No sé cómo sucedió, pero de repente me costaba horrores pararme en la cocina.
Me encantaba cocinar para otros, y mi soledad se había trasladado a casi todo ámbito de mi existencia.
Un aluvión de papelitos del delivery cubría enteramente la heladera vacía (por dentro). Bueno, no del todo vacía, un par de botellas de agua y un viejo limón partido al medio ocupaban los estantes. No me atrevía a tirarlo. Era seductor, ahí, con ese amarillo gastado y achicharrado por el paso del tiempo. Por un lado sabía que no lo iba a usar nunca, pero en mi cabeza le daba cierta sensación de completo al asunto. Me veía reflejada en él: amarilla y vieja y sola y a la mitad, y no me hubiese gustado que a mí me tiraran a la basura dejándome a la suerte de algún muchacho recolector.
Aún así, me negaba a darle compañía, como también me la negaba, en parte, a mí misma.
¿Quién diría que iba a encontrar una analogía en un medio limón encerrado en un gigantesco electrodoméstico?
De todos modos, mis fideos con tuco no tenían el mismo gusto cuando los comía en silencio mirando a la pared.
Creo que el comer (y, con eso, el cocinar) tiene un sentido mucho más profundo que alimentar al cuerpo. El ritual de prender la hornalla y enfrentarme a una tabla de picar, era para mí como bailar. Nunca fui muy coordinada de todos modos, y en la cocina me volvía más torpe y atolondrada que sobre el escenario, pero no por eso la cocina me parecía un escenario menos encantador. Creo que también me ponía más perceptiva, como si los ruidos, movimientos y sentimientos se acrecentaran a mi alrededor, y por eso cuando cocinaba me percataba mucho más de lo que los demás me estaban pidiendo, en silencio.
No voy a decir que era buena cocinando (porque definitivamente sería una mentira) pero sí voy a aceptar que me maravillaba hacerlo. Era una forma realmente sincera de expresar lo que sentía, de decirle a los demás cuánto me importaban y cuánto quería que algo nacido de mis propias manos los deleitara.
Vuelvo a repetir, no se cómo sucedió pero de repente un día me empezó a costar horrores pararme en la cocina grande, vacía y con una heladera inútil.
¿Qué me habría llevado hasta ese punto?
¿Por qué de pronto me asustaba no complacer?
Y la pregunta qué más me aterraba: ¿Por qué tenía tanto miedo de cocinar para mí misma?
lunes, 2 de marzo de 2015
Escriba un título II
Debo confesar que abrí el borrador sin saber bien sobre qué escribir. Tan sólo quería desahogarme un poco ¿Desahogarme de qué? Quién sabe, ni yo sé. Ni siquiera se a dónde estoy yendo con esto. Quizás sea, de cierta forma, forzarme; pero quizás sea, también dejar que mis pensamientos se acomoden mientras los dedos corren por el teclado. Una confesión. Una confesión de algo que aún no se si hice.
¿Será más sincero si escribo así? Sin saber a dónde estoy yendo. Bueno, un poco como mi vida. Quizás sea una linda metáfora: Escribo hoy esto como voy escribiendo mi vida. Abro un borrador cada vez que me levanto y comienzo a improvisar. Bueno, no creo. La rutina poco espacio deja a la improvisación. O yo me refugio en la rutina para no tener que esforzarme creando. Un poco duro conmigo misma.
Últimamente estoy preguntándome mucho, sobre muchas cosas, como inundando mi alrededor de incógnitas, pero también, hace poco, descubrí que prefiero mis preguntas antes que las respuestas de otro. O las mías, incluso. La certeza da más miedo que la incertidumbre, porque en la incertidumbre siempre puedo esperar lo mejor. Las certezas no tienen grises, parecen enormes piedras imposibles de erosionar, o de mover. Están ahí, simplemente ahí, imposibles de ignorar. No quiero que se me agoten las preguntas, me da miedo estar convencida de algo. Debe ser parte, también, de mis cambios, o de mi naturaleza autoboicoteadora; o, más bien, de la parte de mi que quiere ir en contra del autoboicot: Cuando siento que sé, que siento, o que estoy convencida de algo realmente, no puedo evitar taladrarme la cabeza para ir en dirección contraria. Mejor, entonces, huirle a las convicciones. Aunque, después de todo, podría convencerme de que no está tan mal convencerse.
¿Será más sincero si escribo así? Sin saber a dónde estoy yendo. Bueno, un poco como mi vida. Quizás sea una linda metáfora: Escribo hoy esto como voy escribiendo mi vida. Abro un borrador cada vez que me levanto y comienzo a improvisar. Bueno, no creo. La rutina poco espacio deja a la improvisación. O yo me refugio en la rutina para no tener que esforzarme creando. Un poco duro conmigo misma.
Últimamente estoy preguntándome mucho, sobre muchas cosas, como inundando mi alrededor de incógnitas, pero también, hace poco, descubrí que prefiero mis preguntas antes que las respuestas de otro. O las mías, incluso. La certeza da más miedo que la incertidumbre, porque en la incertidumbre siempre puedo esperar lo mejor. Las certezas no tienen grises, parecen enormes piedras imposibles de erosionar, o de mover. Están ahí, simplemente ahí, imposibles de ignorar. No quiero que se me agoten las preguntas, me da miedo estar convencida de algo. Debe ser parte, también, de mis cambios, o de mi naturaleza autoboicoteadora; o, más bien, de la parte de mi que quiere ir en contra del autoboicot: Cuando siento que sé, que siento, o que estoy convencida de algo realmente, no puedo evitar taladrarme la cabeza para ir en dirección contraria. Mejor, entonces, huirle a las convicciones. Aunque, después de todo, podría convencerme de que no está tan mal convencerse.
lunes, 23 de febrero de 2015
Desesperación II
Pienso, a veces, que no me gustaría ser tan sensible, pero ¿cambiaría todo lo que alguna vez sentí por ser un poquito mas dura? No quiero romperme, no quiero endurecerme ¿una cosa lleva a la otra? ¿son consecuencia? No me rompas, no hagas que me vuelva más fría.
No decimos las cosas por esto: las decimos y las reacciones nos hacen mierda.
¿Para qué me pedías que fuera sincera?
Ahora tengo que tragarme las lagrimas, porque está bien llorar por películas, pero esto es otra cosa. Es más difícil que te vean llorar por algo de verdad.
Y te veo agarrandome las muñecas y cuestionando eso, también. Porque mis formas de sufrir no te parecen apropiadas. Porque es más ético destruirse por dentro, no molestar a los demás, que no se note que estás mal, nena. Igual, ya ni se que es lo que queda por destruir adentro.
Soy frágil, que se yo. No voy a dejar de serlo porque no quiero dejar de serlo y porque no quiero dejar de entregar todo cuando lo siento. No quiero comenzar a sentir que esta mal abrir los sentimientos.
Me tenias en tus manos ¿sabes? De una manera mucho más profunda que cualquiera que puedas imaginar. Y te veo, con esa calma aparente por fuera, aunque el viento te este dando en la cara y aunque tengas un huracán adentro. Y decime ahora ¿con quien hablo de lo que me pasa? Escribo porque también mi memoria es frágil y desde siempre quise que no seas efímero.
¿Y qué mierda me importa si estoy sintiendo mucho?
Son mis arrebatos, los que ya conoces.
martes, 17 de febrero de 2015
El origen de lo original
Me desperté pensando en que ya estaba todo dicho. No hay una sola palabra que no haya sido pronunciada, no hay un pensamiento que no haya sido pensado, quizás por la mente más remota, quizás por la más cercana, quizás por la propia. Los momentos definen todo. Qué pensamiento trasciende y cual no. Cuál es considerado una genialidad y cuál es considerado una banalidad. Podemos pasar toda nuestra vida diciendo, pensando, sin que nada trascendental salga de nuestra mente y luego, de nuestra boca. Al final no somos nosotros los que lo definimos cuál de todas las cosas va a ser la que llegue a ser más importante que las demás. Todo está en el otro. Siempre todo está en el otro. En el que lo recibe y lo interpreta como se le antoje. Tenemos poco protagonismo hasta en lo que a nosotros mismos respecta ¿Quién nos manda a pensar, a desear, que algo propio influya en los demás? ¿Por qué esa obsesión de querer marcar vidas? ¿Por qué el constante atormento de no querer ser uno más? Ya ni sé cuantos millones somos sobre este planeta, y dudo que alguien lo sepa. Nos sentimos tan insignificantes que pretendemos no serlo, aunque sea, para una persona. Y nosotros recordamos a muchas. Muchas personas que son recordadas por muchas personas. Personas que aparecen en los efemérides porque escribieron algo que gustó o se sacrificaron por la patria, porque cantaron algún acorde robado, porque se llevaron los triunfos de personas insignificantes. Porque supieron reunir pequeñas ideas, múltiples ideas. Los recordados son acumuladores de ideas ajenas ¿Quién puede decir que fue el primero en pensar algo en particular? Nunca sabremos quién fue el primero, sólo sabemos quién es el que lo dijo más fuerte, el que fue más vivo. Robar ideas, pensamientos, al final, es facilísimo, pero sólo algunos se dan cuenta. Y son menos, aún, los que se atreven a hacerlo.
jueves, 12 de febrero de 2015
Instrucciones para sonreír
(Un compilado de consejos para cuando los días grises se rehúsan a irse)
- Hacé la primera abdominal del día bien temprano, antes de que salga el sol, para agarrar el libro que está a los pies de la cama y recibir el amancer leyendo. Y mirando.
- Comé, tomá lo que tengas ganas y ponete zapatillas. Hoy toca caminar.
- Hacé la cama, levantá la ropa del piso. Sentite orgullosa porque lo hiciste aunque no tenías ni un poquito de ganas.
- Si tenés que ir a algún lado, caminá. Y por una ruta distinta a la que hacés todos los días.
- Si no tenés que ir a ningún lado (no te creo), dejá que las piernas te lleven. Pero, de nuevo ¡no repitas caminos!
- Saludá a todo el que se te cruce, si ya sé, te da vergüenza quedar colgada, pero pensá ¿a quién no le va a gustar que le dediquen un "buen día"? A veces los por qués no importan.
- Caminá despacito, escuchá la ciudad (todavía no te pongas los auriculares). Sorprendete porque aún entre tanto cemento hay pájaros volando (aunque sean palomas).
- Mirá el piso. Mirá las cosas caídas entre las baldosas, en el asfalto. Recogé algún papel y tiralo en el tacho. Pequeña contribución.
- Mirá el cielo, mirá los árboles mezclándose con los edificios, llegando hasta las nubes. Cuidado con las palomas.
- Mirá las paredes, y descubrí las pequeñas plantitas que nacen en los lugares más insólitos.
- Prestale mucha atención a alguien.
- Bailá mientras caminas, ahora sí podés ponerte los auriculares.
- Escuchá una canción que nunca hayas escuchado antes. Intentá ir adivinando la letra, en voz alta.
- Tirate en el pasto un ratito. O un rato largo. Sacate las zapatillas y dejá que los pequeños pelitos del pasto se metan entre los dedos. Volvé a sentirte conectada con la tierra.
- Mirá a los ojos al sol, aunque te hayan dicho que no es recomendable. Jugá al juego de ver quien parpadea primero.
- Llorá un poquito, si tenés ganas. No está mal llorar.
- Hacete un amigo perro por la calle. Sonreile, mimalo, inventale un nombre, despedite,
- Llamá a mamá, aunque sepas que no va a contestar, y si contesta contale cualquier pavada.
- Lee algún cuento con un hadita de protagonista.
- Deseale, en tu mente, cosas lindas a la gente que veas. "Que te haya ido bien el parcial", "que tu compañero de trabajo haya llevado las medialunas que te gustan", "que te haya crecido una plantita nueva en la maceta del balcón". Nunca sabés quién te está deseando cosas lindas a vos.
- No uses internet, bueno, sólo para escuchar música, pero desconectate de las redes que te comen la cabeza.
- Andá a comer a la pizzería, no pidas gaseosa (seguro Cristian te alcanza un vaso de agua).
- Andá a la librería de Montevideo y Mitre, probablemente Arturo te regale un libro, como la vez que lo conociste, y si no, seguramente, te regale una de sus historias. Volvé a agradecerle por ese primer día.
- Mirá algo lindo durante mucho tiempo. Una foto, un cuadro, un edificio, una persona. Mirá sin vergüenza.
- Si te gusta el vestido de alguna chica por la calle, decíselo.
- Cocinate. Y si se puede, cocinale a alguien.
- Hablá con alguien nuevo. O alguien que hayas dejado abandonado. Hacele escuchar una canción.
- Tomá mate.
- Concentrate en las cosas chiquitas. Las que dan más felicidad.
- Abrazá, y si no tenés a quién regalarle un abrazo sincero, abrazate a vos misma. Mandale con la mente el abrazo a la otra persona.
- Caminá con los ojos cerrados. Sentí el piso de manera distinta. Caminá con los pies y no con los ojos.
- Sentate en medio de la calle. A observar. Hay belleza donde la busques.
- Fumá un pucho, y decite que es el último. Creételo.
- Acostate y escribí.
- Agregá cualquier otro momentito que te haya hecho sonreir.
martes, 10 de febrero de 2015
Oxímoron
Una vez dije que no entendía qué era un oxímoron, que un día, simplemente, me iba a levantar comprendiéndolos.
Me acabo de levantar de la siesta pensando en que los momentos en los que soy más libre, son los que paso encerrada con vos.
No hace falta que diga nada más.
No hace falta que diga nada más.
viernes, 6 de febrero de 2015
El bondi pirata
Le aburrían los viajes en colectivo, por eso los evitaba tanto como podía, pero siempre llegaba el día en el que varios kilómetros la separaban del lugar de destino y no quedaba otro remedio para su modesto bolsillo. Se sentaba en los asientos de atrás, contra la ventana de la derecha, en lo posible; claro, siempre y cuando hubiese algún asiento disponible y no tuviese que hacer el recorrido apretujada entre gente transpirada. Se sentaba, con los auriculares o algún libro, o ambos, o ninguno, y veía la ciudad pasar. Estaba convencida de que era la ciudad la que se movía. Ella estaba quieta. Ella estaba sentada mirando por la ventana, nada más. Y se arremolinaban a su alrededor edificios, calles que emanaban vapores olorosos y gente que iba apurada enredándose la piernas entre las correas de algún paseador de perros, siempre un tachero gritando improperios y siempre un auto recalentado. Siempre casas bajitas intercaladas con edificios que tocaban el cielo y siempre alguna rama de algún árbol que casi le tocaba la cara. ¿A dónde irá esa ciudad tan apurada? De vez en cuando se tomaba su tiempo. frenaba un poco, y permitía que otro colectivo se le acercara a un costado vertiginosamente, y siempre había alguien mirando por la ventana, como ella. Jugaba a sostener la mirada con el extraño del colectivo vecino, a ver quién era el primero en dirigir los ojos hacia otro lado, y casi siempre ganaba. Confiaba en su mirada competitiva. El juego duraba lo que dura un semáforo, y, si tenía suerte, podía dar revancha en el siguiente. Todo se tornaba más intenso. Ahora los dos sabían que la competencia era de vida o muerte. A veces le daban ganas de arrojarse al otro colectivo, de crear un puente con su cuerpo y hacer una especie de abordamiento, al estilo barco pirata. Soñaba con gente usándola para trasladarse de un colectivo a otro e izando una bandera negra, con un bondi y dos huesos blancos dibujados. Cuando se sentía un poco más osada, incluso se animaba a sacar un brazo. Llevaba la cuenta de los colectivos que había tocado. Nueve. Se estaba preparando. El décimo era el definitivo.Tenía que abordarlo. Había dicho lo mismo cuando estaba a punto de llegar al tercero, por ese dicho de "la tercera es la vencida" pero le pareció muy precipitado. La gran hazaña necesitaba preparación.
Esperó unos minutos en la parada, nerviosa, y cuando vio aparecer el bondi en el horizonte de la avenida San Martín, los latidos se le redoblaron. Esperó, quinta en la fila de personas que decían "3,25", llegó su turno, apoyó la SUBE en la maquinita y miró hacia adentro del colectivo: Estaba lleno de gente transpirada.
lunes, 2 de febrero de 2015
Una serie de fortunas eventuales
Camino de noche. Me atrae deambular sin rumbo, aunque en la mente tenga un objetivo. Todo tiene un fin, Todos queremos llegar a algún lado. Fantaseo con caminar sin querer llegar, me digo que no hay rumbo, pero no puedo evitar seguir cierto recorrido establecido en mi cabeza. Pienso en cruzarte en alguna esquina, saliendo de algún bar, de lo de algún amigo nuevo que no alcancé a conocer, y trato de silenciar esos pensamientos inmediatamente. ¿Son pensamientos o son instintos? Me acuerdo cuando te crucé por primera vez después de que todo se fuera a la mierda, me acuerdo que puse un pie en el lugar y te me viniste a la cabeza, y después, minutos después, ahí estabas. Parado como si nada. Con un amigo nuevo que no había alcanzado a conocer. Hago callar a mi mente, o que, por lo menos, ella sí vaya por otro rumbo. No sería sano volver a verte, y últimamente estoy atrayendo a gente con el pensamiento. No te rías, lo digo en serio. Pero nunca creíste en esas cosas, y tampoco creíste en lo que te decía. Y mirá que yo también soy escéptica, eh. Llegué a Corrientes, siempre termino en Corrientes, perdida entre libros y tomando birra. No quiero tomar birra hoy, así que me siento a conversar con desconocidos en el cordón de la vereda. Me gusta robar fragmentos de la historia de las personas, me gusta ser una confidente anónima, pero más que nada me gusta cuando me preguntan quién soy. Porque puedo ser la que yo quiera. No me gusta la idea de lo duradero, de lo permanente, e ir mutando yo misma, con cada historia contada, es reconfortante. No, no te rías de nuevo, no es que invento historias, sólo que a veces resalto ciertos aspectos de ellas, las exagero, las disminuyo. Bueno, sí en parte es inventar, pero no tanto. Por lo menos ellos me escuchan, no como vos. Ahhh, claro, no te gustan los planteos. Bueno, sigo caminando, salí un poco de mi cabeza.
Es raro, me gusta estar sola porque me gusta conocer a gente nueva, y estando acompañado uno no se lo permite tanto, no puedo negar, igual, que es contradictorio. "Me gusta estar sola para conocer gente nueva". No tiene sentido, hasta hago sonar que considero descartables a las personas. Nada más alejado de la realidad. Siento que a veces tengo muy buena memoria para detalles que los demás consideran estúpidos, pero ¿no está ahi la magia, acaso? Que raro eso de llamar "magia" a lo que nos gusta, o quizás simplemente soy yo, dándole nombres a cosas que no lo son.. Intentando etiquetar. Todo tiene que tener su nombre, coherente, claro. No soportamos no saber como llamar a algo. No soportabas no saber como llamarme. El hambre me guía a la pizzería, y saludo a la gente como si la conociera. Me acuerdo de caras que no tienen nombre. Te hubieses desesperado. "Una promo uno, Tano", le digo. Como si todos los pizzeros fuesen italianos, ¿no dije ya que necesito ponerle un nombre a todo? Termino de comer mientras alguien me cuenta que se quiere ir a Europa entre mordiscos de empanadas de apio, nuez y roquefort. Me encantan esas empanadas, pero odio el apio y soy alérgica a las nueces. Hay sabores que anulan a otros, Y hay recuerdos que anulan a otros. Esta noche, definitivamente no te vas a ir de los laberintos de mi cabeza. Es como si estuvieses atrapado y yo, queriéndote guiar hacia la salida, hiciera que te pierdas aun más. Esta noche, definitivamente, también caminé mucho, pero la noche está linda, y me pone pensativa. Es peligroso pensar. O pensar, mucho. Se me acerca un perro, las manos me deben oler a pizza todavía. Sí, claro que como la pizza con la mano, para eso está diseñada por expertos. Me hace mimos, me pide comida, Busco en la cartera y siempre hay algo. Me recuesto un poco sobre él (¿o ella?) y descubro que también me gusta encontrarme con esas almas. Te reís en mi cabeza. Obvio que también tienen alma los animales. Y la discusión de nuevo. ¿No dije que hay recuerdos que anulan a otros?
Ya es hora de volver, me pesas adentro de la cabeza y me pesa el cansancio sobre los pies. No estaba tan lejos, después de todo. Me acerco a mi cuadra, y la veo como de lejos. Esta todo siempre tan igual, pero distinto, y ahí te veo en la esquina, sos vos el toque distinto y, de repente, por fin, encontras el camino y salís de mi cabeza.
Es raro, me gusta estar sola porque me gusta conocer a gente nueva, y estando acompañado uno no se lo permite tanto, no puedo negar, igual, que es contradictorio. "Me gusta estar sola para conocer gente nueva". No tiene sentido, hasta hago sonar que considero descartables a las personas. Nada más alejado de la realidad. Siento que a veces tengo muy buena memoria para detalles que los demás consideran estúpidos, pero ¿no está ahi la magia, acaso? Que raro eso de llamar "magia" a lo que nos gusta, o quizás simplemente soy yo, dándole nombres a cosas que no lo son.. Intentando etiquetar. Todo tiene que tener su nombre, coherente, claro. No soportamos no saber como llamar a algo. No soportabas no saber como llamarme. El hambre me guía a la pizzería, y saludo a la gente como si la conociera. Me acuerdo de caras que no tienen nombre. Te hubieses desesperado. "Una promo uno, Tano", le digo. Como si todos los pizzeros fuesen italianos, ¿no dije ya que necesito ponerle un nombre a todo? Termino de comer mientras alguien me cuenta que se quiere ir a Europa entre mordiscos de empanadas de apio, nuez y roquefort. Me encantan esas empanadas, pero odio el apio y soy alérgica a las nueces. Hay sabores que anulan a otros, Y hay recuerdos que anulan a otros. Esta noche, definitivamente no te vas a ir de los laberintos de mi cabeza. Es como si estuvieses atrapado y yo, queriéndote guiar hacia la salida, hiciera que te pierdas aun más. Esta noche, definitivamente, también caminé mucho, pero la noche está linda, y me pone pensativa. Es peligroso pensar. O pensar, mucho. Se me acerca un perro, las manos me deben oler a pizza todavía. Sí, claro que como la pizza con la mano, para eso está diseñada por expertos. Me hace mimos, me pide comida, Busco en la cartera y siempre hay algo. Me recuesto un poco sobre él (¿o ella?) y descubro que también me gusta encontrarme con esas almas. Te reís en mi cabeza. Obvio que también tienen alma los animales. Y la discusión de nuevo. ¿No dije que hay recuerdos que anulan a otros?
Ya es hora de volver, me pesas adentro de la cabeza y me pesa el cansancio sobre los pies. No estaba tan lejos, después de todo. Me acerco a mi cuadra, y la veo como de lejos. Esta todo siempre tan igual, pero distinto, y ahí te veo en la esquina, sos vos el toque distinto y, de repente, por fin, encontras el camino y salís de mi cabeza.
jueves, 29 de enero de 2015
Pasado pisado
Me paro un pasito atrás, como para mirarme mejor y, paradójicamente, me siento más adelante.
Es tan lógico extrañar tiempos pasados... pero vengo a tirar por el piso aquella frase que dice que "todo tiempo pasado fue mejor". Por algo pasó, ¿no? Por algo lo dejamos atrás. ¿Por qué no habríamos de preservar el momento en el que sentimos que "todo estaba bien"?
Quizás haya cosas que no dependen de uno mismo. De hecho, HAY cosas que no dependen de uno mismo.
Es quizás, como la música. Siempre decimos que la música de otra época es mejor, que ansiaríamos haber nacido en el momento justo para ver tocar a The Beatles o para perdernos en festivales ochentosos, pero ¿no es lógico pensar, también, que la música que trascendió, la que hoy escuchamos y creemos icónica, fue justamente la que era buena? Hoy nos quejamos de la música contemporánea, quizás, porque vemos lo bueno y lo malo, y lo vemos de cerca. Quizás en el futuro alguien añore nuestra era musical porque la "música de mierda" fue olvidada.
Creo que lo mismo sucede con los momentos de nuestra vida. Nos topamos con algún obstáculo, algún cambio del presente que nos hace chocar contra la pared, e inmediatamente buscamos los conocido, lo familiar, lo que ya vivimos: el pasado. Suelen ser bastantes los momentos que siento esa especie de nostalgia, porque lo primero que se me viene a la cabeza son siempre los instantes lindos, los que disfruté y me sacaron sonrisas enormes, pero, de a poco, uno empieza a hacer memoria y aparecen con claridad las razones por las cuales uno hizo los cambios que sintió para estar hoy donde uno está. Creo que el presente es el mejor momento en el que podemos estar. Ni el pasado, ni el futuro. No vivir añorando, ni vivir planeando. Vivir viviendo. Y dejarnos sorprender.
Es tan lógico extrañar tiempos pasados... pero vengo a tirar por el piso aquella frase que dice que "todo tiempo pasado fue mejor". Por algo pasó, ¿no? Por algo lo dejamos atrás. ¿Por qué no habríamos de preservar el momento en el que sentimos que "todo estaba bien"?
Quizás haya cosas que no dependen de uno mismo. De hecho, HAY cosas que no dependen de uno mismo.
Es quizás, como la música. Siempre decimos que la música de otra época es mejor, que ansiaríamos haber nacido en el momento justo para ver tocar a The Beatles o para perdernos en festivales ochentosos, pero ¿no es lógico pensar, también, que la música que trascendió, la que hoy escuchamos y creemos icónica, fue justamente la que era buena? Hoy nos quejamos de la música contemporánea, quizás, porque vemos lo bueno y lo malo, y lo vemos de cerca. Quizás en el futuro alguien añore nuestra era musical porque la "música de mierda" fue olvidada.
Creo que lo mismo sucede con los momentos de nuestra vida. Nos topamos con algún obstáculo, algún cambio del presente que nos hace chocar contra la pared, e inmediatamente buscamos los conocido, lo familiar, lo que ya vivimos: el pasado. Suelen ser bastantes los momentos que siento esa especie de nostalgia, porque lo primero que se me viene a la cabeza son siempre los instantes lindos, los que disfruté y me sacaron sonrisas enormes, pero, de a poco, uno empieza a hacer memoria y aparecen con claridad las razones por las cuales uno hizo los cambios que sintió para estar hoy donde uno está. Creo que el presente es el mejor momento en el que podemos estar. Ni el pasado, ni el futuro. No vivir añorando, ni vivir planeando. Vivir viviendo. Y dejarnos sorprender.
domingo, 25 de enero de 2015
Desesperación I
El tiempo que dura el viaje de planta baja al cuarto piso me alcanza justo para observar en el espejo todos los defectos que había olvidado. Entro y tengo que tocar las paredes para ubicarme porque no cambié los focos. Quiero dejar de ser tan dejada, digo, y sigo dejándolo para después. "Está bien, estás deprimida" me digo, excusándome, siempre excusándome, siempre lo fácil, siempre la pila de basura en el escritorio que nunca me voy a decidir a tirar. Y sólo ordeno cuando viene alguien. Pero nunca viene nadie. Porque nunca invito a nadie. Porque quiero seguir teniendo la insostenible excusa para seguir dejando que mi vida sea un quilombo. Y así con todo. ¿Como mierda llegué a esto? me pregunto a las tres de la mañana, aunque todo el día lo haya pensado, sólo a esta hora me animo a formularlo. Y escupís palabras como si allá afuera alguien estuviese esperando leerlas.
No, piba ¿qué te pasa? Sos una más, y siempre vas a ser una más, en todo, en la vida de todos y qué me importa a mi si nadie en tu vida es "uno más", vos sos la que se complica, vivi la vida, cogé, drogate, reite aunque no entiendas, repetí las mismas frases que repiten todos que así capaz que conseguis a alguien que se quede en tu vida el tiempo suficiente para hacer sentirte un poco menos miserable que ahora. Así es la cosa, ¿cómo que no entedés? si es re fácil, No comás, meté panza, ufff ¿qué te pusiste?, igualdad de género pero a mi pagame la cena eh? no te hagás el boludo.
Me estoy ahogando en todo lo que me repiten y en los laberintos de lágrimas y gritos que nadie escucha porque ni siquiera son gritos y me niego a creer que tengo que hacer lo que me dicen que tengo que hacer y que tengo que tener la vida planeada a los 20. Y me doy la cabeza contra la pared hasta las seis de la mañana, y me duermo y me levanto al otro día a las dos de la tarde, otro día perdido, porque parece que las cosas útiles sólo se pueden hacer a la mañana, y pienso, y pienso, y pienso... ¿Qué pasaría si viviera en un piso once?
viernes, 23 de enero de 2015
Las papas fritas
Cada vez que mamá ponía la sartén al fuego y empezaba a cortar papas en bastones, nos invadía una especie de euforia incontenible, pero era, así también, efímera.
Las papas fritas eran la única comida que mamá nos dejaba comer con las manos, y esas manos, todas grasientas, eran para nosotras un símbolo de una larga lucha ganada.
"¿Mamá, en serio nos vas a obligar a comer papas fritas con tenedor?"
Era, sin embargo, un acontecimiento que se daba en pocas ocasiones, y que siempre nos dejaba con gusto a poco. Creo que todos podemos identificarnos un poco con esto: Cuando la última tanda de papas fritas salía, y, por fin, se apagaba la sartén, todas las tandas anteriores habían sido devoradas y nos sentábamos a la mesa con un plato de treinta papas fritas para siete personas.
Pero el corazón de mamá no le permitía impedirnos que las comiéramos antes de sentarnos.
Nos quemábamos las lenguas y las manos, a veces las comíamos hasta sin sal. Nos divertía verla luchando con las minúsculas gotitas de aceite que saltaban por todos lados. Salía una tanda y nos abalanzábamos. Pequeños dedos mezclados sobre un plato y estómagos que parecían nunca llenarse. Y mamá nos miraba desde la mesada de la cocina... Estoy segura de que le hubiese gustado gritarnos que paráramos, pero también estoy segura de que se maravillaba con esa danza de avidez.
Aquel día, mamá prendió la sartén, como cualquier otro día, y todas, entre risas, corrimos a la cocina.
Fue sacando tandas y tandas mientras nosotras comíamos, regodeandonos. Saladas, hiper saladas, algunas, y otras no tanto, como para equiparar. Las intercalábamos con grandes sorbos de agua y las pilas de servilletas de papel usadas iban multiplicándose descontroladamente.
Mamá seguía firme, mirándonos desafiante, sin alejarse de su puesto de batalla. Pelaba papas, cortaba, las hacia nadar en aceite y nos llenaba platos y platos de papas fritas.
Cerca de las cinco de la tarde, las seis nos miramos consternadas. Mamá no había dejado de cocinar papas fritas por cuatro horas y nosotras ya no podíamos seguir llevándonoslas a las bocas. Bocas paspadas por la sal, brillantes de aceite. Tomamos la decisión en silencio y yo me paré, pidiéndole "Mamá, basta, por favor, ya no queremos más papas fritas". Mamá dio vuelta la perilla de la cocina, se secó la frente con el repasador y con una sonrisa inmensa nos dijo "Esta vez, les gané".
Las papas fritas eran la única comida que mamá nos dejaba comer con las manos, y esas manos, todas grasientas, eran para nosotras un símbolo de una larga lucha ganada.
"¿Mamá, en serio nos vas a obligar a comer papas fritas con tenedor?"
Era, sin embargo, un acontecimiento que se daba en pocas ocasiones, y que siempre nos dejaba con gusto a poco. Creo que todos podemos identificarnos un poco con esto: Cuando la última tanda de papas fritas salía, y, por fin, se apagaba la sartén, todas las tandas anteriores habían sido devoradas y nos sentábamos a la mesa con un plato de treinta papas fritas para siete personas.
Pero el corazón de mamá no le permitía impedirnos que las comiéramos antes de sentarnos.
Nos quemábamos las lenguas y las manos, a veces las comíamos hasta sin sal. Nos divertía verla luchando con las minúsculas gotitas de aceite que saltaban por todos lados. Salía una tanda y nos abalanzábamos. Pequeños dedos mezclados sobre un plato y estómagos que parecían nunca llenarse. Y mamá nos miraba desde la mesada de la cocina... Estoy segura de que le hubiese gustado gritarnos que paráramos, pero también estoy segura de que se maravillaba con esa danza de avidez.
Aquel día, mamá prendió la sartén, como cualquier otro día, y todas, entre risas, corrimos a la cocina.
Fue sacando tandas y tandas mientras nosotras comíamos, regodeandonos. Saladas, hiper saladas, algunas, y otras no tanto, como para equiparar. Las intercalábamos con grandes sorbos de agua y las pilas de servilletas de papel usadas iban multiplicándose descontroladamente.
Mamá seguía firme, mirándonos desafiante, sin alejarse de su puesto de batalla. Pelaba papas, cortaba, las hacia nadar en aceite y nos llenaba platos y platos de papas fritas.
Cerca de las cinco de la tarde, las seis nos miramos consternadas. Mamá no había dejado de cocinar papas fritas por cuatro horas y nosotras ya no podíamos seguir llevándonoslas a las bocas. Bocas paspadas por la sal, brillantes de aceite. Tomamos la decisión en silencio y yo me paré, pidiéndole "Mamá, basta, por favor, ya no queremos más papas fritas". Mamá dio vuelta la perilla de la cocina, se secó la frente con el repasador y con una sonrisa inmensa nos dijo "Esta vez, les gané".
miércoles, 21 de enero de 2015
La era de la rapidez
Los aviones cada vez más veloces.
Los teléfonos cada vez más inteligentes.
La relaciones cada vez más fugaces.
Cada vez queremos la comida más rápido en nuestros platos.
Queremos leer reportajes sobre hechos ocurridos hace diez minutos.
No sabemos qué hacer en el baño sin el celular.
Nos sorprendemos cuando en una cafetería no tienen wifi.
Apurados, vivimos.
Qué triste no poder poner en pausa el mundo para disfrutar ciertas cosas.
Leer un libro sin sentir la necesidad de publicarlo en todas las redes.
Respirar en serio y sentir el aire, no respirar sólo para sobrevivir.
Cocinar despacio, sin poner el fuego alto para acelerar la cocción.
Dormir sin despertador.
Charlar mirándonos a los ojos.
Amar mirándonos a los ojos.
Que pena, que para esas cosas, ya no haya tiempo.
Los teléfonos cada vez más inteligentes.
La relaciones cada vez más fugaces.
Cada vez queremos la comida más rápido en nuestros platos.
Queremos leer reportajes sobre hechos ocurridos hace diez minutos.
No sabemos qué hacer en el baño sin el celular.
Nos sorprendemos cuando en una cafetería no tienen wifi.
Apurados, vivimos.
Qué triste no poder poner en pausa el mundo para disfrutar ciertas cosas.
Leer un libro sin sentir la necesidad de publicarlo en todas las redes.
Respirar en serio y sentir el aire, no respirar sólo para sobrevivir.
Cocinar despacio, sin poner el fuego alto para acelerar la cocción.
Dormir sin despertador.
Charlar mirándonos a los ojos.
Amar mirándonos a los ojos.
Que pena, que para esas cosas, ya no haya tiempo.
jueves, 15 de enero de 2015
Y aún cuando no te pienso...
No dejo de escuchar una especie de chirrido en la parte de atrás de la cabeza. Parecido al que sentís cuando volves una noche, al silencio de tu cuarto, después de estar en algún lugar con música muy alta. Quizás acabo de volver de algún lugar en el cuál había algo "muy alto". No se si música, no se si algo más profundo, no se ni siquiera a dónde quiero llegar con esta metáfora mediocre.
No todo lo que hacemos tiene que ser lindo. No quiero traer a colación la ya conocida discusión sobre quién decide qué es lindo y que no. Quiero, en parte, excusarme por la crudeza, por la, imposible de contener, desesperación, exaltación con la que escribo. Si vieran la letra escrita, lo notarían sin necesidad de excusas de mi parte, sin que me sientiese obligada a explicarme. Que lindas las palabras con "ex". Que ¿terrible? lo que significan esas dos letras solitas, ahí, una al costado de la otra. No, no es terrible... "Por algo es ex, Alejandra". No, no, no ¿qué es eso de repetir una y otra vez frases armadas en las que no crees?
No es de eso de lo que quería hablar.
No sé qué sucede que escucho tan claramente, ahora, el bombeo de mi corazón. Aurículas, ventrículos, ventrílocuos, elocuente, gente, mente. ¡Ah! Es eso, tal vez. La maldita y hermosa mente. Esa que no logra comprender qué es un oxímoron, por más de que se lo hayan tratado de explicar extenuosamente. Y no me vuelvas a repetir, ni se te ocurra llenarme la cabeza de ejemplos (¡examples!) porque va a ser inútil, algún día despertaré, simplemente, comprendiéndolos...
Uno se aferra a esperanzas con la esperanza de que la espera haga que la esperanza abrevie la espera. ¿Que esperamos? O, más bien, ¿qué espero? ¿A donde voy con todo esto? ¿Y por qué siento la necesidad de saber a dónde voy?
Ay, ay, ay. Digo "ay" porque me siento ay y porque estoy suspirando más de la cuenta y siento que el cuarto se va a llenar del aire que suspiro. ¿Será también dióxido de carbono lo que suspiro? Creo que se me va también un poquito de corazón con cada exagerada exhalación, pero al mismo tiempo siento que cada vez se hace más y más grande. ¿Y si explota alguna vez?
O quizás eso sea volver al estado natural, después de todo eso somos: pequeñísimos fragmentos unidos quién sabe por qué, quizás al reventar todo esté volviendo a la normalidad, cada parte a su parte. Y hoy me siento un poco pájaro y llorona y mango y orgullosa y, y, y, y, y. Las partes quieren volver a su parte y quieren dejar de ser parte de mí, ¿quién soy para impedirlo?
Se detuvieron los sonidos y el silencio es peor ¡ni siquiera escucho el rumor del lápiz sobre el papel! Existe la posibilidad de haberme quedado sorda... Me examino... No. Aún escucho. Y lo que escucho puede despertar a los demás. Vuelve el silencio afuera pero adentro hay algo como gente arañando paredes y cuando escribí mango se me ocurrió la palabra exuberancia y no tengo miedo de admitir mi vacilación al escribirla, casi dejo escapar una h intermedia.
Lo que quiero decir, es más bien simple, pero necesitaba introducción, lo que quería decir es que me da miedo que no me de miedo el miedo.
lunes, 29 de diciembre de 2014
Diez
Te largan a jugar. Asi, sin experiencia y con
las piernas flacas como dos chorros de soda. No te ponen presión, pero no
escupas para arriba, que te va a llegar solita.
Jugas, jugas y creces. Te reis, tropezas y te
golpeas mil veces la cabeza. Conoces compañeros, amigos, amores y desamores. Te
peleas con amigos, conoces nuevos, o no tan amigos, que te tiran un caño cuando
te descuidas.
Es así, nene, no te enamores de nada. Sabes
por qué? Porque en algún momento te van a dar el 10, brilloso y luciendo en tu
espalda, no para darte prestigio, sino a modo de blanco, para que te lleguen
todas las patadas a vos.
Y es en ese momento cuando, aun siendo el más
guapo de todos, vas a tener ganas de llorar.
Mil veces me dijeron que era distinto.
Incluso, ayer, en la cena, mi abuela me dijo que la asustaba, que parecía de
cuarenta años. Es una casualidad? No, che, no es una casualidad. A mí me
pusieron a jugar cuando era un nenito, y aprendí cosas que otros aprenden mas
tarde. No me enorgullezco de eso, porque tengo pocos amigos, pocos amores y soy
demasiado crudo para decir las cosas. Y no solo eso, sino que ante cualquier
problema de dos, de tres o de cinco, la pelota me la pasan siempre a mi, y
esperan que tire algún lujo y terminemos, al menos, empatando.
Me parece que esta vez me quedo grande la
camiseta. O el partido es muy difícil, quizá.
Pero no voy a negar que tengo ganas de
sentarme a llorar un poco, y mirar todas las cosas que me perdí por ser grande
antes de tiempo.
Los quiero un montón, pero hay cosas que no
van a volver. Y de hoy en mas, hay cosas que no van a poder comprarle al enano.
Partidos de futbol, de play, o días de campo. A mí no me deben nada, ni al
mediano.
No quiero jugar más. Acá les dejo la camiseta.
Me retiro a los veintiuno y no sé qué voy a hacer con nada más.
No me esperen al brindis, no me esperen en la
costa. Cuelgo los botines.
No es necesario que, de un plumazo, te borren
la sonrisa del que había sido el mejor año de tu vida. Y a vos, canoso, no
tengo que reprocharte nada. Sos y vas a ser el diez que quiero igualar, hoy y
siempre.
(Quizá vaya a brindar con mi familia numerosa,
que me afanaron con los años).
Si, amo las familias numerosas, los asados
domingueros y los primos que son amigos.
Yo pase los fines de semana “jugando” y no
conoci esas canchas. Que le voy a hacer.
Dejame, dejame asi. Si siempre dijeron que
estaba loco.
Y no, no estoy loco, ni voy a estarlo. Pero
soy una bomba de tiempo, un diez que soluciono partidos un montón de veces y que
hoy esta tan triste que no quiere pisar un césped nunca más.
GS
domingo, 28 de diciembre de 2014
Los rayos cayendo de un cielo encapotado
Diciembre era su mes menos preferido para ir a verla y tenía varias razones para que así fuera, el paso de los años había hecho que se de cuenta de eso, pero también había hecho que esas razones fueran variando, a veces disminuyendo hasta casi desaparecer y otras aumentando inquietantemente. Nunca había encontrado, sin embargo, una razón lo suficientemente fuerte para dejar de ir. Y la verdad es que se sentía más en casa allí que en su diminuto departamento, allí ya lo conocían, y, principalmente, ella lo hacia sentir en casa, ella era su hogar.
Había pasado ya el momento en el que se preguntaba hora tras hora por qué el destino había obrado de esa manera, los años habían hecho que, de cierta manera, lo aceptara. Tenía claro que aceptar no era lo mismo que olvidar ¿cómo iba a olvidarla?
El día después de Navidad siempre era el peor. Sentía una ironía indescriptible. Todo se llenaba de flores, cartas, gente... Y si bien él sabía que era bueno, sentía que era una hipocresía que esas familias, ausentes todo el año, aparecieran justo ese día.
Le dolía el olvido, sufría por los otros, pero, también en parte, por ella y por él. Tenía claro que en cualquier momento él tampoco iba a estar y entonces ¿los alcanzaría a ellos también el olvido?
Estaba sentado en el banco. Mirándola. Se escuchaba el bullicio de la gente mezclado con la musiquita de las tarjetas navideñas repitiéndose sin cesar. Ella siempre tenía flores, se lo merecía. Se había prometido a sí mismo que nunca iba a dejar de ir a verla y que nunca le iban a faltar flores. Y por 32 años había mantenido su promesa. A veces, en sus largas horas de reflexión, seguía preguntándose si había hecho bien en elegir ese lugar para ella, nunca habían tenido ocasión para planificar aquello que parecía tan lejano, nunca hubiese imaginado que ella se iba a apagar así, una noche, entre sus brazos, sin un por qué.
Había aprendido a alejar el sentimiento de culpa y a transformar el dolor en algo positivo. No podía negar que era feliz. La gente solía preguntarle por qué no se había casado de nuevo, él nunca sintió la necesidad. Se había enamorado y seguía enamorado, aunque se rieran o lo miraran con pena cuando lo decía. Diciembre era una de las pocas cosas que lo hacían indignarse, y hasta estaba orgulloso de eso.
Miró el nicho de al lado. Uno de los pocos que seguían, aún en Navidad, sin flores. Como era costumbre, separo unas cuantas del ramo que había llevado y las puso en su macetero. Era una de esas lápidas protegidas por una reja, no las entendía; el cuerpo no iba a ir a ningún lado, no necesitaba una reja. Lo curioso era que recordaba haber pensado exactamente lo mismo el día en que la habían puesto. Era Noviembre y llovía, casi nunca llueve, y la reciente viuda estaba sola. Nadie más la acompañaba. Él estaba sentado allí, en el mismo banco,18 años atrás, no había lluvia que impidiera que cumpla con su promesa. Ella se sentó al lado y él le dio su paraguas. Sintió ganas de abrazarla y de decirle eso de que el tiempo va sanando las heridas, aunque fuese mentira, aunque quizás eso funcione para algunos, que necesitan el remedio del tiempo, pero no para otros que tienen heridas más profundas. Pero el silencio dijo más y prefirió que sea de ese modo. Cuando la lluvia paró un poco, se levantó, cerró la reja de la lápida y se fue. Fue la última vez que vio esa tumba con flores, bueno, exceptuando las veces que él mismo las ponía. Sentía que era más sincero que desapareciera definitivamente y no volviera, ni siquiera, para Navidad.
Había tenido tiempo para imaginar la historia de la misteriosa pareja, era de las pocas historias que nadie conocía en el Cementerio y que le obsesionaba saber. El pasar tanto tiempo ahí había hecho que se relacionara con los más diversos personajes y había entre ellos algo parecido a la amistad. No hablaban mucho, pero las pocas palabras que se decían en cada encuentro iban narrando historias y poco a poco reconstruyendo vidas. Otra razón por la que no le gustaba Diciembre: ese código no escrito de hablar poco era sistemáticamente violado.
"Hola Don Lucho, feliz Navidad" lo saludó el jardinero mientras tiraba baldes y baldes de agua para que no se secara el pasto, era verdad que no llovía casi nunca, pero hoy se veían en el cielo algunas nubes amenazantes. La lluvia lo transportaba inmediatamente a la tarde de noviembre de 18 años atrás. Hizo memoria y no pudo acordarse de otro día en que la lluvia lo hubiese alcanzado en su banco ¿podría ser posible?
Lentamente los recovecos del cementerio se fueron vaciando, mientras el cielo seguía llenándose de nubes, iba a oscurecer bastante más temprano. Comenzó a despedirse cuando la primera gota lo mojó y tal vez fueron sus pensamientos los que no dejaron que escuche que alguien se había acercado a él, hasta que, tímidamente, ese alguien le ofreció su paraguas.
Había pasado ya el momento en el que se preguntaba hora tras hora por qué el destino había obrado de esa manera, los años habían hecho que, de cierta manera, lo aceptara. Tenía claro que aceptar no era lo mismo que olvidar ¿cómo iba a olvidarla?
El día después de Navidad siempre era el peor. Sentía una ironía indescriptible. Todo se llenaba de flores, cartas, gente... Y si bien él sabía que era bueno, sentía que era una hipocresía que esas familias, ausentes todo el año, aparecieran justo ese día.
Le dolía el olvido, sufría por los otros, pero, también en parte, por ella y por él. Tenía claro que en cualquier momento él tampoco iba a estar y entonces ¿los alcanzaría a ellos también el olvido?
Estaba sentado en el banco. Mirándola. Se escuchaba el bullicio de la gente mezclado con la musiquita de las tarjetas navideñas repitiéndose sin cesar. Ella siempre tenía flores, se lo merecía. Se había prometido a sí mismo que nunca iba a dejar de ir a verla y que nunca le iban a faltar flores. Y por 32 años había mantenido su promesa. A veces, en sus largas horas de reflexión, seguía preguntándose si había hecho bien en elegir ese lugar para ella, nunca habían tenido ocasión para planificar aquello que parecía tan lejano, nunca hubiese imaginado que ella se iba a apagar así, una noche, entre sus brazos, sin un por qué.
Había aprendido a alejar el sentimiento de culpa y a transformar el dolor en algo positivo. No podía negar que era feliz. La gente solía preguntarle por qué no se había casado de nuevo, él nunca sintió la necesidad. Se había enamorado y seguía enamorado, aunque se rieran o lo miraran con pena cuando lo decía. Diciembre era una de las pocas cosas que lo hacían indignarse, y hasta estaba orgulloso de eso.
Miró el nicho de al lado. Uno de los pocos que seguían, aún en Navidad, sin flores. Como era costumbre, separo unas cuantas del ramo que había llevado y las puso en su macetero. Era una de esas lápidas protegidas por una reja, no las entendía; el cuerpo no iba a ir a ningún lado, no necesitaba una reja. Lo curioso era que recordaba haber pensado exactamente lo mismo el día en que la habían puesto. Era Noviembre y llovía, casi nunca llueve, y la reciente viuda estaba sola. Nadie más la acompañaba. Él estaba sentado allí, en el mismo banco,18 años atrás, no había lluvia que impidiera que cumpla con su promesa. Ella se sentó al lado y él le dio su paraguas. Sintió ganas de abrazarla y de decirle eso de que el tiempo va sanando las heridas, aunque fuese mentira, aunque quizás eso funcione para algunos, que necesitan el remedio del tiempo, pero no para otros que tienen heridas más profundas. Pero el silencio dijo más y prefirió que sea de ese modo. Cuando la lluvia paró un poco, se levantó, cerró la reja de la lápida y se fue. Fue la última vez que vio esa tumba con flores, bueno, exceptuando las veces que él mismo las ponía. Sentía que era más sincero que desapareciera definitivamente y no volviera, ni siquiera, para Navidad.
Había tenido tiempo para imaginar la historia de la misteriosa pareja, era de las pocas historias que nadie conocía en el Cementerio y que le obsesionaba saber. El pasar tanto tiempo ahí había hecho que se relacionara con los más diversos personajes y había entre ellos algo parecido a la amistad. No hablaban mucho, pero las pocas palabras que se decían en cada encuentro iban narrando historias y poco a poco reconstruyendo vidas. Otra razón por la que no le gustaba Diciembre: ese código no escrito de hablar poco era sistemáticamente violado.
"Hola Don Lucho, feliz Navidad" lo saludó el jardinero mientras tiraba baldes y baldes de agua para que no se secara el pasto, era verdad que no llovía casi nunca, pero hoy se veían en el cielo algunas nubes amenazantes. La lluvia lo transportaba inmediatamente a la tarde de noviembre de 18 años atrás. Hizo memoria y no pudo acordarse de otro día en que la lluvia lo hubiese alcanzado en su banco ¿podría ser posible?
Lentamente los recovecos del cementerio se fueron vaciando, mientras el cielo seguía llenándose de nubes, iba a oscurecer bastante más temprano. Comenzó a despedirse cuando la primera gota lo mojó y tal vez fueron sus pensamientos los que no dejaron que escuche que alguien se había acercado a él, hasta que, tímidamente, ese alguien le ofreció su paraguas.
sábado, 20 de diciembre de 2014
(Des)encuentros
Todo empezó desde antes de que me suba al colectivo: El equipaje se dejaba en un lugar distinto de donde se sube.
Tenía el asiento 33. Me gustaba el numero. Me gusta el tres y dos tres juntitos forman un ocho que es otro numero que me encanta.
En la fila para despachar el equipaje no sé cómo, porque uno nunca sabe cómo, empecé a hablar con una mujer. Tampoco sé cómo, pero terminó contándome una parte importante de su vida mientras esperábamos. Viaja con sus dos hijas: Sol y Ángeles.
Yo estaba muy emocionada. Además de todo lo que el viaje significaba, mi mamá y mis hermanas se subirían al mismo colectivo que yo en Jujuy, y terminaríamos el viaje hasta Lima juntas. Es decir, los asientos que ellas iban a ocupar iban a ir vacíos hasta Jujuy. Los pasajes se vendían completos, de Buenos Aires a Lima, no por tramos.
En la fila, yo seguía escuchando porciones de la vida de Lucía, hasta que no me resistí y le pregunté qué asiento tenía: " 34, 35 y 36" me dijo. Me quedé congelada: esos eran los asientos de mi mamá y hermanas. Estaba segura. Igual, agarré el teléfono inmediatamente y llamé a mamá para preguntarle. Me lo confirmó. Y ahí empezó el "¿qué habrá pasado?". Pasaron los minutos y subimos al colectivo. Apagué el teléfono para ahorrar batería. Le mandé a mamá "a las tres te llamo" (otra vez el tres).
Me senté al lado de Sol. Lucia me agradecía a mi y a Dios "por haberme mandado". Creo que es muy creyente. Y creo también que tenía mucho miedo de quién iba a sentarse al lado de su hija de siete años.
Sol es una de las nenas mas inteligentes que conocí, pero es insoportablemente inquieta. En lo que va del viaje no pegó un ojo y tuve que rogarle que me deje dormir un ratito. Quiere saber todo quiere saber qué estoy escribiendo, quiere saber de qué se trata el libro que estoy leyendo y me pide que le lea. Y me cuestiona. Tiene siete años y dice que ella no va a dormir en todo el viaje porque "alguien tiene que estar despierta vigilando". No entendió la película que pasaron por la tele minúscula del colectivo (Django) y me despertó para que le explicara. Nunca la ví.
Supuse que eran alrededor de las tres, no lo supe hasta que prendí el celular (debería tener un reloj y no vivir tan perdida).
Me entraron todos los mensajes de whatsapp, como diez de la conversación de mamá. Leí rápido y básicamente el colectivo en el que ellas iban a viajar no era el mismo en el que yo estoy viajando. Rápido, también, mi mente empezó a analizar todos los inconvenientes que eso traía, que la plata, que los dólares, que la incomunicación, que todo lo que asumía que iba a pasar mañana, en realidad no iba a suceder.
¿Qué era lo que había pasado?
Hace un tiempo sólo salía un colectivo a Perú, es más, creo que salía sólo uno por semana. Mi abuelo compró los pasajes desde Lima, uno tenía que salir de Buenos Aires, y los otros tres, de Jujuy. Supuestamente eran del mismo colectivo, pero algo pasó en el medio: por las fechas el mismo día salían TRES. Al comprar los pasajes asumimos que eran del mismo colectivo, pero no. Yo viajo en uno, ellas en otro.
Estamos en el parador, el wifi me permite actualizar. Me da un poco de vértigo todo esto. La última parada hasta quién sabe cuándo (bueno, si preguntara sabría cuándo).
En fin, me esperan alrededor de 65 horas más de viaje sola. O bueno, con Sol, Ángeles y Lucía.
Tenía el asiento 33. Me gustaba el numero. Me gusta el tres y dos tres juntitos forman un ocho que es otro numero que me encanta.
En la fila para despachar el equipaje no sé cómo, porque uno nunca sabe cómo, empecé a hablar con una mujer. Tampoco sé cómo, pero terminó contándome una parte importante de su vida mientras esperábamos. Viaja con sus dos hijas: Sol y Ángeles.
Yo estaba muy emocionada. Además de todo lo que el viaje significaba, mi mamá y mis hermanas se subirían al mismo colectivo que yo en Jujuy, y terminaríamos el viaje hasta Lima juntas. Es decir, los asientos que ellas iban a ocupar iban a ir vacíos hasta Jujuy. Los pasajes se vendían completos, de Buenos Aires a Lima, no por tramos.
En la fila, yo seguía escuchando porciones de la vida de Lucía, hasta que no me resistí y le pregunté qué asiento tenía: " 34, 35 y 36" me dijo. Me quedé congelada: esos eran los asientos de mi mamá y hermanas. Estaba segura. Igual, agarré el teléfono inmediatamente y llamé a mamá para preguntarle. Me lo confirmó. Y ahí empezó el "¿qué habrá pasado?". Pasaron los minutos y subimos al colectivo. Apagué el teléfono para ahorrar batería. Le mandé a mamá "a las tres te llamo" (otra vez el tres).
Me senté al lado de Sol. Lucia me agradecía a mi y a Dios "por haberme mandado". Creo que es muy creyente. Y creo también que tenía mucho miedo de quién iba a sentarse al lado de su hija de siete años.
Sol es una de las nenas mas inteligentes que conocí, pero es insoportablemente inquieta. En lo que va del viaje no pegó un ojo y tuve que rogarle que me deje dormir un ratito. Quiere saber todo quiere saber qué estoy escribiendo, quiere saber de qué se trata el libro que estoy leyendo y me pide que le lea. Y me cuestiona. Tiene siete años y dice que ella no va a dormir en todo el viaje porque "alguien tiene que estar despierta vigilando". No entendió la película que pasaron por la tele minúscula del colectivo (Django) y me despertó para que le explicara. Nunca la ví.
Supuse que eran alrededor de las tres, no lo supe hasta que prendí el celular (debería tener un reloj y no vivir tan perdida).
Me entraron todos los mensajes de whatsapp, como diez de la conversación de mamá. Leí rápido y básicamente el colectivo en el que ellas iban a viajar no era el mismo en el que yo estoy viajando. Rápido, también, mi mente empezó a analizar todos los inconvenientes que eso traía, que la plata, que los dólares, que la incomunicación, que todo lo que asumía que iba a pasar mañana, en realidad no iba a suceder.
¿Qué era lo que había pasado?
Hace un tiempo sólo salía un colectivo a Perú, es más, creo que salía sólo uno por semana. Mi abuelo compró los pasajes desde Lima, uno tenía que salir de Buenos Aires, y los otros tres, de Jujuy. Supuestamente eran del mismo colectivo, pero algo pasó en el medio: por las fechas el mismo día salían TRES. Al comprar los pasajes asumimos que eran del mismo colectivo, pero no. Yo viajo en uno, ellas en otro.
Estamos en el parador, el wifi me permite actualizar. Me da un poco de vértigo todo esto. La última parada hasta quién sabe cuándo (bueno, si preguntara sabría cuándo).
En fin, me esperan alrededor de 65 horas más de viaje sola. O bueno, con Sol, Ángeles y Lucía.
jueves, 18 de diciembre de 2014
De amor y de odio
Hace un tiempo que tenía ganas de escribir sobre esto. Sobre como me desvivo por ciertas cosas, pero al mismo tiempo detesto algunas versiones de esas mismas cosas. Como siempre, me cuesta poner en palabras lo que se me pasa por la cabeza, o siento que ya hay mucho escrito (y mucho mejor).
Pero me pasó algo.
Tengo mi bici desde Agosto, pero mi ya conocida dejadez, había hecho que en el transcurso de estos meses no me haya comprado una cadena y un candado para dejarla atada por ahí; así que sólo iba a lugares en donde sabía que podía dejarla y que esté segura. Conclusión: a la facultad seguía yendo caminando o en las bicis del Mauri.
Mi regalo de Navidad adelantado fue una cadena muy simpática, de esas que tienen el código de cuatro números (que por cierto no los elegís vos, tenés que aprenderte un código impuesto), así que por primera vez la saqué a todos lados, a la facultad, a hacer trámites al centro, al dentista, todo. Debo admitir que estoy contentísima.
A lo que voy es que hoy, en el camino a la facultad descubrí cuáles era mis cuadras favoritas del trayecto: las de la bajada empinadísima por Montevideo entre Alvear y Libertador. El viento en la cara, la velocidad, el probar hasta cuando puedo evitar apretar el freno, el que me miren mientras sonrío, y sonreírle a la gente, porque creo que puedo resumirlo todo en eso, las ganas que esas cuadras me dan de sonreír.
Cuando llegué al semáforo me pregunté cómo nunca, en todas las veces que había hecho ese camino, no le había dado bola a lo bien que me hacían sentir esos metros. Hice nota mental de escribir sobre eso.
Después del brindis y comida y abrazos y del miedo de que que esté lloviendo y tener que volver mojándome, agarré la bici, giré las perillitas para poner el código (que ya me aprendí de memoria) y emprendí la vuelta. Casi nunca ando en bici de noche, pero sinceramente hoy la noche está hermosa y bueno, mucha opción no tenía, de alguna forma me tenía que volver (con bici incluída).
Volví sobre mis propias huellas, cómo cambia todo con más o menos luz, eso es algo que no deja de maravillarme. Llegué al semáforo de Libertador, renovando la nota mental de escribir sobre esas cuadras tan lindas, pero había algo que no había tenido en cuenta, que no se me había pasado por la cabeza: la bajada, en el camino de vuelta, era subida.
Por más de que puse la bici en el cambio más liviano, sufrí los (largos) minutos que me tomó hacer esos metros que en bajada hacía en (breves) segundos.
Y en el resto del camino se me ocurrió que es una analogía muy buena para eso que tenía ganas de escribir hace rato. Las cuadras son las mismas, no hay (casi) nada que haya cambiado en las horas que separaron los dos eventos. Los árboles en las veredas son los mismos, la inclinación sigue siendo la misma, la bicisenda sigue dañada en los mismo lugares, el piso sigue estando pintado de amarillo. Nada de eso cambió, a lo sumo se habrá agradado un milímetro el pozo, o se habrá caído una rama de algún árbol, pero lo cierto es que lo que verdaderamente influye (o influyó) es mi situación.
Parece sencillísimo, me gusta la bajada porque disfruto de esa sensación de libertad, por así decirlo; y odié la subida porque (además de tener todo el cansancio del día encima) el esfuerzo que requiere es mucho mayor.
Se me nubla la cabeza y otra vez me está costando traducir pensamientos en palabras, pero creo que se entiende la idea, que amemos u odiemos las mismas cosas, depende de la situación particular en la que nos encontremos. No me explicaba cómo en un lapso de minutos podía pasar del amor al odio, pero creo que así como varían nuestros pensamientos, así cómo pasamos del calor al frío, del sueño a la hiperquinesia en instantes, así también podemos pasar del amor al odio. Sobre lo mismo. Que es lo mismo, pero al mismo tiempo es distinto, porque lo sentimos distinto.
Y también me pregunté si valía la pena, o el esfuerzo, mejor dicho.
Y la verdad es que sí.
Me gustan tanto esas cuadras de ida que de alguna manera voy a hacer que me guste también el regreso.
Pero me pasó algo.
Tengo mi bici desde Agosto, pero mi ya conocida dejadez, había hecho que en el transcurso de estos meses no me haya comprado una cadena y un candado para dejarla atada por ahí; así que sólo iba a lugares en donde sabía que podía dejarla y que esté segura. Conclusión: a la facultad seguía yendo caminando o en las bicis del Mauri.
Mi regalo de Navidad adelantado fue una cadena muy simpática, de esas que tienen el código de cuatro números (que por cierto no los elegís vos, tenés que aprenderte un código impuesto), así que por primera vez la saqué a todos lados, a la facultad, a hacer trámites al centro, al dentista, todo. Debo admitir que estoy contentísima.
A lo que voy es que hoy, en el camino a la facultad descubrí cuáles era mis cuadras favoritas del trayecto: las de la bajada empinadísima por Montevideo entre Alvear y Libertador. El viento en la cara, la velocidad, el probar hasta cuando puedo evitar apretar el freno, el que me miren mientras sonrío, y sonreírle a la gente, porque creo que puedo resumirlo todo en eso, las ganas que esas cuadras me dan de sonreír.
Cuando llegué al semáforo me pregunté cómo nunca, en todas las veces que había hecho ese camino, no le había dado bola a lo bien que me hacían sentir esos metros. Hice nota mental de escribir sobre eso.
Después del brindis y comida y abrazos y del miedo de que que esté lloviendo y tener que volver mojándome, agarré la bici, giré las perillitas para poner el código (que ya me aprendí de memoria) y emprendí la vuelta. Casi nunca ando en bici de noche, pero sinceramente hoy la noche está hermosa y bueno, mucha opción no tenía, de alguna forma me tenía que volver (con bici incluída).
Volví sobre mis propias huellas, cómo cambia todo con más o menos luz, eso es algo que no deja de maravillarme. Llegué al semáforo de Libertador, renovando la nota mental de escribir sobre esas cuadras tan lindas, pero había algo que no había tenido en cuenta, que no se me había pasado por la cabeza: la bajada, en el camino de vuelta, era subida.
Por más de que puse la bici en el cambio más liviano, sufrí los (largos) minutos que me tomó hacer esos metros que en bajada hacía en (breves) segundos.
Y en el resto del camino se me ocurrió que es una analogía muy buena para eso que tenía ganas de escribir hace rato. Las cuadras son las mismas, no hay (casi) nada que haya cambiado en las horas que separaron los dos eventos. Los árboles en las veredas son los mismos, la inclinación sigue siendo la misma, la bicisenda sigue dañada en los mismo lugares, el piso sigue estando pintado de amarillo. Nada de eso cambió, a lo sumo se habrá agradado un milímetro el pozo, o se habrá caído una rama de algún árbol, pero lo cierto es que lo que verdaderamente influye (o influyó) es mi situación.
Parece sencillísimo, me gusta la bajada porque disfruto de esa sensación de libertad, por así decirlo; y odié la subida porque (además de tener todo el cansancio del día encima) el esfuerzo que requiere es mucho mayor.
Se me nubla la cabeza y otra vez me está costando traducir pensamientos en palabras, pero creo que se entiende la idea, que amemos u odiemos las mismas cosas, depende de la situación particular en la que nos encontremos. No me explicaba cómo en un lapso de minutos podía pasar del amor al odio, pero creo que así como varían nuestros pensamientos, así cómo pasamos del calor al frío, del sueño a la hiperquinesia en instantes, así también podemos pasar del amor al odio. Sobre lo mismo. Que es lo mismo, pero al mismo tiempo es distinto, porque lo sentimos distinto.
Y también me pregunté si valía la pena, o el esfuerzo, mejor dicho.
Y la verdad es que sí.
Me gustan tanto esas cuadras de ida que de alguna manera voy a hacer que me guste también el regreso.
sábado, 13 de diciembre de 2014
Escriba un título
Mate, balcón, 4 horas de sueño, emoción.
Uñas recién pintadas, cumbia, sol, ansiedad.
Mañana, sueño, palomas cagándome el balcón, calor.
Vientito, un "shhh", me duele un ojo, nervios.
Sonidito de las notificaciones, compu, celu, tablet, enojo.
Pucho, bajo la música, bostezo, me hace ruido la panza.
¿Es temprano para almorzar?
Se me enfría el agua.
Se nubla.
Se van las palomas.
Silencio.
Otro mediodía más.
Uñas recién pintadas, cumbia, sol, ansiedad.
Mañana, sueño, palomas cagándome el balcón, calor.
Vientito, un "shhh", me duele un ojo, nervios.
Sonidito de las notificaciones, compu, celu, tablet, enojo.
Pucho, bajo la música, bostezo, me hace ruido la panza.
¿Es temprano para almorzar?
Se me enfría el agua.
Se nubla.
Se van las palomas.
Silencio.
Otro mediodía más.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
María Algo
Me gustaría que todos naciéramos sabiendo escribir nuestros nombres. O mejor, que lo primero que escribamos sea, mediante ese acto, la forma en que se nos va a llamar por el resto de nuestra vida.
Imaginate, ahí, en el momento en el que te sacan de la connnncha de tu madre, te cuentan los dedos y te dan un lápiz y un papel para que escribas lo que sea, y que ese "lo que sea" sea tu nombre. Tu primera voluntad. A todos parece obsesionarles la última voluntad, pero ¿y la primera?
Estaría buenisimo.
Además no tendríamos todos estos nombres iguales y aburridos, y sería tu nombre porque vos lo elegiste en serio y no porque "Sofía" o "Ignacio" estaban de moda (con mi debido respeto a las Sofías y a los Ignacios, que son muchísimos).
Y a eso sumale la boludez del segundo nombre... o del primero. Las "María Algo" somos las peores. Somos millones, todas se llaman "María Algo". Es terrible ¿cuál es la necesidad?
Llamarte María solo debe estar buenísimo. Los sacas del molde al todos. "Me llamo María", "¿María qué?", "Nada, María, sólo María". Pero creo que no conozco ni a una sóla Maria y punto. Capaz que ni existen, o a nadie se le ocurrió esa genial idea.
Si alguna vez tengo hijos, creo que la decisión más difícil va a ser elegir cómo se van a llamar. Es una responsabilidad gigante (bueno, tener hijos debe estar lleno de responsabilidades, qué miedo).
Supongo que los miraré y veré cara de qué tienen. No creo que ningún bebé tenga cara de Roberto o de Rosa, tendrían que nacer con bigotes directamente.
Quizás elija el nombre que esté de moda, así les doy una razón más para caerles mal.
A mí me hubiese gustado que me digan NN hasta que yo pudiera autonombrarme. Si hubiese sido así seguro tendría un nombre divertidísimo y genial, y no sería una María Algo.
María Algo de 20 años fijándose en estas banalidades.
María Algo que estudia derecho y sabe que lo que importa al final es el apellido.
María Algo que sigue esperando que alguien se interese por saber qué se esconde en ese algo.
Imaginate, ahí, en el momento en el que te sacan de la connnncha de tu madre, te cuentan los dedos y te dan un lápiz y un papel para que escribas lo que sea, y que ese "lo que sea" sea tu nombre. Tu primera voluntad. A todos parece obsesionarles la última voluntad, pero ¿y la primera?
Estaría buenisimo.
Además no tendríamos todos estos nombres iguales y aburridos, y sería tu nombre porque vos lo elegiste en serio y no porque "Sofía" o "Ignacio" estaban de moda (con mi debido respeto a las Sofías y a los Ignacios, que son muchísimos).
Y a eso sumale la boludez del segundo nombre... o del primero. Las "María Algo" somos las peores. Somos millones, todas se llaman "María Algo". Es terrible ¿cuál es la necesidad?
Llamarte María solo debe estar buenísimo. Los sacas del molde al todos. "Me llamo María", "¿María qué?", "Nada, María, sólo María". Pero creo que no conozco ni a una sóla Maria y punto. Capaz que ni existen, o a nadie se le ocurrió esa genial idea.
Si alguna vez tengo hijos, creo que la decisión más difícil va a ser elegir cómo se van a llamar. Es una responsabilidad gigante (bueno, tener hijos debe estar lleno de responsabilidades, qué miedo).
Supongo que los miraré y veré cara de qué tienen. No creo que ningún bebé tenga cara de Roberto o de Rosa, tendrían que nacer con bigotes directamente.
Quizás elija el nombre que esté de moda, así les doy una razón más para caerles mal.
A mí me hubiese gustado que me digan NN hasta que yo pudiera autonombrarme. Si hubiese sido así seguro tendría un nombre divertidísimo y genial, y no sería una María Algo.
María Algo de 20 años fijándose en estas banalidades.
María Algo que estudia derecho y sabe que lo que importa al final es el apellido.
María Algo que sigue esperando que alguien se interese por saber qué se esconde en ese algo.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
La Princesa
Era una mezcla de sensaciones. Estaba cansada, con frío y segura de estar a punto de enfermarme. Encima, se me había ocurrido ir en bici. Iba en el tren, hacía rato que no me subía a ninguno, menos a ese. Habían cambiado los vagones: recién pintados y todos con aire acondicionado. Con lo que me dolía la garganta ese día hubiese agradecido viajar en uno de los vagones viejos. En fin, siempre encuentro algo de lo que quejarme.
Iba apoyada contra una de las paredes, medio despierta y medio dormida. No era un viaje largo, para nada, pero sí había sido un día largo.
No me acuerdo (ni creo que me acuerde) en que estaba pensando, cuando un hombre del vagón empezó a preguntar a los gritos si alguien tenía un fibrón.
"Uh, este está en pedo" pensé (ahí sí me acuerdo lo que pensé).
Caminaba por todo el vagón, preguntando persona por persona si alguien tenía un bendito fibrón. Y no, nadie tenía.
Sólo ahí noté, que además de los gritos del hombre haciendo su ya conocido pedido y la cumbia que salía de los parlantes del celular de algún otro pasajero, también resonaba en mis oídos el llanto de una nena. La mamá desesperada intentando hacerla callar y el papá mirando sin saber qué hacer. Y los demás pasajeros con cara de incómodos. Y el hombre pidiendo el fibrón.
No lo consiguió nunca, pero alguien le alcanzó un birome y él, apuradísimo se dispuso a escribir en una de las paredes inmaculadas del vagón nuevo.
"¿Que mierda está haciendo este?" dije medio en voz baja, Sí, no me atrevía a decirselo de frente, pero me indignaba que "arruinara" así el tren. Una vez que uno escribe, ya empiezan a escribir todos, y así las paredes que ese día estaban tan pulcras, la próxima vez que me tomara el tren (según lo que yo pensaba) iban a estar cubiertas de inscripciones.
El vagón entero trataba de descifrar qué era lo que estaba escribiendo. Remarcaba letra por letra, para que se notara (con el fibrón no hubiese sido necesario) y no sé si en verdad la cumbia se había apagado, la nena había dejado de llorar y la madre de animarla, pero puedo asegurar que había un silencio sepulcral. Sentía tensión, era obvio que no era yo la única a la que le molestaba lo que estaba haciendo el hombre, pero nadie decía nada.
Me acerqué un poco más, para ver qué era lo que estaba escribiendo, y me sorprendió leer "La Princesa", mientras él seguía remarcando afanosamente las letras.
Cuando consideró que era suficiente, se alejó un poco, cómo para admirar mejor su obra, se dio vuelta, miró a la nena (que sí, seguía llorando) y le dijo "Este vagón es tuyo ahora, no llores más. Mirá, dice "La Princesa", vos sos la princesa".
No sé si la nena habrá entendido lo que le dijo, pero sus padres sí, así como todos los demás en el vagón.
El silencio seguía, se abrieron las puertas en Flores y él se bajó. Y todos nosotros nos quedamos en el vagón de La Princesa, que ahora sí, había dejado de llorar.
Iba apoyada contra una de las paredes, medio despierta y medio dormida. No era un viaje largo, para nada, pero sí había sido un día largo.
No me acuerdo (ni creo que me acuerde) en que estaba pensando, cuando un hombre del vagón empezó a preguntar a los gritos si alguien tenía un fibrón.
"Uh, este está en pedo" pensé (ahí sí me acuerdo lo que pensé).
Caminaba por todo el vagón, preguntando persona por persona si alguien tenía un bendito fibrón. Y no, nadie tenía.
Sólo ahí noté, que además de los gritos del hombre haciendo su ya conocido pedido y la cumbia que salía de los parlantes del celular de algún otro pasajero, también resonaba en mis oídos el llanto de una nena. La mamá desesperada intentando hacerla callar y el papá mirando sin saber qué hacer. Y los demás pasajeros con cara de incómodos. Y el hombre pidiendo el fibrón.
No lo consiguió nunca, pero alguien le alcanzó un birome y él, apuradísimo se dispuso a escribir en una de las paredes inmaculadas del vagón nuevo.
"¿Que mierda está haciendo este?" dije medio en voz baja, Sí, no me atrevía a decirselo de frente, pero me indignaba que "arruinara" así el tren. Una vez que uno escribe, ya empiezan a escribir todos, y así las paredes que ese día estaban tan pulcras, la próxima vez que me tomara el tren (según lo que yo pensaba) iban a estar cubiertas de inscripciones.
El vagón entero trataba de descifrar qué era lo que estaba escribiendo. Remarcaba letra por letra, para que se notara (con el fibrón no hubiese sido necesario) y no sé si en verdad la cumbia se había apagado, la nena había dejado de llorar y la madre de animarla, pero puedo asegurar que había un silencio sepulcral. Sentía tensión, era obvio que no era yo la única a la que le molestaba lo que estaba haciendo el hombre, pero nadie decía nada.
Me acerqué un poco más, para ver qué era lo que estaba escribiendo, y me sorprendió leer "La Princesa", mientras él seguía remarcando afanosamente las letras.
Cuando consideró que era suficiente, se alejó un poco, cómo para admirar mejor su obra, se dio vuelta, miró a la nena (que sí, seguía llorando) y le dijo "Este vagón es tuyo ahora, no llores más. Mirá, dice "La Princesa", vos sos la princesa".
No sé si la nena habrá entendido lo que le dijo, pero sus padres sí, así como todos los demás en el vagón.
El silencio seguía, se abrieron las puertas en Flores y él se bajó. Y todos nosotros nos quedamos en el vagón de La Princesa, que ahora sí, había dejado de llorar.
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