Si quiero contar esta historia desde el comienzo verdadero, tengo que retroceder bastantes años. Tenía todos los dientes, sí, pero el ratón Pérez todavía no me había visitado ni una vez. El primer regalo que me trajo el ratón Pérez fue una radio a pilas, qué vejez, pero igual esto no tiene mucho que ver con esta historia. Resulta que ahí estaba yo, con el guardapolvo azul turquesa y las manos manchadas de tempera o plasticola, seguramente (mucho de lo que cuente hoy va a estar basado en reconstrucciones de recuerdos y relatos de gente que en ese momento tenía más memoria que yo), ya había aprendido a leer un poco y mamá se maravillaba cada vez que lograba descifrar palabras en algún lugar, pero aún así casi nunca me compraba los mini paquetes de Gringuitas que le pedía a la salida del jardín. Decía que después no me comía la comida. Tenía un babero (que me obligaban a usar en las comidas) que me cubría casi hasta las rodillas y que tenia un estratégico bolsillo. Ahí guardaba las arvejas y un poco de arroz. No me gustaban mucho. Y bueno, lógicamente mamá se enojaba bastante. Igual, me estoy yendo por las ramas.
Habíamos llegado hace poco, y habíamos vivido un tiempo en el cuarto de un hotel, porque nuestro camión de la mudanza se había "perdido" en algún lugar del altiplano. Claro, sólo a nosotros se nos ocurría mudarnos en vacaciones y, encima, con el carnaval entre medio. Pero en fin. Luego de una temporada de desayunos preparados por otra gente y camas tendidas por otra gente, llegamos a la que sería la casita de mi infancia. Qué difícil describirla, siempre es difícil describir lugares o momentos significativos, quizás porque las palabras siempre quedan cortas. Tenia un patio delantero, con geranios que dejaban olor en las manos cuando los cortábamos, y un paraíso chiquito que en una helada se murió, y que, luego de eso, en alguna de nuestras andanzas lo llenamos de diminutos monitos de plástico. Habíamos visto Dinosaurios hace poco y queríamos simular una escena que nos había emocionado. Era una casita de barrio, igual a todas las de la manzana, ladrillo visto, una vereda simpática, vecinos que saludaban. Era una ciudad mucho más chiquita a la que estábamos acostumbrados. La gente hablaba con la gente, y eso nos sorprendía... Bueno, a mi no tanto.
Tenía, también un patio trasero grande. Un árbol que casi que llegaba al cielo y hasta había espacio para estacionar a nuestro futuro auto: Pepo.
Una vez, hablando de vecinos y de patios, apareció en el nuestro un perro negro como el alquitrán, con mi hermana intentamos e intentamos descubrirle alguna manchita, pero no había caso. Alquitranado, negro, totalmente. Era Jueves, y nosotras no teníamos mucha imaginación (o teníamos demasiada) y decidimos que se iba a llamar Jueves, quizás haya sido porque también, hace poco, habíamos visto Un hombre llamado Viernes, y nos llamó la atención. Jueves se quedó con nosotros un tiempo, y nos ocasionó uno de los primeros conflictos con los vecinos: se ve que la boxer de la familia de al lado le gustaba mucho, y, nadie sabe como, pero una tarde entró a su patio y se pusieron de novios. Bueno, eso tuvimos que suponerlo, después de que de algunas semanas, los vecinos andaban enojados, ofreciendo cachorritos por todos lados (y obligándonos a ofrecer la mitad a nosotros). Me fui por las ramas, de nuevo. Es que me acordé de estar sentada arriba del árbol, viendo a Jueves pasar por abajo, como entre las ramas. Prometo concentración (mentira).
La cosa es que vivíamos ahí los cuatro, con mi hermana compartíamos un cuarto, y en ese momento papá y mamá también compartían uno (en algún momento contaré cuando esto cambió). Como era la mayor, me correspondía el privilegiado lugar de la cucheta de arriba. Quizás esto les parezca un poco asqueroso (les aseguro que a mi hermana le gustó menos aún) pero una noche, que me da un poquito de vergüenza recordar, fue a despertar a mamá diciéndole "está lloviendo adentro de la casa". Se imaginarán...
La cocina era chiquita, una de las cosas de las que recuerdo que mamá se quejaba todo el tiempo y, por suerte, nunca almorzamos con la tele prendida (es más, el único televisor que tuvo mi familia, en ese momento estaba escondido en el cuarto de mis papás). No voy a decir que nunca veíamos tele, es más, con mamá fuimos bastante fanáticas de Muñeca Brava, al punto de que le rogué que me cortara el flequillo en punta, como lo usaba Natalia Oreiro, y al punto de que cumplió mis deseos sin muchos titubeos, pero, afortunadamente, el aparatito (y la señal que hacía que se formen imágenes en la pantalla) nunca fueron algo central en nuestra existencia.
Papá tenía un equipo de música grande (siempre le gustó mucho la música) y una colección de discos infinita. Sólo una vez entraron a robar a casa, y creo que lo que más le dolió fue que los ladrones se llevaron, en vez del televisor, su equipo y su colección de discos.
Ahora, al fin, esta mención del robo, me va orientando hacia lo que quería contarles, o a lo que, de cierta manera, esta historia va orientada.
Esa noche, antes de entrar, ya sentimos un ambiente raro en la cuadra, y, al abrir la puerta, nos dimos cuenta en seguida de que hasta hace unos pocos minutos había habido gente adentro de la casa. Bueno, no era muy difícil de suponer: las luces estaban prendidas y el televisor envuelto en una frazada y tirado en el piso. Se asombrarán, pero seguimos conservando esa frazada y ese televisor. Pintoresco.
Papá no quería que entráramos más a la casa, tenía miedo de que los ladrones estuviesen escondidos, todavía, pero, les juro que fue imposible no escabullirnos: necesitábamos ver cómo estaba nuestro cuarto. Prendimos la luz con las manitos chiquitas y temblando, y vimos que la cama de hermana (luego del incidente de la lluvia las habíamos reacomodado en forma de "L") estaba llena de vidrios y toda desordenada: La ventana de nuestro cuarto había sido utilizada como puerta. Nos enojamos un poquito porque papá y mamá nunca dejaban que nosotras salieramos por la ventana. De repente nos cazaron de las cinturas y nos sacaron del cuarto, de la casa, de la cuadra, y nos llevaron a lo de Nico. Nico era el hijo de nuestro pediatra, hijo de una amiga de mamá y compañero mío del jardín. Y fueron ellos, los que esa noche, esa noche que estuvimos "sin casa", nos hospedaron. Y es Nico, también, del que voy a hablar más adelante.
(Va a haber más, tranquis)
lunes, 30 de marzo de 2015
domingo, 29 de marzo de 2015
Quietud
El domingo nos trae música melacólica, y cielo azul. Totalmente azul, sin ni siquiera una nube pintando de blanco algún sector. Los domingos se escuchan más fuerte los pensamientos. Desesperan. Debe ser porque todo lo demás está demasiado callado. Son las dos de la tarde y todavía no dije nada en todo el día, todavía no hablé, ni siquiera me animé a cantar alguna letra de alguna canción. Es domingo y trato de escucharme más. Como si las palabras exteriorizadas hicieran que mis pensamientos se silencien. Es domingo y estoy quieta, desesperadamente quieta. Es domingo de analizar todo. Es domingo de pechos que se cierran, de hojas de árboles que no se mueven, de gritos en la cabeza. Es domingo y ¡cuánta falta me hacés, la puta madre!
No te preocupes igual, mañana es Lunes, y seguro me olvido.
No te preocupes igual, mañana es Lunes, y seguro me olvido.
jueves, 26 de marzo de 2015
Volver
Fue el "cerrá los ojos" que me conmovió más en mi vida. Y ni siquiera importaba quién era el que lo pronunciaba. Ni siquiera importaba quién era el que, con sus manos, con sus movimientos iba guiándome por un espacio totalmente nuevo para mi. O no tan nuevo. Quizás mis pies había recorrido esa superficie alguna vez. Quizás por esa razón me sentía tan cómoda. Quizás por eso, con los ojos cerrados, me movía mejor. Lo que importaba, al fin y al cabo, era que por fin, por fin, por fin, me había vuelto a dar el lujo de permitirme sentir. De permitirle a mis pies ser libres, de permitirme cerrar los ojos y dejar que todo el resto de mi cuerpo vea por él mismo. Y uno a uno los músculos se relajaban, y una a una las barreras se iban cayendo. No importa hacer el ridículo, es más ¡necesito que hagas el ridículo! ¡Necesito que saques todo lo que tenés adentro! Reíte de vos misma mientras te dejás caer en un cúmulo de brazos inciertos. Con los ojos cerrados, siempre, pero con todos los demás sentidos a flor de piel.
¿No te das cuenta, acaso, que así, tus pies desnudos sienten más la textura de la madera? ¿No te das cuenta de que escuchando podés adivinar lo que está sucediendo a tu lado? ¿No aprendés, nena, a identificar olores que aún no tienen rostro?
¡Es que estás sintiendo de nuevo!
¡Es que al fin volviste!
¡Es que hace tanto que este piso te extrañaba!
Y es que, aunque cueste, a lo que hace bien, siempre es bueno volver.
¿No te das cuenta, acaso, que así, tus pies desnudos sienten más la textura de la madera? ¿No te das cuenta de que escuchando podés adivinar lo que está sucediendo a tu lado? ¿No aprendés, nena, a identificar olores que aún no tienen rostro?
¡Es que estás sintiendo de nuevo!
¡Es que al fin volviste!
¡Es que hace tanto que este piso te extrañaba!
Y es que, aunque cueste, a lo que hace bien, siempre es bueno volver.
lunes, 23 de marzo de 2015
¿Qué importa?
Odio cuando tengo que buscar en algún lugar para saber qué fecha es. Es como si, realmente, estuviese perdida en el tiempo.
Creo que es, también, un símbolo inequívoco de mi dejadez ¿símbolo o signo? Ay, nunca me acuerdo de eso. Varios profesores se decepcionarían...
Pero si vamos a hablar de decepción, hay una larga fila. Acomódense bien, no empujen. Todos van a tener su oportunidad de regodearse de mis falencias, de mis carencias, de mis actitudes. Todos van a poder mirarme con desaprobación. Tranquilos, hay tiempo para todo, y para todos. Aunque bueno, tampoco es que molestaría mucho defraudarlos también en ese aspecto... Si ya están acostumbrados a mis incumplimientos ¿qué importa si prometo una vez más?
Creo que es, también, un símbolo inequívoco de mi dejadez ¿símbolo o signo? Ay, nunca me acuerdo de eso. Varios profesores se decepcionarían...
Pero si vamos a hablar de decepción, hay una larga fila. Acomódense bien, no empujen. Todos van a tener su oportunidad de regodearse de mis falencias, de mis carencias, de mis actitudes. Todos van a poder mirarme con desaprobación. Tranquilos, hay tiempo para todo, y para todos. Aunque bueno, tampoco es que molestaría mucho defraudarlos también en ese aspecto... Si ya están acostumbrados a mis incumplimientos ¿qué importa si prometo una vez más?
domingo, 22 de marzo de 2015
Otra mirada
El Artículo 4 de la Convención Americana de Derechos Humanos
habla sobre el derecho a la vida.
El inciso 1° establece que “Toda persona tendrá derecho a
que se respete su vida. Este derecho está protegido por la ley y, en general, a
partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida
arbitrariamente”.
La discusión se ha dado siempre respecto a ciertas
expresiones o palabras de este inciso que entran en controversia con el
Artículo 19 de nuestra Constitución Nacional, el cual establece el derecho a la
autonomía personal.
Ahora bien, creo que existen distintas maneras de afrontar
este debate, podríamos gastar tinta y papeles intentando descifrar cuándo
comienza la vida, qué es la concepción, qué significa la expresión “en
general”, qué derecho prima sobre el otro… pero podríamos, por otro lado,
enfocarlo desde una visión distinta y justamente mucho más abacartiva.
Creo que el debate sobre el aborto debería darse entendiendo
la profunda desigualdad de género que hoy existe. Entendiendo, también, que no sólo se le niega a la mujer su derecho
a conformar el plan de vida al momento de decidir qué hacer con su embarazo,
sino que se lo está afectando desde el momento en el que se le niega la
educación sexual, desde que se la pone en un lugar de subordinación respecto al
hombre, desde que sigue formando parte de un grupo que ha visto sus derechos
sistemáticamente vulnerados.
¿Podemos hablar de autonomía personal cuando la mujer está y siempre ha estado en
una posición de desigualdad? ¿Puede decirse que hay posibilidad de constituir
esta autonomía personal cuando en la
realidad en la que vivimos no existe un verdadero y efectivo acceso a la
educación sexual y a los métodos anticonceptivos? ¿Hay autonomía personal
cuando uno tiene sus derechos más básicos vulnerados?
No es menor recalcar que estos patrones se siguen
reproduciendo y, lo que es peor, naturalizándose en las clases sociales más
desaventajadas.
No se puede hablar de decisiones tomadas libremente sin que
el Estado proteja el acceso a los
derechos sociales: la vivienda, alimentación, educación y salud, por nombrar algunos, que son los
derechos que garantizan una posición verdaderamente igualitaria y entonces así,
una real posibilidad de que exista la autonomía personal.
viernes, 20 de marzo de 2015
Rota
Observó la distancia que separaba la taza de porcelana blanca de sus manos. La observó, suspendida en el aire. Observó también la distancia de la taza con el suelo. Y sucedería lo inevitable. Pero lo estaba viendo. Estaba viendo cómo, milimetricamente ese espacio se iba achicando y cómo fatalmente, se acercaba el final tan predecible. Pero lo estaba viendo. Podía verlo, podía saber con exactitud cuál iba a ser el desenlace, pero por más rápido que moviera sus manos, no podía evitarlo. Podía adelantarse a los hechos, también, y ver la taza, ya hecha trizas en el suelo. Podría romperse de muchas maneras, pedazos chicos, otros mucho más grandes, alternados. Y el dibujo que formarían todos esos fragmentos también era de posibilidades infinitas.
¿Caerían más lejos, más cerca? ¿Hasta dónde podría llegar un pedacito más intrépido? Se imaginó, también, mucho tiempo después, encontrando a ese pedacito intrépido en algún rincón, detrás de la heladera, quizás.
Podía ver lo que estaba sucediendo, y las mil y una alternativas del futuro, pero en ese instante ya nada estaba en sus manos, literal y figurativamente.
¿Qué podía hacer entonces, además de pensar, de imaginar que sucedería?
Cuando finalmente la taza se estrelló en el suelo, se dibujó en él, un dibujo que no había acudido a su cabeza.
Y, es que podemos imaginarnos rompiéndonos de mil maneras, podemos observar el instante justo antes de saber que vamos a estallar en mil pedazos, podemos estar seguros de que nos vamos a romper y que va a ser inevitable. Pero, al final, el dibujo que van a formar nuestros fragmentos, es impredecible.
¿Caerían más lejos, más cerca? ¿Hasta dónde podría llegar un pedacito más intrépido? Se imaginó, también, mucho tiempo después, encontrando a ese pedacito intrépido en algún rincón, detrás de la heladera, quizás.
Podía ver lo que estaba sucediendo, y las mil y una alternativas del futuro, pero en ese instante ya nada estaba en sus manos, literal y figurativamente.
¿Qué podía hacer entonces, además de pensar, de imaginar que sucedería?
Cuando finalmente la taza se estrelló en el suelo, se dibujó en él, un dibujo que no había acudido a su cabeza.
Y, es que podemos imaginarnos rompiéndonos de mil maneras, podemos observar el instante justo antes de saber que vamos a estallar en mil pedazos, podemos estar seguros de que nos vamos a romper y que va a ser inevitable. Pero, al final, el dibujo que van a formar nuestros fragmentos, es impredecible.
martes, 17 de marzo de 2015
Razones ficticias
Inhalo, exhalo, pero no dejo de temblar.
¿Cómo llegué a este lugar?
Tengo una sensación horrible en la boca del estómago. Me falta una parte importante. Me falta un cachetada mental que en tu idioma significa "calmate un poco".
Cachetadas mentales. De esas necesito. De tus palabras que me hacen entrar en razón, que me devuelven un poquito la entereza y me hacen dar cuenta de que nada es grave. O todo lo es, y por eso, al mismo tiempo, nada lo es. Misma conclusión.
Y si sé todas estas cosas, entonces ¿por qué igual necesito que me las digas?
Ah, ya se. Es que necesito que me digas algo.
Tengo mucho frío, a pesar de que el sol me está dando de lleno en la espalda, puedo decir, entonces, también, que cuando todo es calor, entonces nada lo es. Y el frío que siento quizás sea tan solo una mínima falta del calor insoportable que venía experimentando. Tu calor insoportable.
Me embola siempre llegar a hablar de vos. Pero ¿qué querés? no puedo evitarlo, no me gusta evitar las cosas. Si siento, por algo es. Y no, no soy conformista, callate.
Siempre de alguna forma, u otra, estás presente, pero igual, no es a lo que iba.
Me estaba preguntando cómo es que llegué a este lugar. Y no me refiero a lo físico. Físicamente creo CREO que sé dónde estoy, pero no nos metamos en filosofía... bue, como si eso fuera evitable. Estoy harta de irme por las ramas, me di cuenta de que nunca termino nada, no le doy un final a estas cosas que escribo. Debe ser que odio los finales, o que no creo en ellos. Podría intentar, igual, darle una conclusión. ¿Es necesario que algo termine para poder sacar una conclusión? Sería una suerte de "conclusión parcial", bueno, creo que con eso me siento medianamente cómoda. Igual, que aberrante sentirse totalmente cómodo, y entonces también es medianamente aberrante sentirse medianamente cómodo. Ponele que quiero quejarme un poco.
Se me desordenan las ideas, basta, es todo tu culpa esto. No por acción, sino por omisión. Aunque no hay ni acción pura ni omisión pura, pero vos entendes, igual me chupa un huevo si entendes o no. Si tuviese huevos esa frase tendría más sentido. Pero bueno, vos me entendes (de nuevo con lo de "vos me entendes" estoy re gila hoy).
La computadora esta calentando y me quema la pierna. En un sólo sector, incisiva, a propósito y ya sabemos que me da paja pararme o cambiarla de lugar, así que ni preguntes cuando veas la quemadura, pensá que estoy aprovechando este tipo de calor insoportable.
¿Cómo llegué a este lugar?
Tengo una sensación horrible en la boca del estómago. Me falta una parte importante. Me falta un cachetada mental que en tu idioma significa "calmate un poco".
Cachetadas mentales. De esas necesito. De tus palabras que me hacen entrar en razón, que me devuelven un poquito la entereza y me hacen dar cuenta de que nada es grave. O todo lo es, y por eso, al mismo tiempo, nada lo es. Misma conclusión.
Y si sé todas estas cosas, entonces ¿por qué igual necesito que me las digas?
Ah, ya se. Es que necesito que me digas algo.
Tengo mucho frío, a pesar de que el sol me está dando de lleno en la espalda, puedo decir, entonces, también, que cuando todo es calor, entonces nada lo es. Y el frío que siento quizás sea tan solo una mínima falta del calor insoportable que venía experimentando. Tu calor insoportable.
Me embola siempre llegar a hablar de vos. Pero ¿qué querés? no puedo evitarlo, no me gusta evitar las cosas. Si siento, por algo es. Y no, no soy conformista, callate.
Siempre de alguna forma, u otra, estás presente, pero igual, no es a lo que iba.
Me estaba preguntando cómo es que llegué a este lugar. Y no me refiero a lo físico. Físicamente creo CREO que sé dónde estoy, pero no nos metamos en filosofía... bue, como si eso fuera evitable. Estoy harta de irme por las ramas, me di cuenta de que nunca termino nada, no le doy un final a estas cosas que escribo. Debe ser que odio los finales, o que no creo en ellos. Podría intentar, igual, darle una conclusión. ¿Es necesario que algo termine para poder sacar una conclusión? Sería una suerte de "conclusión parcial", bueno, creo que con eso me siento medianamente cómoda. Igual, que aberrante sentirse totalmente cómodo, y entonces también es medianamente aberrante sentirse medianamente cómodo. Ponele que quiero quejarme un poco.
Se me desordenan las ideas, basta, es todo tu culpa esto. No por acción, sino por omisión. Aunque no hay ni acción pura ni omisión pura, pero vos entendes, igual me chupa un huevo si entendes o no. Si tuviese huevos esa frase tendría más sentido. Pero bueno, vos me entendes (de nuevo con lo de "vos me entendes" estoy re gila hoy).
La computadora esta calentando y me quema la pierna. En un sólo sector, incisiva, a propósito y ya sabemos que me da paja pararme o cambiarla de lugar, así que ni preguntes cuando veas la quemadura, pensá que estoy aprovechando este tipo de calor insoportable.
domingo, 8 de marzo de 2015
25 meses
Y de alguna u otra manera, me encuentro expectante, una vez más. Una vez más con la sensación de volver a empezar. Y con la emoción y el miedo que suelen traer los comienzos.
Hoy siento que vuelvo a ser la que 25 meses atrás pisó Buenos Aires, no por primera vez, pero por primera vez para quedarse. Y acá estoy. Sintiendo que no cambié nada desde ese día, pero también sabiendo que soy una persona completamente distinta. Si, ya se, contradicción, una de las tantas, pero pienso, también, que una cosa no quita a la otra, los opuestos se complementan, dicen... y no se qué digo yo, por eso muchas veces me la paso repitiendo.
Hace unos meses, escribí algo parecido, escribí que siento que por fin voy encontrando mi lugar, y eso no quiere decir que esté feliz o cómoda siempre, sino que siento que puedo superarme, que tengo la oportunidad de hacerlo. Escribí también, que estaba contenta de haberme encontrado, o reencontrado con personas maravillosas. Sin dudas cada una dejó algo importante en mí, y cada tanto aparece alguna que me vuela la cabeza. Y sí, soy de volarme la cabeza seguido... que lo haga seguido no quiere decir que me acostumbre a ello. Y la gente va y viene, aprendí a no aferrarme a ella. O a aferrarme, sí, pero a ¿desaferrarme? rápido.
Retomé el blog hace ya ocho meses, y siento que era algo que me debía hace años. Más allá de que sea leído o no, ha sido un compañero constante este tiempo, una expresión, una manera de volcar lo que se me pasa por la cabeza, y de tener la oportunidad de poder releerme a mi misma, de retomar pensamientos que de otra manera, probablemente, se hubiesen perdido en los recovecos de materia gris o en el cuadriculado de cuadernos.
Los meses pasados fueron de los más difíciles que tuve que vivir, razones más, razones menos, quizás no sea eso lo que realmente importe, pero creo que necesitaba desesperadamente sentir que existía la posibilidad de empezar de cero en varios sentidos. Uno piensa mucho, pero cuesta concretar, quizás este sea uno más de esos comienzos fallidos, pero espero que no sea así.
Hoy no estoy en ningún subte con olor a nuevo, estoy sentada en el universo de mi cuarto recién reordenado, con el viento del balcón, intrépido, como lo ha sido últimamente, y con la sensación de que hoy, también, estoy dejando algo más mientras escribo. Y también se me escapan lágrimas, mezcladas. Hay de todo un poco, no puedo asegurar lágrimas de qué son, pero si traen tranquilidad, que vengan, no voy a ocultarlas atrás de una Ale fría que no soy.
Y también espero releerme y verme acá, volver a traer sentimientos y pensamientos y miedos e inquietudes y, también, espero haber crecido. Porque eso si, pase lo que pase, siempre creciendo, y sea como sea, siempre para adelante.
Ale.
lunes, 2 de marzo de 2015
Cocinar
No sé cómo sucedió, pero de repente me costaba horrores pararme en la cocina.
Me encantaba cocinar para otros, y mi soledad se había trasladado a casi todo ámbito de mi existencia.
Un aluvión de papelitos del delivery cubría enteramente la heladera vacía (por dentro). Bueno, no del todo vacía, un par de botellas de agua y un viejo limón partido al medio ocupaban los estantes. No me atrevía a tirarlo. Era seductor, ahí, con ese amarillo gastado y achicharrado por el paso del tiempo. Por un lado sabía que no lo iba a usar nunca, pero en mi cabeza le daba cierta sensación de completo al asunto. Me veía reflejada en él: amarilla y vieja y sola y a la mitad, y no me hubiese gustado que a mí me tiraran a la basura dejándome a la suerte de algún muchacho recolector.
Aún así, me negaba a darle compañía, como también me la negaba, en parte, a mí misma.
¿Quién diría que iba a encontrar una analogía en un medio limón encerrado en un gigantesco electrodoméstico?
De todos modos, mis fideos con tuco no tenían el mismo gusto cuando los comía en silencio mirando a la pared.
Creo que el comer (y, con eso, el cocinar) tiene un sentido mucho más profundo que alimentar al cuerpo. El ritual de prender la hornalla y enfrentarme a una tabla de picar, era para mí como bailar. Nunca fui muy coordinada de todos modos, y en la cocina me volvía más torpe y atolondrada que sobre el escenario, pero no por eso la cocina me parecía un escenario menos encantador. Creo que también me ponía más perceptiva, como si los ruidos, movimientos y sentimientos se acrecentaran a mi alrededor, y por eso cuando cocinaba me percataba mucho más de lo que los demás me estaban pidiendo, en silencio.
No voy a decir que era buena cocinando (porque definitivamente sería una mentira) pero sí voy a aceptar que me maravillaba hacerlo. Era una forma realmente sincera de expresar lo que sentía, de decirle a los demás cuánto me importaban y cuánto quería que algo nacido de mis propias manos los deleitara.
Vuelvo a repetir, no se cómo sucedió pero de repente un día me empezó a costar horrores pararme en la cocina grande, vacía y con una heladera inútil.
¿Qué me habría llevado hasta ese punto?
¿Por qué de pronto me asustaba no complacer?
Y la pregunta qué más me aterraba: ¿Por qué tenía tanto miedo de cocinar para mí misma?
Me encantaba cocinar para otros, y mi soledad se había trasladado a casi todo ámbito de mi existencia.
Un aluvión de papelitos del delivery cubría enteramente la heladera vacía (por dentro). Bueno, no del todo vacía, un par de botellas de agua y un viejo limón partido al medio ocupaban los estantes. No me atrevía a tirarlo. Era seductor, ahí, con ese amarillo gastado y achicharrado por el paso del tiempo. Por un lado sabía que no lo iba a usar nunca, pero en mi cabeza le daba cierta sensación de completo al asunto. Me veía reflejada en él: amarilla y vieja y sola y a la mitad, y no me hubiese gustado que a mí me tiraran a la basura dejándome a la suerte de algún muchacho recolector.
Aún así, me negaba a darle compañía, como también me la negaba, en parte, a mí misma.
¿Quién diría que iba a encontrar una analogía en un medio limón encerrado en un gigantesco electrodoméstico?
De todos modos, mis fideos con tuco no tenían el mismo gusto cuando los comía en silencio mirando a la pared.
Creo que el comer (y, con eso, el cocinar) tiene un sentido mucho más profundo que alimentar al cuerpo. El ritual de prender la hornalla y enfrentarme a una tabla de picar, era para mí como bailar. Nunca fui muy coordinada de todos modos, y en la cocina me volvía más torpe y atolondrada que sobre el escenario, pero no por eso la cocina me parecía un escenario menos encantador. Creo que también me ponía más perceptiva, como si los ruidos, movimientos y sentimientos se acrecentaran a mi alrededor, y por eso cuando cocinaba me percataba mucho más de lo que los demás me estaban pidiendo, en silencio.
No voy a decir que era buena cocinando (porque definitivamente sería una mentira) pero sí voy a aceptar que me maravillaba hacerlo. Era una forma realmente sincera de expresar lo que sentía, de decirle a los demás cuánto me importaban y cuánto quería que algo nacido de mis propias manos los deleitara.
Vuelvo a repetir, no se cómo sucedió pero de repente un día me empezó a costar horrores pararme en la cocina grande, vacía y con una heladera inútil.
¿Qué me habría llevado hasta ese punto?
¿Por qué de pronto me asustaba no complacer?
Y la pregunta qué más me aterraba: ¿Por qué tenía tanto miedo de cocinar para mí misma?
Escriba un título II
Debo confesar que abrí el borrador sin saber bien sobre qué escribir. Tan sólo quería desahogarme un poco ¿Desahogarme de qué? Quién sabe, ni yo sé. Ni siquiera se a dónde estoy yendo con esto. Quizás sea, de cierta forma, forzarme; pero quizás sea, también dejar que mis pensamientos se acomoden mientras los dedos corren por el teclado. Una confesión. Una confesión de algo que aún no se si hice.
¿Será más sincero si escribo así? Sin saber a dónde estoy yendo. Bueno, un poco como mi vida. Quizás sea una linda metáfora: Escribo hoy esto como voy escribiendo mi vida. Abro un borrador cada vez que me levanto y comienzo a improvisar. Bueno, no creo. La rutina poco espacio deja a la improvisación. O yo me refugio en la rutina para no tener que esforzarme creando. Un poco duro conmigo misma.
Últimamente estoy preguntándome mucho, sobre muchas cosas, como inundando mi alrededor de incógnitas, pero también, hace poco, descubrí que prefiero mis preguntas antes que las respuestas de otro. O las mías, incluso. La certeza da más miedo que la incertidumbre, porque en la incertidumbre siempre puedo esperar lo mejor. Las certezas no tienen grises, parecen enormes piedras imposibles de erosionar, o de mover. Están ahí, simplemente ahí, imposibles de ignorar. No quiero que se me agoten las preguntas, me da miedo estar convencida de algo. Debe ser parte, también, de mis cambios, o de mi naturaleza autoboicoteadora; o, más bien, de la parte de mi que quiere ir en contra del autoboicot: Cuando siento que sé, que siento, o que estoy convencida de algo realmente, no puedo evitar taladrarme la cabeza para ir en dirección contraria. Mejor, entonces, huirle a las convicciones. Aunque, después de todo, podría convencerme de que no está tan mal convencerse.
¿Será más sincero si escribo así? Sin saber a dónde estoy yendo. Bueno, un poco como mi vida. Quizás sea una linda metáfora: Escribo hoy esto como voy escribiendo mi vida. Abro un borrador cada vez que me levanto y comienzo a improvisar. Bueno, no creo. La rutina poco espacio deja a la improvisación. O yo me refugio en la rutina para no tener que esforzarme creando. Un poco duro conmigo misma.
Últimamente estoy preguntándome mucho, sobre muchas cosas, como inundando mi alrededor de incógnitas, pero también, hace poco, descubrí que prefiero mis preguntas antes que las respuestas de otro. O las mías, incluso. La certeza da más miedo que la incertidumbre, porque en la incertidumbre siempre puedo esperar lo mejor. Las certezas no tienen grises, parecen enormes piedras imposibles de erosionar, o de mover. Están ahí, simplemente ahí, imposibles de ignorar. No quiero que se me agoten las preguntas, me da miedo estar convencida de algo. Debe ser parte, también, de mis cambios, o de mi naturaleza autoboicoteadora; o, más bien, de la parte de mi que quiere ir en contra del autoboicot: Cuando siento que sé, que siento, o que estoy convencida de algo realmente, no puedo evitar taladrarme la cabeza para ir en dirección contraria. Mejor, entonces, huirle a las convicciones. Aunque, después de todo, podría convencerme de que no está tan mal convencerse.
lunes, 23 de febrero de 2015
Desesperación II
Pienso, a veces, que no me gustaría ser tan sensible, pero ¿cambiaría todo lo que alguna vez sentí por ser un poquito mas dura? No quiero romperme, no quiero endurecerme ¿una cosa lleva a la otra? ¿son consecuencia? No me rompas, no hagas que me vuelva más fría.
No decimos las cosas por esto: las decimos y las reacciones nos hacen mierda.
¿Para qué me pedías que fuera sincera?
Ahora tengo que tragarme las lagrimas, porque está bien llorar por películas, pero esto es otra cosa. Es más difícil que te vean llorar por algo de verdad.
Y te veo agarrandome las muñecas y cuestionando eso, también. Porque mis formas de sufrir no te parecen apropiadas. Porque es más ético destruirse por dentro, no molestar a los demás, que no se note que estás mal, nena. Igual, ya ni se que es lo que queda por destruir adentro.
Soy frágil, que se yo. No voy a dejar de serlo porque no quiero dejar de serlo y porque no quiero dejar de entregar todo cuando lo siento. No quiero comenzar a sentir que esta mal abrir los sentimientos.
Me tenias en tus manos ¿sabes? De una manera mucho más profunda que cualquiera que puedas imaginar. Y te veo, con esa calma aparente por fuera, aunque el viento te este dando en la cara y aunque tengas un huracán adentro. Y decime ahora ¿con quien hablo de lo que me pasa? Escribo porque también mi memoria es frágil y desde siempre quise que no seas efímero.
¿Y qué mierda me importa si estoy sintiendo mucho?
Son mis arrebatos, los que ya conoces.
martes, 17 de febrero de 2015
El origen de lo original
Me desperté pensando en que ya estaba todo dicho. No hay una sola palabra que no haya sido pronunciada, no hay un pensamiento que no haya sido pensado, quizás por la mente más remota, quizás por la más cercana, quizás por la propia. Los momentos definen todo. Qué pensamiento trasciende y cual no. Cuál es considerado una genialidad y cuál es considerado una banalidad. Podemos pasar toda nuestra vida diciendo, pensando, sin que nada trascendental salga de nuestra mente y luego, de nuestra boca. Al final no somos nosotros los que lo definimos cuál de todas las cosas va a ser la que llegue a ser más importante que las demás. Todo está en el otro. Siempre todo está en el otro. En el que lo recibe y lo interpreta como se le antoje. Tenemos poco protagonismo hasta en lo que a nosotros mismos respecta ¿Quién nos manda a pensar, a desear, que algo propio influya en los demás? ¿Por qué esa obsesión de querer marcar vidas? ¿Por qué el constante atormento de no querer ser uno más? Ya ni sé cuantos millones somos sobre este planeta, y dudo que alguien lo sepa. Nos sentimos tan insignificantes que pretendemos no serlo, aunque sea, para una persona. Y nosotros recordamos a muchas. Muchas personas que son recordadas por muchas personas. Personas que aparecen en los efemérides porque escribieron algo que gustó o se sacrificaron por la patria, porque cantaron algún acorde robado, porque se llevaron los triunfos de personas insignificantes. Porque supieron reunir pequeñas ideas, múltiples ideas. Los recordados son acumuladores de ideas ajenas ¿Quién puede decir que fue el primero en pensar algo en particular? Nunca sabremos quién fue el primero, sólo sabemos quién es el que lo dijo más fuerte, el que fue más vivo. Robar ideas, pensamientos, al final, es facilísimo, pero sólo algunos se dan cuenta. Y son menos, aún, los que se atreven a hacerlo.
jueves, 12 de febrero de 2015
Instrucciones para sonreír
(Un compilado de consejos para cuando los días grises se rehúsan a irse)
- Hacé la primera abdominal del día bien temprano, antes de que salga el sol, para agarrar el libro que está a los pies de la cama y recibir el amancer leyendo. Y mirando.
- Comé, tomá lo que tengas ganas y ponete zapatillas. Hoy toca caminar.
- Hacé la cama, levantá la ropa del piso. Sentite orgullosa porque lo hiciste aunque no tenías ni un poquito de ganas.
- Si tenés que ir a algún lado, caminá. Y por una ruta distinta a la que hacés todos los días.
- Si no tenés que ir a ningún lado (no te creo), dejá que las piernas te lleven. Pero, de nuevo ¡no repitas caminos!
- Saludá a todo el que se te cruce, si ya sé, te da vergüenza quedar colgada, pero pensá ¿a quién no le va a gustar que le dediquen un "buen día"? A veces los por qués no importan.
- Caminá despacito, escuchá la ciudad (todavía no te pongas los auriculares). Sorprendete porque aún entre tanto cemento hay pájaros volando (aunque sean palomas).
- Mirá el piso. Mirá las cosas caídas entre las baldosas, en el asfalto. Recogé algún papel y tiralo en el tacho. Pequeña contribución.
- Mirá el cielo, mirá los árboles mezclándose con los edificios, llegando hasta las nubes. Cuidado con las palomas.
- Mirá las paredes, y descubrí las pequeñas plantitas que nacen en los lugares más insólitos.
- Prestale mucha atención a alguien.
- Bailá mientras caminas, ahora sí podés ponerte los auriculares.
- Escuchá una canción que nunca hayas escuchado antes. Intentá ir adivinando la letra, en voz alta.
- Tirate en el pasto un ratito. O un rato largo. Sacate las zapatillas y dejá que los pequeños pelitos del pasto se metan entre los dedos. Volvé a sentirte conectada con la tierra.
- Mirá a los ojos al sol, aunque te hayan dicho que no es recomendable. Jugá al juego de ver quien parpadea primero.
- Llorá un poquito, si tenés ganas. No está mal llorar.
- Hacete un amigo perro por la calle. Sonreile, mimalo, inventale un nombre, despedite,
- Llamá a mamá, aunque sepas que no va a contestar, y si contesta contale cualquier pavada.
- Lee algún cuento con un hadita de protagonista.
- Deseale, en tu mente, cosas lindas a la gente que veas. "Que te haya ido bien el parcial", "que tu compañero de trabajo haya llevado las medialunas que te gustan", "que te haya crecido una plantita nueva en la maceta del balcón". Nunca sabés quién te está deseando cosas lindas a vos.
- No uses internet, bueno, sólo para escuchar música, pero desconectate de las redes que te comen la cabeza.
- Andá a comer a la pizzería, no pidas gaseosa (seguro Cristian te alcanza un vaso de agua).
- Andá a la librería de Montevideo y Mitre, probablemente Arturo te regale un libro, como la vez que lo conociste, y si no, seguramente, te regale una de sus historias. Volvé a agradecerle por ese primer día.
- Mirá algo lindo durante mucho tiempo. Una foto, un cuadro, un edificio, una persona. Mirá sin vergüenza.
- Si te gusta el vestido de alguna chica por la calle, decíselo.
- Cocinate. Y si se puede, cocinale a alguien.
- Hablá con alguien nuevo. O alguien que hayas dejado abandonado. Hacele escuchar una canción.
- Tomá mate.
- Concentrate en las cosas chiquitas. Las que dan más felicidad.
- Abrazá, y si no tenés a quién regalarle un abrazo sincero, abrazate a vos misma. Mandale con la mente el abrazo a la otra persona.
- Caminá con los ojos cerrados. Sentí el piso de manera distinta. Caminá con los pies y no con los ojos.
- Sentate en medio de la calle. A observar. Hay belleza donde la busques.
- Fumá un pucho, y decite que es el último. Creételo.
- Acostate y escribí.
- Agregá cualquier otro momentito que te haya hecho sonreir.
martes, 10 de febrero de 2015
Oxímoron
Una vez dije que no entendía qué era un oxímoron, que un día, simplemente, me iba a levantar comprendiéndolos.
Me acabo de levantar de la siesta pensando en que los momentos en los que soy más libre, son los que paso encerrada con vos.
No hace falta que diga nada más.
No hace falta que diga nada más.
viernes, 6 de febrero de 2015
El bondi pirata
Le aburrían los viajes en colectivo, por eso los evitaba tanto como podía, pero siempre llegaba el día en el que varios kilómetros la separaban del lugar de destino y no quedaba otro remedio para su modesto bolsillo. Se sentaba en los asientos de atrás, contra la ventana de la derecha, en lo posible; claro, siempre y cuando hubiese algún asiento disponible y no tuviese que hacer el recorrido apretujada entre gente transpirada. Se sentaba, con los auriculares o algún libro, o ambos, o ninguno, y veía la ciudad pasar. Estaba convencida de que era la ciudad la que se movía. Ella estaba quieta. Ella estaba sentada mirando por la ventana, nada más. Y se arremolinaban a su alrededor edificios, calles que emanaban vapores olorosos y gente que iba apurada enredándose la piernas entre las correas de algún paseador de perros, siempre un tachero gritando improperios y siempre un auto recalentado. Siempre casas bajitas intercaladas con edificios que tocaban el cielo y siempre alguna rama de algún árbol que casi le tocaba la cara. ¿A dónde irá esa ciudad tan apurada? De vez en cuando se tomaba su tiempo. frenaba un poco, y permitía que otro colectivo se le acercara a un costado vertiginosamente, y siempre había alguien mirando por la ventana, como ella. Jugaba a sostener la mirada con el extraño del colectivo vecino, a ver quién era el primero en dirigir los ojos hacia otro lado, y casi siempre ganaba. Confiaba en su mirada competitiva. El juego duraba lo que dura un semáforo, y, si tenía suerte, podía dar revancha en el siguiente. Todo se tornaba más intenso. Ahora los dos sabían que la competencia era de vida o muerte. A veces le daban ganas de arrojarse al otro colectivo, de crear un puente con su cuerpo y hacer una especie de abordamiento, al estilo barco pirata. Soñaba con gente usándola para trasladarse de un colectivo a otro e izando una bandera negra, con un bondi y dos huesos blancos dibujados. Cuando se sentía un poco más osada, incluso se animaba a sacar un brazo. Llevaba la cuenta de los colectivos que había tocado. Nueve. Se estaba preparando. El décimo era el definitivo.Tenía que abordarlo. Había dicho lo mismo cuando estaba a punto de llegar al tercero, por ese dicho de "la tercera es la vencida" pero le pareció muy precipitado. La gran hazaña necesitaba preparación.
Esperó unos minutos en la parada, nerviosa, y cuando vio aparecer el bondi en el horizonte de la avenida San Martín, los latidos se le redoblaron. Esperó, quinta en la fila de personas que decían "3,25", llegó su turno, apoyó la SUBE en la maquinita y miró hacia adentro del colectivo: Estaba lleno de gente transpirada.
lunes, 2 de febrero de 2015
Una serie de fortunas eventuales
Camino de noche. Me atrae deambular sin rumbo, aunque en la mente tenga un objetivo. Todo tiene un fin, Todos queremos llegar a algún lado. Fantaseo con caminar sin querer llegar, me digo que no hay rumbo, pero no puedo evitar seguir cierto recorrido establecido en mi cabeza. Pienso en cruzarte en alguna esquina, saliendo de algún bar, de lo de algún amigo nuevo que no alcancé a conocer, y trato de silenciar esos pensamientos inmediatamente. ¿Son pensamientos o son instintos? Me acuerdo cuando te crucé por primera vez después de que todo se fuera a la mierda, me acuerdo que puse un pie en el lugar y te me viniste a la cabeza, y después, minutos después, ahí estabas. Parado como si nada. Con un amigo nuevo que no había alcanzado a conocer. Hago callar a mi mente, o que, por lo menos, ella sí vaya por otro rumbo. No sería sano volver a verte, y últimamente estoy atrayendo a gente con el pensamiento. No te rías, lo digo en serio. Pero nunca creíste en esas cosas, y tampoco creíste en lo que te decía. Y mirá que yo también soy escéptica, eh. Llegué a Corrientes, siempre termino en Corrientes, perdida entre libros y tomando birra. No quiero tomar birra hoy, así que me siento a conversar con desconocidos en el cordón de la vereda. Me gusta robar fragmentos de la historia de las personas, me gusta ser una confidente anónima, pero más que nada me gusta cuando me preguntan quién soy. Porque puedo ser la que yo quiera. No me gusta la idea de lo duradero, de lo permanente, e ir mutando yo misma, con cada historia contada, es reconfortante. No, no te rías de nuevo, no es que invento historias, sólo que a veces resalto ciertos aspectos de ellas, las exagero, las disminuyo. Bueno, sí en parte es inventar, pero no tanto. Por lo menos ellos me escuchan, no como vos. Ahhh, claro, no te gustan los planteos. Bueno, sigo caminando, salí un poco de mi cabeza.
Es raro, me gusta estar sola porque me gusta conocer a gente nueva, y estando acompañado uno no se lo permite tanto, no puedo negar, igual, que es contradictorio. "Me gusta estar sola para conocer gente nueva". No tiene sentido, hasta hago sonar que considero descartables a las personas. Nada más alejado de la realidad. Siento que a veces tengo muy buena memoria para detalles que los demás consideran estúpidos, pero ¿no está ahi la magia, acaso? Que raro eso de llamar "magia" a lo que nos gusta, o quizás simplemente soy yo, dándole nombres a cosas que no lo son.. Intentando etiquetar. Todo tiene que tener su nombre, coherente, claro. No soportamos no saber como llamar a algo. No soportabas no saber como llamarme. El hambre me guía a la pizzería, y saludo a la gente como si la conociera. Me acuerdo de caras que no tienen nombre. Te hubieses desesperado. "Una promo uno, Tano", le digo. Como si todos los pizzeros fuesen italianos, ¿no dije ya que necesito ponerle un nombre a todo? Termino de comer mientras alguien me cuenta que se quiere ir a Europa entre mordiscos de empanadas de apio, nuez y roquefort. Me encantan esas empanadas, pero odio el apio y soy alérgica a las nueces. Hay sabores que anulan a otros, Y hay recuerdos que anulan a otros. Esta noche, definitivamente no te vas a ir de los laberintos de mi cabeza. Es como si estuvieses atrapado y yo, queriéndote guiar hacia la salida, hiciera que te pierdas aun más. Esta noche, definitivamente, también caminé mucho, pero la noche está linda, y me pone pensativa. Es peligroso pensar. O pensar, mucho. Se me acerca un perro, las manos me deben oler a pizza todavía. Sí, claro que como la pizza con la mano, para eso está diseñada por expertos. Me hace mimos, me pide comida, Busco en la cartera y siempre hay algo. Me recuesto un poco sobre él (¿o ella?) y descubro que también me gusta encontrarme con esas almas. Te reís en mi cabeza. Obvio que también tienen alma los animales. Y la discusión de nuevo. ¿No dije que hay recuerdos que anulan a otros?
Ya es hora de volver, me pesas adentro de la cabeza y me pesa el cansancio sobre los pies. No estaba tan lejos, después de todo. Me acerco a mi cuadra, y la veo como de lejos. Esta todo siempre tan igual, pero distinto, y ahí te veo en la esquina, sos vos el toque distinto y, de repente, por fin, encontras el camino y salís de mi cabeza.
Es raro, me gusta estar sola porque me gusta conocer a gente nueva, y estando acompañado uno no se lo permite tanto, no puedo negar, igual, que es contradictorio. "Me gusta estar sola para conocer gente nueva". No tiene sentido, hasta hago sonar que considero descartables a las personas. Nada más alejado de la realidad. Siento que a veces tengo muy buena memoria para detalles que los demás consideran estúpidos, pero ¿no está ahi la magia, acaso? Que raro eso de llamar "magia" a lo que nos gusta, o quizás simplemente soy yo, dándole nombres a cosas que no lo son.. Intentando etiquetar. Todo tiene que tener su nombre, coherente, claro. No soportamos no saber como llamar a algo. No soportabas no saber como llamarme. El hambre me guía a la pizzería, y saludo a la gente como si la conociera. Me acuerdo de caras que no tienen nombre. Te hubieses desesperado. "Una promo uno, Tano", le digo. Como si todos los pizzeros fuesen italianos, ¿no dije ya que necesito ponerle un nombre a todo? Termino de comer mientras alguien me cuenta que se quiere ir a Europa entre mordiscos de empanadas de apio, nuez y roquefort. Me encantan esas empanadas, pero odio el apio y soy alérgica a las nueces. Hay sabores que anulan a otros, Y hay recuerdos que anulan a otros. Esta noche, definitivamente no te vas a ir de los laberintos de mi cabeza. Es como si estuvieses atrapado y yo, queriéndote guiar hacia la salida, hiciera que te pierdas aun más. Esta noche, definitivamente, también caminé mucho, pero la noche está linda, y me pone pensativa. Es peligroso pensar. O pensar, mucho. Se me acerca un perro, las manos me deben oler a pizza todavía. Sí, claro que como la pizza con la mano, para eso está diseñada por expertos. Me hace mimos, me pide comida, Busco en la cartera y siempre hay algo. Me recuesto un poco sobre él (¿o ella?) y descubro que también me gusta encontrarme con esas almas. Te reís en mi cabeza. Obvio que también tienen alma los animales. Y la discusión de nuevo. ¿No dije que hay recuerdos que anulan a otros?
Ya es hora de volver, me pesas adentro de la cabeza y me pesa el cansancio sobre los pies. No estaba tan lejos, después de todo. Me acerco a mi cuadra, y la veo como de lejos. Esta todo siempre tan igual, pero distinto, y ahí te veo en la esquina, sos vos el toque distinto y, de repente, por fin, encontras el camino y salís de mi cabeza.
jueves, 29 de enero de 2015
Pasado pisado
Me paro un pasito atrás, como para mirarme mejor y, paradójicamente, me siento más adelante.
Es tan lógico extrañar tiempos pasados... pero vengo a tirar por el piso aquella frase que dice que "todo tiempo pasado fue mejor". Por algo pasó, ¿no? Por algo lo dejamos atrás. ¿Por qué no habríamos de preservar el momento en el que sentimos que "todo estaba bien"?
Quizás haya cosas que no dependen de uno mismo. De hecho, HAY cosas que no dependen de uno mismo.
Es quizás, como la música. Siempre decimos que la música de otra época es mejor, que ansiaríamos haber nacido en el momento justo para ver tocar a The Beatles o para perdernos en festivales ochentosos, pero ¿no es lógico pensar, también, que la música que trascendió, la que hoy escuchamos y creemos icónica, fue justamente la que era buena? Hoy nos quejamos de la música contemporánea, quizás, porque vemos lo bueno y lo malo, y lo vemos de cerca. Quizás en el futuro alguien añore nuestra era musical porque la "música de mierda" fue olvidada.
Creo que lo mismo sucede con los momentos de nuestra vida. Nos topamos con algún obstáculo, algún cambio del presente que nos hace chocar contra la pared, e inmediatamente buscamos los conocido, lo familiar, lo que ya vivimos: el pasado. Suelen ser bastantes los momentos que siento esa especie de nostalgia, porque lo primero que se me viene a la cabeza son siempre los instantes lindos, los que disfruté y me sacaron sonrisas enormes, pero, de a poco, uno empieza a hacer memoria y aparecen con claridad las razones por las cuales uno hizo los cambios que sintió para estar hoy donde uno está. Creo que el presente es el mejor momento en el que podemos estar. Ni el pasado, ni el futuro. No vivir añorando, ni vivir planeando. Vivir viviendo. Y dejarnos sorprender.
Es tan lógico extrañar tiempos pasados... pero vengo a tirar por el piso aquella frase que dice que "todo tiempo pasado fue mejor". Por algo pasó, ¿no? Por algo lo dejamos atrás. ¿Por qué no habríamos de preservar el momento en el que sentimos que "todo estaba bien"?
Quizás haya cosas que no dependen de uno mismo. De hecho, HAY cosas que no dependen de uno mismo.
Es quizás, como la música. Siempre decimos que la música de otra época es mejor, que ansiaríamos haber nacido en el momento justo para ver tocar a The Beatles o para perdernos en festivales ochentosos, pero ¿no es lógico pensar, también, que la música que trascendió, la que hoy escuchamos y creemos icónica, fue justamente la que era buena? Hoy nos quejamos de la música contemporánea, quizás, porque vemos lo bueno y lo malo, y lo vemos de cerca. Quizás en el futuro alguien añore nuestra era musical porque la "música de mierda" fue olvidada.
Creo que lo mismo sucede con los momentos de nuestra vida. Nos topamos con algún obstáculo, algún cambio del presente que nos hace chocar contra la pared, e inmediatamente buscamos los conocido, lo familiar, lo que ya vivimos: el pasado. Suelen ser bastantes los momentos que siento esa especie de nostalgia, porque lo primero que se me viene a la cabeza son siempre los instantes lindos, los que disfruté y me sacaron sonrisas enormes, pero, de a poco, uno empieza a hacer memoria y aparecen con claridad las razones por las cuales uno hizo los cambios que sintió para estar hoy donde uno está. Creo que el presente es el mejor momento en el que podemos estar. Ni el pasado, ni el futuro. No vivir añorando, ni vivir planeando. Vivir viviendo. Y dejarnos sorprender.
domingo, 25 de enero de 2015
Desesperación I
El tiempo que dura el viaje de planta baja al cuarto piso me alcanza justo para observar en el espejo todos los defectos que había olvidado. Entro y tengo que tocar las paredes para ubicarme porque no cambié los focos. Quiero dejar de ser tan dejada, digo, y sigo dejándolo para después. "Está bien, estás deprimida" me digo, excusándome, siempre excusándome, siempre lo fácil, siempre la pila de basura en el escritorio que nunca me voy a decidir a tirar. Y sólo ordeno cuando viene alguien. Pero nunca viene nadie. Porque nunca invito a nadie. Porque quiero seguir teniendo la insostenible excusa para seguir dejando que mi vida sea un quilombo. Y así con todo. ¿Como mierda llegué a esto? me pregunto a las tres de la mañana, aunque todo el día lo haya pensado, sólo a esta hora me animo a formularlo. Y escupís palabras como si allá afuera alguien estuviese esperando leerlas.
No, piba ¿qué te pasa? Sos una más, y siempre vas a ser una más, en todo, en la vida de todos y qué me importa a mi si nadie en tu vida es "uno más", vos sos la que se complica, vivi la vida, cogé, drogate, reite aunque no entiendas, repetí las mismas frases que repiten todos que así capaz que conseguis a alguien que se quede en tu vida el tiempo suficiente para hacer sentirte un poco menos miserable que ahora. Así es la cosa, ¿cómo que no entedés? si es re fácil, No comás, meté panza, ufff ¿qué te pusiste?, igualdad de género pero a mi pagame la cena eh? no te hagás el boludo.
Me estoy ahogando en todo lo que me repiten y en los laberintos de lágrimas y gritos que nadie escucha porque ni siquiera son gritos y me niego a creer que tengo que hacer lo que me dicen que tengo que hacer y que tengo que tener la vida planeada a los 20. Y me doy la cabeza contra la pared hasta las seis de la mañana, y me duermo y me levanto al otro día a las dos de la tarde, otro día perdido, porque parece que las cosas útiles sólo se pueden hacer a la mañana, y pienso, y pienso, y pienso... ¿Qué pasaría si viviera en un piso once?
viernes, 23 de enero de 2015
Las papas fritas
Cada vez que mamá ponía la sartén al fuego y empezaba a cortar papas en bastones, nos invadía una especie de euforia incontenible, pero era, así también, efímera.
Las papas fritas eran la única comida que mamá nos dejaba comer con las manos, y esas manos, todas grasientas, eran para nosotras un símbolo de una larga lucha ganada.
"¿Mamá, en serio nos vas a obligar a comer papas fritas con tenedor?"
Era, sin embargo, un acontecimiento que se daba en pocas ocasiones, y que siempre nos dejaba con gusto a poco. Creo que todos podemos identificarnos un poco con esto: Cuando la última tanda de papas fritas salía, y, por fin, se apagaba la sartén, todas las tandas anteriores habían sido devoradas y nos sentábamos a la mesa con un plato de treinta papas fritas para siete personas.
Pero el corazón de mamá no le permitía impedirnos que las comiéramos antes de sentarnos.
Nos quemábamos las lenguas y las manos, a veces las comíamos hasta sin sal. Nos divertía verla luchando con las minúsculas gotitas de aceite que saltaban por todos lados. Salía una tanda y nos abalanzábamos. Pequeños dedos mezclados sobre un plato y estómagos que parecían nunca llenarse. Y mamá nos miraba desde la mesada de la cocina... Estoy segura de que le hubiese gustado gritarnos que paráramos, pero también estoy segura de que se maravillaba con esa danza de avidez.
Aquel día, mamá prendió la sartén, como cualquier otro día, y todas, entre risas, corrimos a la cocina.
Fue sacando tandas y tandas mientras nosotras comíamos, regodeandonos. Saladas, hiper saladas, algunas, y otras no tanto, como para equiparar. Las intercalábamos con grandes sorbos de agua y las pilas de servilletas de papel usadas iban multiplicándose descontroladamente.
Mamá seguía firme, mirándonos desafiante, sin alejarse de su puesto de batalla. Pelaba papas, cortaba, las hacia nadar en aceite y nos llenaba platos y platos de papas fritas.
Cerca de las cinco de la tarde, las seis nos miramos consternadas. Mamá no había dejado de cocinar papas fritas por cuatro horas y nosotras ya no podíamos seguir llevándonoslas a las bocas. Bocas paspadas por la sal, brillantes de aceite. Tomamos la decisión en silencio y yo me paré, pidiéndole "Mamá, basta, por favor, ya no queremos más papas fritas". Mamá dio vuelta la perilla de la cocina, se secó la frente con el repasador y con una sonrisa inmensa nos dijo "Esta vez, les gané".
Las papas fritas eran la única comida que mamá nos dejaba comer con las manos, y esas manos, todas grasientas, eran para nosotras un símbolo de una larga lucha ganada.
"¿Mamá, en serio nos vas a obligar a comer papas fritas con tenedor?"
Era, sin embargo, un acontecimiento que se daba en pocas ocasiones, y que siempre nos dejaba con gusto a poco. Creo que todos podemos identificarnos un poco con esto: Cuando la última tanda de papas fritas salía, y, por fin, se apagaba la sartén, todas las tandas anteriores habían sido devoradas y nos sentábamos a la mesa con un plato de treinta papas fritas para siete personas.
Pero el corazón de mamá no le permitía impedirnos que las comiéramos antes de sentarnos.
Nos quemábamos las lenguas y las manos, a veces las comíamos hasta sin sal. Nos divertía verla luchando con las minúsculas gotitas de aceite que saltaban por todos lados. Salía una tanda y nos abalanzábamos. Pequeños dedos mezclados sobre un plato y estómagos que parecían nunca llenarse. Y mamá nos miraba desde la mesada de la cocina... Estoy segura de que le hubiese gustado gritarnos que paráramos, pero también estoy segura de que se maravillaba con esa danza de avidez.
Aquel día, mamá prendió la sartén, como cualquier otro día, y todas, entre risas, corrimos a la cocina.
Fue sacando tandas y tandas mientras nosotras comíamos, regodeandonos. Saladas, hiper saladas, algunas, y otras no tanto, como para equiparar. Las intercalábamos con grandes sorbos de agua y las pilas de servilletas de papel usadas iban multiplicándose descontroladamente.
Mamá seguía firme, mirándonos desafiante, sin alejarse de su puesto de batalla. Pelaba papas, cortaba, las hacia nadar en aceite y nos llenaba platos y platos de papas fritas.
Cerca de las cinco de la tarde, las seis nos miramos consternadas. Mamá no había dejado de cocinar papas fritas por cuatro horas y nosotras ya no podíamos seguir llevándonoslas a las bocas. Bocas paspadas por la sal, brillantes de aceite. Tomamos la decisión en silencio y yo me paré, pidiéndole "Mamá, basta, por favor, ya no queremos más papas fritas". Mamá dio vuelta la perilla de la cocina, se secó la frente con el repasador y con una sonrisa inmensa nos dijo "Esta vez, les gané".
miércoles, 21 de enero de 2015
La era de la rapidez
Los aviones cada vez más veloces.
Los teléfonos cada vez más inteligentes.
La relaciones cada vez más fugaces.
Cada vez queremos la comida más rápido en nuestros platos.
Queremos leer reportajes sobre hechos ocurridos hace diez minutos.
No sabemos qué hacer en el baño sin el celular.
Nos sorprendemos cuando en una cafetería no tienen wifi.
Apurados, vivimos.
Qué triste no poder poner en pausa el mundo para disfrutar ciertas cosas.
Leer un libro sin sentir la necesidad de publicarlo en todas las redes.
Respirar en serio y sentir el aire, no respirar sólo para sobrevivir.
Cocinar despacio, sin poner el fuego alto para acelerar la cocción.
Dormir sin despertador.
Charlar mirándonos a los ojos.
Amar mirándonos a los ojos.
Que pena, que para esas cosas, ya no haya tiempo.
Los teléfonos cada vez más inteligentes.
La relaciones cada vez más fugaces.
Cada vez queremos la comida más rápido en nuestros platos.
Queremos leer reportajes sobre hechos ocurridos hace diez minutos.
No sabemos qué hacer en el baño sin el celular.
Nos sorprendemos cuando en una cafetería no tienen wifi.
Apurados, vivimos.
Qué triste no poder poner en pausa el mundo para disfrutar ciertas cosas.
Leer un libro sin sentir la necesidad de publicarlo en todas las redes.
Respirar en serio y sentir el aire, no respirar sólo para sobrevivir.
Cocinar despacio, sin poner el fuego alto para acelerar la cocción.
Dormir sin despertador.
Charlar mirándonos a los ojos.
Amar mirándonos a los ojos.
Que pena, que para esas cosas, ya no haya tiempo.
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