.
me gusta hablar del clima en los ascensores,
me gusta la irrelevancia.

estoy mareada
no estoy ni triste
la tristeza termina siendo ese lugar seguro
donde uno siempre encaja.
hoy ni eso
¿me calentás un poquito las manos?
dejame que las meta abajo de tus axilas
mis axilas ya están muy frías 
dale dejame
que forro.

hago un bollito de papel
con una hoja recién impresa
ni idea, pero siempre me sale mal la primera impresión
o la fecha
o algún nombre
o un margen de más
cosas de la burocracia
que acrecientan cada vez más mi pila de hojas-borrador
y me hacen reflexionar sobre las primeras impresiones
¿también me saldrán mal las otras primeras impresiones?
el teclado está frío
tengo que frenar cada diez segundos
y meter las manos entre mis piernas
me estoy congelando

lunes, 8 de agosto de 2016

no sé

Quizás la respuesta sea que no sé cómo reaccionar ante ciertas circunstancias. Eso me solucionaría un par de problemas. La cosa es que detesto el "no sé", detesto verlo como un refugio, uno demasiado fácil, el "no sé" está siempre ahí, a la mano, para salvarte de jugártela de una buena vez. Un problema más: digo "no sé" muchísimo, no puedo evitarlo, apenas pronuncio las dos palabritas o toco las teclas que las forman me arrepiento. Dale, nena ¿otra vez te tirás a lo fácil?
En realidad el problema no es no saber, el problema es saber y decir que no sabes. El "no sé" genuino sólo me hiere un poco el orgullo, pero el "no sé" mentiroso me avergüenza, me hace entrar en un espiral de "no sés" del cual no puedo salir. Es insoportable. Termino hasta creyéndome que no sé. Pero si sé. Y el interlocutor sabe que sé, porque parte del "no sé" cuando sí sé se expresa en yo demostrando que mi "no sé" es falso. Y me desespera cuando el interlocutor no me hace saber que sabe que en realidad sí sé, porque mis esfuerzos para salir del "no sé" simplemente se basan en ser muy obvia, para que me digan "ey, si sabés" y poder decir "es verdad, sí sé". Es parte del espiral, no me juzguen.
En fin, igualmente la cosa no iba por ahí. No sé cómo me las ingenio para terminar hablando de cualquier verdura (guiño al interlocutor).

domingo, 13 de marzo de 2016

El fin del fin de semana

Veo morir el sol a través de la ventana del tren que me arroja a la rutina cual Dasein arrojado al mundo. No es un atardecer bonito porque no está lleno de colores fotografiables y subibles a instagram ni aunque la saques con balance de blancos nublado. Es un atardecer cruel, frío, que nadie quiere mirar. La gente en el tren hace mucho ruido y yo leo un librito de Cucurto que me hace hacer mucho ruido. Cucurto que me dio un abrazo cumbiatero. "Eh gil, escribiste un texto que lo re traumó a Juan". "Y quien carajos es Juan pendeja?". "Qué mierda te importa viejo pelotudo". Y le tiro del pelo con canas asomándose como quien no quiere la cosa. Y el abrazo cumbiantero. 
Me río de lo absurdo para olvidarme un cachito de esa puesta de sol que me parte el alma. Cuánto más va a durar? Que sea de noche de una vez. Que sea mi casa de una vez. Quiero dejar de estar en esta vuelta interminable, en este eterno regresar, en este loop infinito de esperar que vuelva a ser fin de semana... Cómo mierda se bancan el domingo a las siete y media de la tarde? Gardel me taladra con otro volver. A que cosas queremos volver? (Al fin de semana, está claro).
Bajo del tren y ya es de noche y ya es Retiro. Siempre viajo en el primer vagón y termino amontonada entre cuerpos que no dan más por bajarse del tren para hacer pis, fumarse un pucho, correr a la parada del metrobus o morfarse un panchito cocinado en agua de dudosa procedencia aderezándolo con potes de mayonesa fermentaditos al sol que acaba de morirse. Yo corro al metrobus, el pibe de adelante mío revuelve el tacho de basura y saca un Olé, triunfante, y se pone a leerlo chocho de la vida. Logro sacarme un rato de la cabeza el tedio del regresar. Por cuántas cabezas estará transcurriendo este pensamiento? Es más terrible el domingo a la tardecita o el lunes a la mañana? De nuevo la oscilación entre el luchar y resignarse y los intentos desesperados de autoconvencerse de que queremos volver, de que es necesario volver. Dejo pasar primero al bondi a un señor que me grita desde arriba "GRACIAS NENA MUY AMABLE". No señor, gracias a usted, para servirlo, pase nomás, hágame el honor, suba, suba, suba. Cuánto más voy a intentar distraerme? Ya no hay sol para mirar y las fotos en instagram me aburren, el librito de Cucurto me lo terminé en un santiamén y ahora me revuelco en la cama mientras algún vecino escucha Buffalo Soldier. Cuesta mirarse a la cara con lo que uno no quiere aceptar. No es necesario volver. Vuelvo porque quiero. Podría no volver. Vuelvo porque lo elijo. Estas elecciones están totalmente embebidas de contingencia. Estudio esta carrera porque elijo, laburo en esto porque elijo, vivo acá porque elijo, viajo una hora en tren a las siete y media de la tarde porque elijo. Podría elegir todo de otro modo y sin embargo estoy aquí, mirando el fin del fin de semana quejándome por elección e intentando convencerme de que tal vez no exista tanta libertad ni tanta contingencia. Te dije. Cuesta mirarse a la cara cuando todo depende de uno (todo depende de uno?). Se me revuelven las contradicciones y los ravioles con tuco en la panza y no puedo evitar vomitar. Queda todo ahí. Ya no tengo que intentar conciliar ni convencerme. Lo veo muy clarito entre pedacitos de cebolla y morrón: al final lo que elijo no es lo "necesario" sino lo que aún así  creo que es lo más correcto. Elijo por mí y por todos, incluyéndolos dentro de mis patrones, mi visión. Sé que podría ser de otro modo y vuelvo a elegir esto. Ya no puedo mentirme. La voz de Bob Marley se pierde entre las enredaderas del balcón y todo se queda muy callado. Me hace ruido la panza. Tiro la cadena. Me pongo el despertador a las seis de la mañana.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El chicle

Hoy te quise hablar en el colectivo. Íbamos los dos, uno al lado del otro, sentados a la par, en el fondo del bendito 60. Vos ibas leyendo una especie de libreto teatral muy manoseado, impreso en hojas A4, de lo que a través de furtivas y fugaces ojeadas, deduje una parte te correspondía. Habían líneas tachadas, así como también resaltadas, que creí, era porque te correspondían. Y mascabas un chicle, rápido, fuerte, violento, como traspasando los nervios hacia esa masa gomosa, destruyéndolo una y otra vez con la ansiedad que detectaba.
Me dieron ganas de decirte hola. Que si ibas a una audición, y que me respondas que sí, entre una sonrisa que no habías planeado, fruto del inesperado cálido gesto. Me dieron ganas de preguntarte si estabas nerviosa, y entre otra sonrisa inesperada, sumado a un revoleo de ojos resultado de la vergüenza, me respondas que si. Para decirte yo que lo sentí, y se nota a kilómetros. Y que sonrías. Y que te aflojes. Pero que sigas nerviosa.
Me dieron ganas de decirte que mis creencias ideológicas existencialistas me impedían decirte que no te preocupes que "lo que tiene que suceder va a suceder" -porque eso no hacia más que justificar la irresponsabilidad y la inconsciencia, un rasgo por demás mediocre- pero que en alguna instancia algo nos excede, y que allí sí no se puede hacer nada, más que observar. Me dieron ganas de preguntarte qué era lo más malo que podía llegar a suceder, y que me respondas que el hecho de que no te acepten. Me dieron ganas de responderte que no era tan grave, y que ya habría otra obra, en otro lugar y otro momento. Y que te des cuenta que efectivamente no es tan grave -"no es la muerte de nadie", diría mi vieja- y sonrías, y te aflojes, y yo poder sentir eso, y aflojarme. Verte sonreír. Me dieron ganas de verte dejar de mascar ese chicle por el mero hecho de sonreír.
Pero me dio vergüenza. Pensé en el infinito paquete posibilidades alternativas -negativas- que podrían ir surgiendo a medida que se podía ir llevando a cabo la situación. Primero le eché la culpa al sistema. Luego al capitalismo. Luego a la globalización. "Sistema hijo de puta, sólo se preocupa en formar cuerpos dóciles para poder explotarlos, individualismos narcisistas, cerrados." Luego al sistema que me explota día a día, de mismo nombre y origen. "Estoy cansado, y sin ganas, por eso evito éste encuentro. Es es lo que éste sistema hace, eso es lo que quieren y les conviene, que sólo estemos preocupados en el consumo, en nosotros mismos, que no nos relacionemos."
Luego me vi a mi mismo en retrospectiva, desde la lejanía. Me vi a mi mismo con cara de cansado, pensando y echando culpas al bendito sistema que creo externo a mí. Me vi a mi mismo a tu lado. Callado. Desparramando culpas a múltiples lugares. Y me vi a mi mismo leyendo a Sartre, leyendo la Náusea, y El existencialismo es un humanismo. Y me vi pensando y aseverando, que el hombre es responsable de sí mismo y todos los hombres. Y vi la contradicción. Y me di cuenta que no es culpa del sistema, que no es culpa de la globalización, ni del trabajo que me explota. Me di cuenta que me gusta imaginarme y construirme los diálogos, que me gusta idealizar, que me gusta perfeccionar. Y llevarlo a la realidad sólo lo mancharía, lo corrompería. Y en el fondo, no quería.
Y te mire una vez más, y seguías mirando concentrada, preocupada, tu papel, ansiosa, mascando tu chicle. Y ya no sentía tu ansiedad, ni las ganas de hablarte. Sentí una aplacadora y amarga sensación de realidad, de esas que uno se lleva cuando descubre algo escarbando un poco, pero que en el fondo, ya la sospechaba. Una realidad poco sorpresiva y más que anunciada.
Así que me acomodé en el asiento y esperé a llegar a casa, con los ojos bien y plácidamente cerrados, producto del cansancio acumuládonse tras una tradicional jornada de explotación capitalista. Ignorándote e ignorándome a mi mismo también. Porque vos eras yo, como yo también era al mismo tiempo todos los hombres que estaban en ese 60 ese martes a las 5 de la tarde. Y es por eso, que ya no tenía necesidad de hablar, ni hablarte. Conocía a todos los hombres porque yo era todos los hombres. Es por eso que a través del silencio, los tuve que desconocer.

Juan Perrotat

lunes, 9 de noviembre de 2015

El chino de Armenia y Güemes

¿Quién me manda a meterme a estos lugares? No aprendo más, te juro. Era obvio que ibas a estar ahí, con el canasto azul, destartalado, lleno hasta el tope con cajas de Trix, jugo Ades de manzana y Serenitos. Era más que seguro que iba a sentir que me tocabas el hombro, con un ademán indiferente, y que yo iba a girar para admirar el penoso espectáculo del jogging viejo con las ojotas  y tus horribles dedos de los pies. No se para que hago las cosas. Quizás es porque lo venía pensando hace rato. La profecía autocumplida. No soportaba que no fuese a pasar. Tantas veces lo había reproducido en mi cabeza que ese incómodo momento se me hacía familiar, y hasta me trajo alivio. Subí caminando los dos pisos, arrastrando los pies y entré al monoambiente oscuro, inmundo -como siempre- con el deprimente empapelado azul símil pátina. La pantalla led todavía sin colgar y apoyada en el escritorio y un destornillador solitario. Al rato de haberme dormido, volví a sentir la lengua áspera en la nariz, reclamando que me despertara, que le diera bola, que le diera de comer del pote de cuarto kilo de helado de crema de coco y chocolate. Y un peso en el pecho. Volví a intentar calcular el peso del pequeño mamífero, pero no sirvo para esas cosas. Por supuesto que ni te despertaste. Salí a la noche de Palermo y el viento me pegó fuerte en la cara. Pero todavía no estaba satisfecha. Me faltaba algo. Me tome el 152 en Santa Fe y con amargura vi aparecer la torre de la estación Retiro. Me bajé y caminé, y ¡la puta madre! ¿quién me manda a meterme a esos lugares?
Vi como el tren rojo se asomaba al andén y espere sentada en la columna de siempre. Y era obvio, boludo, era obvio. Venías mirando el celular, sonriendo, con los colmillos marcadísimos, con la guitarra al hombro y odiándome con todo tu corazón cuando levantaste la mirada y me viste. Todo Retiro se ralentizó -como siempre pasa- y tardaste una eternidad en sortear los metros que te separaban de la columna. Y nos tomamos un colectivo en el metrobus. Y como siempre ibas en silencio, con esas Converse roñosas que no te sacas ni para bañarte. Te seguías acordando el número de mi departamento y comimos fideos con manteca sin hablar. Me desperté porque te vi sentado en la cama, enojado, porque yo no te bancaba y había puesto una almohada separándonos. Y a vos te dolía. ¿Pero qué querés que haga?
Terminé echándote, como siempre. Y terminamos llorando abrazados en Retiro, vos arriba del tren, sacando medio cuerpo por la ventana del vagón y yo abajo, deseando que el tren saliera ya. Creo que nunca voy a quererte.
Y pasaron muchas cosas. Se me mezclan en la mente.
De repente estaba borracha sobre avenida San Martín, con alguien parándome un taxi y dándome un billete de 50 pesos arrugados "sorry, no tengo más, ojalá te alcance". Enseguida tocando el timbre del 7mo D y charlando de fútbol en un colchón tirando en el piso del living (aunque odio el fútbol y no entiendo nada). Al rato alguien pidiéndome que no tomara tanto y que mejor fuéramos al cine a ver una película que ya había visto dos veces y comprándome una bolsa grande de caramelos masticables. Cuando menos me lo esperaba estaba haciéndome la buenita, y leíamos tirados en Plaza Francia y le comprabas calendarios pedorros a un chanta que no me banco. Pero sigo teniendo el detestable calendario de Clemente pegado en la heladera. Después en mi balcón, tomando birras que salieron 64 pesos y que ni teníamos ganas de tomar y la llamada por teléfono que anunciaba que otra vez más me quedaba sola.
Y me quedaba sola. Porque me odiaban casi tanto como yo los odiaba a todos ellos, porque eran la traducción perfecta de lo que me odiaba a mi misma, del daño que quería hacerme. Y no me importaba, te juro que no, pero, boludo ¿quién me manda a volver a esos lugares?

lunes, 26 de octubre de 2015

El viejo

"Che, che, nena".
Me gritan desde un balcón bajito de un primer piso a la calle. Es un viejo de musculosa, me hace acordar al Pepe Mujica. Tiene un pucho en la mano y está rodeado de plantas frondosísimas.
"¿No me alcanzás el diario que se me cayó?"
Miro al piso, ahi en frente de mis pies, y me agacho a recogerlo. Momento incómodo. Hago puntitas de pie -mi altura no contribuye a la causa- y él se inclina sobre la baranda, dejando peligrosamente medio cuerpo afuera. Me percato de todo esto medio entrecortadamente, intento levantar un poquito más el brazo y comienzo a sentir toda la sangre acumulada en mi cara. Siempre me pongo roja. Al fin logra cazar el diario, pero se ve que le requirió tanto esfuerzo que no logró mantener el pucho en la mano. 
Lo soltó. 
En mi cabeza. 
Sólo volvés a recordar lo asqueroso que es el olor a pelo quemado cuando lo sentís. Se me comenzó a incendiar el bocho. Atiné a manotearme, para intentar ahogar al incipiente fuego, pero no fue tan efectivo. O al menos nunca pude comprobarlo, porque justo en ese momento sentí como me caía una cascada de agua encima. Mire para arriba de nuevo, conteniendo mi indignación, y lo vi ahí, con un balde rojo, todavía inclinado hacia mi.
"Perdoname gurisa, perdoname, es que te prendías fuego"
Respiré hondo, repitiéndome "es un viejito Ale, es un viejito, dale"
"No pasa nada, señor". Sonrisa.
"Nooo, pero cómo que no pasa nada, nena, aguantame ahí que ya bajo". Desaparece entre sus plantas.
No estaba muy cómoda con eso de esperar, pero estaba íntegramente mojada, yo y mis cuadernos (lo que más me picaba en ese momento era someterlos a una intensa sesión de secador de pelo). Lo esperé. 
Estaba en la calle Paraná, cerquita de la Vicente López. Hay muchos árboles en esa cuadra. Y muchas señoras con perritos fifí que te miran raro si estás parada en la puerta de un edificio chorreando de pies a cabeza. Sentí que abrió la puerta. Era el estereotipo de viejo: medias blancas hasta la mitad de la canilla, pantuflas, calzones por abajo de la rodilla y la musculosa que ya conocía. 
"Pasa, pasa, que te doy una toalla, disculpame, che, ya estoy gagá".
Disimulé mi malhumor con una risita falsa.
"¿Señor tiene secador de pelo?"
"Si, nena, pero claro, pasá por favor".
Pasé. Incómoda. No sé si por estar empapada, por estar entrando al departamento de un extraño, o por toda la situación en sí. Llamó al ascensor y siguió disculpándose, dando explicaciones, que se distrajo, que cómo va a soltar el pucho, que eso le pasa por viejo, que todo se le cae, que menos mal todavía algo podía pensar, que sin su cerebro se muere. (No shit, Sherlock).
Estaba enojada con el viejo, no quería llegar tarde, no quería estar en su casa, no quería estar mojada, no quería perder los resúmenes de Contratos. Me permití odiarlo un poco. Me permití mirarlo con bronca a través del espejo del ascensor. Le dejé que con esfuerzo me abra la puerta. Que se joda por haberme tirado un balde de agua. A quién mierda se le ocurre tirarte un balde de agua en medio de la calle, la puta madre. 
Intentó charlarme, y me dejó parada en la cocina sola para ir a buscar el secador. Me trajo una toalla también y comenzó la epopeya de secar una por una las hojas del cuaderno. Desde la cocina veía el balcón. Me gustan las plantas, lo envidié por ser viejo y poder tener plantas frondosas. Me ataqué por no poder hacer crecer así ni un helecho. Si yo tuviera todos esos años seguramente mis plantas también serían frondosas.
"¿Cuantos años tenés, nena?". Comenzó el interrogatorio, y de a poco me fui aflojando. El ruido del secador de pelo nos obligaba a hablar casi a los gritos y en un suspiro nos habíamos enfrascado en una acalorada discusión sobre las elecciones. El viejo era medio peroncho. A mi me gusta criticar al peronismo. Los dos defenestramos a los globitos amarillos y de repente estabamos hablando de Hegel y Marx y Keynes. Hace rato que las hojas de los resúmenes descansaban sequitas en la mesada y me ofreció un mate. Charlamos y charlamos, y yo miraba como el solcito comenzaba a dibujar un contraluz en las plantas del balcón. Las mire con ternura. Alcancé a ver el diario tirado en el piso. El episodio del pucho y del balde parecía tan lejano...
El viejo se había puesto pantalones y me hablaba de Julio Verne. Coincidimos en que era un visionario y nos reímos porque la gente no sabe por qué el pececito se llama Nemo. Me preguntó si quería que me muestre su biblioteca. Apuesto a que se me iluminaron los ojos. 
Fuimos al living, yo ya ni goteando, pero con la toalla todavía alrededor de los hombros, y prendió una luz. Casi me caigo. Era inmensa, increíble
"¿Te gusta Sartre?". Casi me caigo por segunda vez. Entendí por fin la famosa frase de no caber dentro de uno mismo. No cabía en mi. Mis manos, mis ojos, discurrieron en una infinidad de páginas amarillentas, de lomos de libros avejentados, de Nietzsches, de Heideggers, de Kierkegaards, de Spinozas. Me emborraché. Quería frotar mi cara en su biblioteca, quería hacerme chiquitita y perderme entre las páginas, o hacerme grande, para poder engullir -literalmente- cada uno de los tomos. El viejo se reía y tomaba mate. Yo le pedía más. Enseñame, viejo, me lo debés, me cagaste mojando, me quemaste el pelo, contame ¿los leíste todos?
Me zumbaban los oídos y de repente dejé de entender lo que estaba pasando. Sentí que me iba a desmayar. Estaba borracha. Me gustan demasiado los libros. Sentí que iba a vomitar y me senté en el piso. El viejo me acunó la cabeza y me dio otro mate. Se sonreía a sí mismo. 
Puso voz solemne y me gritó el aforismo 114 de La Gaya Ciencia:

"La imagen que vemos por primera vez es construida con ayuda de todas nuestras experiencias antiguas, según el grado de probidad y equidad que tenemos cada vez. Hasta en el campo de la percepción sensible no hay más experiencias vividas que las morales".

Ví como desde el balcón a una chica le tiraban encima un baldazo de agua fría.

jueves, 22 de octubre de 2015

Así es el calor

Una tarde calurosa y un bondi lleno, la increíble suerte de haber encontrado un asiento vacío y las gotitas de la botella de plástico resbalando cuasi eróticamente, mojandole los dedos. Se la llevó a la nuca, disfrutando del incisivo frío, que se le metía por la piel. Un suspiro. Una tarde lenta y pesada, agobiante, un sorbo de agua que no aceleraba el tránsito. A veces la lentitud se le hacía necesaria. Una mujer se le pegaba demasiado en el asiento contiguo y ella optaba por correrse más y más hacia la ventana. Otro sorbo, pero no tan largo porque el medio litro debía durarle hasta el final del recorrido. Contó veintisiete personas que pasaron al lado del colectivo mientras estaba parado en una luz roja y las volvió  a contar cuando de una vez por todas volvió a arrancar. Qué fácil es que lo placentero, lo necesario, se convierta en insoportable. Miró al techo durante un rato, con la cabeza apoyada en el respaldo, respirando pausadamente y sintiendo una gotita que le resbalaba justo por el medio del pecho. Quiso seguirle el recorrido con la mente ¿dónde se había originado? ¿cómo identificar si era parte del sudor de la botella o del propio? Seguramente fuese una mezcla. La sintió continuar su camino hasta extinguirse en la remera, junto con muchas otras compañeras que ya formaban una constelación en la tela de color claro por la que había optado más temprano. Deseó intensamente sacarse las zapatillas y las medias y caminar descalza sobre el pasto. Hacía bastante que no se permitía ese placer, y es que después de todo no era tan fácil, como mucho se permitía andar en patas sobre el parqué del piso de su departamento, pero ¿pasto? No recordaba haberlo pisado en los últimos meses, ni con zapatillas. Es que era eso lo que le dejaba la ciudad: el cemento guarda bien el calor, y los edificios bloquean perfectamente el viento, como para que lo único que anheles sea llegar al cobijo de un aire acondicionado. Le entró el apuro: imaginó el momento en el que podría librarse de la ropa, quería estirarse sobre el suelo y mirar el cielo sin esos absurdos impedimentos (la ropa y los edificios y los cables).
De repente todo se hizo más pesado: la mujer de al lado, el tráfico, la ropa, el bolso entre sus piernas, su cabeza. Le sobrevino esa horrible sensación de cuando te estás haciendo pis hace rato y estas justo llegando a la puerta de tu casa. Morirse de ganas.
Repitió la maniobra de la botella en la nuca, y esta vez fue más allá y se rodeó todo el cuello. Una carrera de minúsculas gotitas le recorrió el cuerpo y notó como un tipo la miraba de arriba a abajo. Por un momento se sintió desprotegida, luego la bronca, pronto lo olvidó.
Volvió a mirar por la ventana, con incredulidad ante el silencio de la ciudad. La hora de la siesta es silenciosa aunque estés en medio de Once, es un fenómeno curioso, tal vez sea que todos nos volvemos un poco sordos después de almorzar. No había comido nada porque sabía que allá siempre había comida y detestaba cocinar para ella sola, le hizo ruido la panza (¡hizo ruido!) y quiso acallarla con el último trago de agua que quedaba. Ya estaba cerca.
Reconoció el giro del colectivo, que dejaba atrás la parte "más ciudad" de la ciudad, y se abría paso entre casitas bajas. Qué alivio.
La ansiedad volvió a invadirla y sintió unas ganas locas de pararse y hacer esas últimas cuadras corriendo para calmarse, pero se obligó a mantener el culo en el asiento "dale, dale, dale, que ya llegás". Era inútil disimular su transpiración, y lo sabía, sabía también que no molestaba a nadie, menos que menos a quien la estaba esperando. Se sonrió cuando se imagino la situación.
El calor crecía y crecía y no había vientito que lo calmara. Se colgó el bolso en el hombro y guardó la botella de plástico vacía y seca, le pasó por encima a la mujer, pegándose bastante, como para vengarse y caminó entre la gente hasta la puerta de atrás. El corazón se le salía por todos lados, cerró los ojos y tocó el timbre para avisar que bajaba. El ruido la ensordeció y la sacó de su ensoñación: entraba a laburar hasta las diez de la noche.

lunes, 19 de octubre de 2015

Tormentas

Hace meses que tengo este texto en la punta de los dedos, desde la noche anterior a mi cumpleaños, para ser exacta. Llovía de una manera impresionante y toda tormenta desata en mi el momento en el que me di cuenta del por qué de lo increiblemente aterradoras que me resultan.
Acabo de colgar el teléfono con mamá. Me dijo "no te asustes, es un fenómeno metereológico". Y no es que no lo sepa, y no es que no haya intentado mil y un maneras de erradicar el miedo que producen en mí. Leandro me hacía contar los segundos entre el relámpago y el trueno. Me distraía, pero no podía quitar de mi cabeza esa sensación insoportable de nerviosismo.
"Cuanto más cuentes, es que más lejos cayó el rayo". Imaginen como temblaba cuando apenas llegaba a contar hasta dos.
Cuando tenía seis años, mamá nos leía los cuentos de Washington Irving, hacía poco tiempo habíamos estado en la Alhambra, y los escenarios nos parecían tan cercanos que podíamos escuchar ensimismadas durante horas los relatos de príncipes y princesas moros. Hay varios que podría relatar de memoria, pero el que viene al caso es uno sobre tres princesas, hijas de un tal Mohamed el Zurdo, que vivían confinadas en un palacio con vista al Meditarráneo. Habían nacido con diferencia de tres minutos entre cada una (qué pintoresco) y a cada una le correspondía una cualidad (si no cómo podríamos identificarlas ¿no? já). Zayda, la mayor, era la valiente, la intrépida, la que siempre iba al frente (hasta fue la primera en nacer); Zorayda, la del medio, era bella y vanidosa: admiraba la hermosura en general, y era en ella misma en donde más la encontraba; y a Zorahayda, la menor, la caracterizaba su sensibilidad. Y es justo en la descripción de esta última hermana donde encontraba el detalle que más me llamaba la atención (y me sigue llamando y sigo recordando cada vez que una tormenta se asoma), Zorahayda se maravillaba ante la inconmensurabilidad de la naturaleza, ante lo magnífico de sus fenómenos, pero bastaba apenas un rayo para hacer que se desmayara.
¿Puede algo tan fascinante sacudirlo a uno de tal forma?
Me bajé del colectivo en avenida Santa Fe y corrí bajo la lluvia hacia mi departamento. A mitad de cuadra se cortó la luz y un relámpago partió el cielo, iluminándome a mí y a mi absurda sensibilidad. No bastó para que me desmayara, pero por lo menos fue suficiente para que de una vez por todas materializara esta idea.
Y no seré una princesa mora, y no me desmayaré cada vez que los vidrios de la puerta del balcón tiemblan casi como a punto de quebrarse, pero sigo sufriendo cada tormenta eléctrica y esperando con una contradictoria ansiedad cada relámpago, como creyendo que si por alguna extraña razón cayeran todos seguidos, uno tras otro, el martirio acabaría más rápido.
Y uno sabe que no es tan grave, que la tormenta va a pasar, pero mientras tanto, Zorahayda, yo te entiendo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Secuencias

Ayer vi cómo le robaban el maletín a un oficinista.
En realidad, vi justo el momento en el que se daba cuenta de que se lo habían sacado. No puedo explicarte la cara de desesperación, de desazón completa. Vi a un oficinista llorar en un café repleto de ojos mirándolo. Lo vi salir y entrar (el gran ventanal me permitía ver como continuaba su llanto en la vereda) repetidas veces. Corría hacia la esquina más próxima, como con la esperanza de encontrar al punga, con los deseos irrefrenables de agarrarlo del cuello y cagarlo a palos, de demostrarle que "eso no se hace". Enseguida volvía a entrar por la puerta del bar enjugándose las lágrimas y abrazando a una chica que lo esperaba petrificada al lado de la mesa de la que, segundos antes, se había levantado con horror. La secuencia se repetía una y otra vez. Se sentaba, se paraba, corría a la puerta del bar, miraba hacia ambas esquinas, elegía correr hacia alguna, volvía derrotado, se secaba las lágrimas, abrazaba a la chica, se sentaba... Se me hizo insoportable.
¿Cuánto tiempo más iba a durar? No dejaba de oscilar entre la resignación y la esperanza. Los ojos eran una mezcla de profunda tristeza y de enojo. Pero no. No era una mezcla. No podía ver tristeza y enojo al mismo tiempo, pero los períodos en que cada sentimiento se expresaba eran tan cortos y tan sucesivos, tan rápidos, que mi mente los confundía. Si lograba abstraerme, si conseguía ralentizar la secuencia lo suficiente, aparecían diferenciados, incluso unas burbujas indicadoras aparecían al costado: "esto es signo de tristeza", "esta expresión es de profundo enojo". Una suerte de faino me permitía ver.
¿Y si la luz, lo que me permitía ver con más claridad, era simplemente una desaceleración?

Ayer vi cómo le robaban el maletín a un oficinista. No puedo explicarte la cara que puso cuando se dio cuenta.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Sobre llorar en lugares públicos

Un violín me desgarra el pecho, y siento que me muero mientras veo diminutas gotitas chocando contra el vidrio de la ventana del tren. 
¿Es posible estar tan triste con tanta felicidad? 
Recorrí cielos enteros, me probé diez mil sombreros y caí en picada una y otra vez. Qué fácil es sentirse frágil. Un soplido recorre un camino casi como predestinado, es tenue pero, sin embargo, decidido.
¿Sabe el viento hacia dónde va?
Un remolino de contradicciones me inunda el cuerpo, las siento entrar como una luz blanca en medio de la frente. Pegajosas, densas, se adhieren a las paredes de mis venas, se incrustan en los tejidos. Una vez más grito en silencio. Grito con los ojos, anegados. La quietud es insoportable. Quiero levantarme del asiento y correr por los pasillos. Quiero que cambie este paisaje tan estable. Pero la tormenta esta adentro y no puedo exteriorizarla. 
Se repiten en mi cabeza secuencias de las horas anteriores, de los días anteriores, de los meses anteriores, de los años anteriores. Y modifico el pasado a mi gusto y conveniencia. Tan creadora de este presente que detesto, pero al que me apego como si no existiera nada más. Y es que no existe nada más. Y vuelvo a sentir que me odio, pero que al mismo tiempo no hay nada ni nadie mejor que yo. 
Detrás mío alguien levanta la mano y desata una cadena de sucesos insoportables. 
Hoy camine tres cuadras bajo la lluvia porque no puedo hacer resúmenes de la facultad si no es con birome azul.
A veces me gustaría dejar de hacer tantas pelotudeces.
Súbitamente me sobreviene una hipersensibilidad y vuelvo a llorar cuando escucho un trueno. Y me parece trágico estar llorando. Me parece trágica mi estupidez. 
De vez en cuando me deleito autocompadeciéndome, jactándome de mi desgracia ¡ah, queridísima victimización! Que delicioso es llorar en público y a los gritos. Que preciosura sollozar frente a decenas de personas, viajando en un vagón de subte. Es ciertamente liberador. ¡Mírenme! ¡Miren que triste estoy! ¡Cuidado que puedo tirarme a las vías y hacerlos llegar tarde! Más les vale ofrecerme una carilina. Hace unos días se me acerco un hombre y me dio el número de un pastor evangelista que iba a ayudarme a encontrar mi camino. Una vez una mujer que iba leyendo la biografía de Frida Kahlo me agarró de la mano y me regaló un señalador con una frase de autoayuda. Un chico se sentó en el piso conmigo y se quedó en silencio hasta que me bajé en Villa Urquiza. 
¿Qué es lo que lleva a la gente a llorar en lugares repletos de personas?
Es que si llorás sólo, encerrado en tu cuarto o recluido en vos mismo, es como el árbol que se cae en medio del bosque sin que nadie lo escuche ¿hace o no hace ruido al caer?
Supongo que lo que me lleva a llorar en público es la necesidad de que alguien escuche como vuelvo a caer, una y otra vez.

lunes, 24 de agosto de 2015

Alfonsina y el mar (y de suicidas contemporáneos)

"Te vas Alfonsina con tu soledad
¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?
y una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevando
y te vas hacia allá, como en sueños
dormida Alfonsina, vestida de mar."

Volví a cursar. Otro cuatrimestre, el último del año, el segundo del año, en el que siempre, siempre estamos más agotados. Y no tuve mejor idea que anotarme a las siete de la mañana. Dudo mucho de mi lucidez al momento de inscribirme a materias, pero, por otro lado, sé que estoy bastante conciente, y de que tengo mis razones sólidas para hacerlo. Me parece bastante egocéntrico pretender que soy la única que lo siente, pero es claro que tampoco es el común denominador, al menos no en la medida en la que lo siento en mi: ésta profunda, insoportable ambivalencia. Es difícil que me arroje con un convencimiento completo sobre alguna cuestión y, en el extraño caso de que esto ocurra, es probable que en un corto lapso, termine por cuestionarme. Un constante cuestionamiento, que da lugar a un claro incoformismo que, inevitablemente (y contradictoriamente, también) se traduce en resignación. No soy lo suficientemente libre de estructuras como para hacer lo que quiera, siempre hay algo dando vueltas por ahí, llamándome a la consecuencia. ¿Cómo actuar consecuentemente cuando dentro de mi se libra una batalla perpetua? Así que me atengo a las decisiones que implican una subordinación, tarde o temprano, aunque en el momento haya estado contenta de tomar la decisión. Así que me someto, y hasta disfruto de hacerlo, me dota de una placentera estabilidad, que al mismo tiempo, aborrezco. 
¿Qué es lo que disfruto de cursar a las siete de la mañana? El camino a la facultad. Vivo cerca, camino hasta ahí en unos veinte minutos y, aunque me cueste, creo que el momento entre las seis y las siete es algo mágico en esta ciudad, apenas despertando. Auriculares y poco abrigo fueron los protagonistas de esta mañana (me cagué de frío por necia). Ah, y también Alfonsina Storni. Soñé con ella, anoche. Me recitaba un poema, antes de arrojarse de la escollera del Club Argentino de Mujeres en La Perla. Me resulta gracioso que tengamos este impulso de envolver con un manto poético al suicidio. Félix Luna fue uno de los responsables de crear el preciosísimo mito urbano de Alfonsina entrando, caminando, lentamente al mar, entregándose a su fuerza, convirtiéndose, al fin, en lo que tantas veces y con tanto ímpetu, había deseado

("Mar, yo soñaba ser como tú eres, 
Allá en las tardes que la vida mía 
Bajo las horas cálidas se abría... 
Ah, yo soñaba ser como tú eres. ")

Alfonsina no entró al mar, Alfonsina se arrojó, se tiró al mar. Alfonsina se suicidó. ¿De dónde carajos sale este afán literatizador de algo tan humano como el suicidio, como las ganas de morirse? No creo que sea el único caso en que esto haya ocurrido. Y no creo, tampoco, que exista persona sobre este mundo sin una (aunque sea ligerísima) tendencia al suicidio. Y no hace falta pensar en abandonar el mundo físico. Yo misma, al renunciar a mi ambivalencia y sujetarme a mis propias decisiones, me estoy asesinando (aunque creo tener tendencias mucho más fuertes que esa). Todos los días nos suicidamos. Levantarme de la cama a las seis de la mañana es suicidarme, aunque después disfrute de ello. Quedarme en la cama hasta el mediodía también es suicidarme. Tenemos tantos fragmentos dentro de nosotros que concibo imposible que no estemos siempre asesinando a alguna partecita, para que las demás florezcan.
Aunque considere ridícula la leyenda de Alfonsina, no puedo negar que adoro la canción. En el camino a la facultad, mientras iba dibujando ideas en mi cabeza, apareció aleatoriamente en una lista de reproducción una versión de Calamaro (que, vamos a decirlo de paso, es una de mis favoritas).
Caminé cantándola, acompañada de otros de los protagonistas de mis mañanas rumbo a cursar: los porteros manguereando las veredas. Y tuve una magnífica idea: si alguna vez me decido por el suicidio material, será entre las seis y las siete de la mañana, y ruego que alguien tenga la consideración de crear una leyenda en torno a mí, con porteros, mangueras y pies mojados como protagonistas. 

sábado, 22 de agosto de 2015

El encendedor

Te empecinabas en prender un cigarrillo en una esquina con un encendedor que, claramente, no funcionaba. Me acerqué y disparé algún chiste tonto. Me miraste con cara de pocos amigos, despeinada. Me apuré a buscar en mis bolsillos el encendedor rosa que le había robado a mi hermana y te lo ofrecí. Te sonreíste y tiraste el tuyo, resignada. Quise comenzar una charla, probablemente comentándote sobre el horroroso viento que estaba azotando a la ciudad. Creo que no entendiste, y no supiste qué contestar, o si contestar, siquiera. Así que te pregunté si podía acompañarte un rato. Me miraste confundida (una vez más) pero asintiendo. Y así comenzó.
De repente, estábamos un día caminando de la mano, cantando The Black Keys a los gritos. Cruzábamos calles corriendo, aunque los semáforos siempre estaban en verde para nosotros, dándonos paso. Una extraña sensación de aceleración nos invadía. Me leíste Saramago en voz alta, quejándote de su evidente mala relación con los puntos (seguidos y aparte), y pocas cosas te irritaban tanto como el que no te diera el aire para completar las frases: "¡dale hijo de puta, basta de comas!". Odiabas el apio, y una noche, sentados en el piso de la cocina, te comiste como veinte varillas sólo para contradecirme. y me tuve que comer tus benditas hamburguesas de lentejas. Y terminaron gustándome. Un día llegaste llorando a mi casa, mostrándome los dedos llenos de espinas, no habías tenido mejor idea que trasplantar tus cactus aduciendo que como te querían, no te iban a pinchar. Qué linda tu voz de resentimiento. Decidimos escribir una larga carta del lector, ideando teorías para responder la pregunta de por qué las maquinitas de cargar sube no aceptaban billetes de 20, y claro, aprovechamos para despotricar contra Rosas. (Bien que después te quedabas horas y horas atontada mirando a Manuelita en el Pridiliano Pueyrredón del MNBA). Perdí la cuenta de cuantas tazas de té te volqué encima, pero te acostumbraste a mi torpeza, e incluso te hiciste amiga. También perdía la cuenta de las veces que nos agarró la lluvia en medio de la calle y corrimos a refugiarnos en algún café, porque ¿para qué más sirven las tormentas que para ser una excusa para correr a refugiarnos a cafés?
Transcurrieron momentos en forma de días, de meses, de años, y siempre nos preguntamos por qué habíamos decidido ordenarnos de ese modo. Comíamos, leíamos, escuchábamos música, y de a poco tu vida fue mi vida y mi vida la tuya y casi que ya no teníamos razón para no juntarlas cada vez más y más. Y pasó el tiempo.
Fuimos envejeciendo juntos, de a poquito, y de a poquito, también, fuiste venciendo tu miedo a envejecer. Nos mudamos de la ciudad para "ver más verde", pero la realidad era que nuestras piernas no soportaban ya subir los dos tramos de escaleras de nuestro departamento en Almagro. Y se veía más lindo el cielo. Y estábamos juntos para verlo. Y al final, era lo que nos importaba.


Pero, de repente, en el último intento, el encendedor dio a luz una pequeña y débil llama, prendiste el cigarrillo y cruzaste la calle, perdiéndote entre la gente, apresurada. Y yo me quedé en la esquina, con el peso del encendedor rosa que le había robado a mi hermana, oprimiéndome en el pantalón.

jueves, 6 de agosto de 2015

Sopa de letras

Algo me pasa.
Una intensa angustia me atacó.
Creo que siento que escribo mal, que no tengo sentido ni dirección, que no comunico, que soy vacía.
¿Alguna vez pensé distinto sobre mí misma?
Cené sopa de letras y creo que de ahí nace esta sensación.
Entre torrentes de líquido amarillento nadan fideitos minúsculos con forma de letras. Grandes sorbos se cuelan en mi boca. Las mastico, mezclándolas con la saliva, formando un desagradable bolo alimenticio. Qué detestable me resulta a veces la cavidad bucal. 
Cené sopa de letras, pero creo que estaba en conflicto desde antes.
Quizás fue ese el motivo por el cual me decidí por ese menú.
¿Necesito letras en mi organismo? ¿Soy tan poco capaz de formular oraciones bonitas y elocuentes, que termino por optar por hacerlas entrar, mezcladas en mi boca, sin ningún tipo de sentido?
¿Qué frases andarán formando en mi estómago?
(Ninguna, ya dijimos que se habían transformado en un asqueroso bolo alimenticio)
Lo gracioso es que me quejo de que me detesto escribiendo, y acá me tienen, haciéndolo una vez más.
¿Y qué sentido tiene esto? ¿Qué es lo que busco decir?
Estoy vacía.
Soy un plato hondo de sopa de letras terminado, devorado.
Soy restos de líquido frío, imposibles ya de despegar del vidrio.
Soy el fondito desagradable, que forma una película insufrible si no se lava el plato inmediatamente.
Soy el plato sin lavar.
Soy los restitos de fideos que ya no pueden ser, de ninguna manera, identificados con letras.
Soy lo que quedó.
El desperdicio de algo que quizás, en algún momento, por alguien, en algún lugar, fue considerado apetecible.
Soy el menú rápido, el paquete instantáneo, para salir del paso.
Porque, después de todo ¿quién elige cenar sopa de letras?

En casa ajena

El insomnio de madrugada acarrea terribles dudas: ¿Dejé cerrada la llave del gas? ¿Traje la billetera? ¿Las llaves dónde las puse?
Todo puede estar en su lugar, pero cuanto más tiempo tenemos para matar, y menos actividades tenemos para hacerlo; el temor más mínimo se convierte en una incertidumbre irreparable. (Irreparable porque somos incapaces de incorporarnos a comprobar que nuestros miedos son fundados. Irreparable porque no logramos dilucidar si estamos verdaderamente despiertos. Irreparable porque tácitamente sabemos que si nos levantamos de la cama, estará todo perdido.)
La luz del alba trae protección, trae seguridad. Y, entonces, por más de que nuestra casa se esté incendiando y las llaves estén en el fondo de la alcantarilla, al fin podemos dormir con una incoherente tranquilidad.

miércoles, 29 de julio de 2015

Llegaste

Llegaste esperando demasiado de mi.
Me cuesta sentirme idealizada.
Soy una más ¿sabes?
Porque yo sí lo sé.
Tengo claro que lo más probable
es que en tu vida, sea intrascendente
¿te acordarás dentro de algunos años?
¿nuestras charlas volverán a hacerte pensar?
¿por qué necesito que me recuerdes?

Llegaste, nunca conformista.
Siempre exigiendo más de mi mente
y más de mi cuerpo.
Poniéndome a prueba una y otra vez.
Ofendiéndote cuando te daba la razón,
sin antes darte discusión.
Y me dejás pensándote,
infinitamente.
Y me dejás autocriticándome,
como siempre.
Me quedo acá, mirando una hoja
y vos mirando quién sabe qué.
Efímero como todo con vos.
No puedo pedirte nada,
y puedo ofrecerte menos.
Pero...
¡Ay, tu mente navegando los laberintos de la mía!

Llegaste, haciéndome creer que era mucho,
cruel.
Más alto y más duele hundirme.
Más rápido y más por qués me invaden.
No puedo forzar nada, lo sé.
Justamente por eso
no puedo evitar sentir lo que siento.
Después de todo, tengo que dejarme ser,
y si soy esto,


no queda otra.

lunes, 13 de julio de 2015

Reflejo

Nos sentamos uno el frente del otro y, mirándonos a las caras, casi inevitablemente lo decidimos.
Era hora.
Comenzamos con las cosas más grandes, las que más recordábamos, pero no por eso las que más huellas habían dejado.
Era curioso observar cómo a medida de que iban pasando las horas y desfilando a través de nuestras bocas las palabras, todo iba cobrando un sentido más trascendente.
Entonces, el recordar el dolor de un cuchillo clavado por casualidad, o la quemadura con algo sacado del horno, desencadenaban una serie de sensaciones que ni siquiera eramos conscientes de haber experimentado.
El olor que a vos te llevaba a tu infancia, a mi me llevaba a la farmacia en la que había laburado por primera vez, y en la que -por primera vez, también- tuve que defenderme solita. Y yo te hablaba de farmacias  y a vos se te aparecía tu vieja, diciendo que farmacéutico y murciélago son dos palabras que contienen todas las vocales y, de pronto, yo me acuerdo de los tres tomos de los diccionarios de la RAE que mi abuelo cuidaba como oro, eran sin dudar su posesión más preciada, y vos te acordás de tu gata, que se llamaba Dora, pero que tuvieron que cambiarle el nombre cuando descubrieron que en realidad era gato y le pusieron Comodoro para que el pobrecito no sintiera que perdía tanto la identidad.
Y así seguíamos agregando cosas, sumando y sumando. Pasaban las horas y las cuestiones banales como el nombre de tu gata-gato dejaban de serlo. A todo le encontrábamos texturas, gustos, olores y francamente era evidente que nuestra sensibilidad estaba a flor de piel. Y no podíamos callarnos, porque hasta con los silencios nos contábamos cosas y porque cuando las palabras no podían describir lo que sentíamos, nos transmitíamos esas sensaciones mentalmente. Y entonces vos estabas en mi farmacia. Y conocías a Natalia. La conchuda de Natalia, y sabías que yo te la describía mucho peor de lo que realmente era, pero entonces la farmacia no era sólo la farmacia, sino que era todo lo que yo había sentido ahí. Y tu vieja diciendo murciélago era en realidad mucho más que eso porque era ella cubierta de harina diciendo murciélago mientras amasaba pizzas y mientras vos te acordabas de las cosas que habías hecho en esa mesada. Y era también el ruido de las chicharras la noche de verano en la que te desvirgaste y la pibita que te comiste en una fiestita de quince, y ni siquiera hacía falta que me cuentes porque bastaba, simplemente, con que abrieras tu mente y me dejaras a mí, encontrar esos pedacitos de tu vida que hasta vos habías olvidado. Y lo mismo yo. No me daba miedo que veas, que sientas, que mires con mis propios ojos a la conchuda de Natalia que ni siquiera es tan conchuda, pero bueno. Y que sintieras como me dolió que mi abuelo me gritara cuando tiré café en el último tomo, a la altura de "ramificar", y no tendrá todas las vocales esa palabra, pero te aseguro que él me puteo con letras que ni yo sabía que existían.
Habíamos llegado a un punto tal del ejercicio que yo me sentía más en vos que en mí misma, y me empezaba a dar un poco de miedo porque cuando, en medio de toda esa vorágine de recuerdos y sensaciones, abrí los ojos, no te ví a vos.
Me ví a mi misma, del otro lado de la mesa, con los ojos cerrados.
Todo se me había dado vuelta.
Y de pronto me veo, abriendo los ojos del otro lado de la mesa y notando un brillo en ellos que nunca había visto ni en el espejo, ni en fotos, ni en ningún lado.
Y miro mi cara, desfigurada por la confusión ¿Era yo o eras vos mirándome?
Como si fuésemos uno el reflejo del otro, subimos las manos a la altura de nuestras caras. Y ahí lo vimos.
Gran cagada nos habíamos mandado.