miércoles, 29 de julio de 2015

Llegaste

Llegaste esperando demasiado de mi.
Me cuesta sentirme idealizada.
Soy una más ¿sabes?
Porque yo sí lo sé.
Tengo claro que lo más probable
es que en tu vida, sea intrascendente
¿te acordarás dentro de algunos años?
¿nuestras charlas volverán a hacerte pensar?
¿por qué necesito que me recuerdes?

Llegaste, nunca conformista.
Siempre exigiendo más de mi mente
y más de mi cuerpo.
Poniéndome a prueba una y otra vez.
Ofendiéndote cuando te daba la razón,
sin antes darte discusión.
Y me dejás pensándote,
infinitamente.
Y me dejás autocriticándome,
como siempre.
Me quedo acá, mirando una hoja
y vos mirando quién sabe qué.
Efímero como todo con vos.
No puedo pedirte nada,
y puedo ofrecerte menos.
Pero...
¡Ay, tu mente navegando los laberintos de la mía!

Llegaste, haciéndome creer que era mucho,
cruel.
Más alto y más duele hundirme.
Más rápido y más por qués me invaden.
No puedo forzar nada, lo sé.
Justamente por eso
no puedo evitar sentir lo que siento.
Después de todo, tengo que dejarme ser,
y si soy esto,


no queda otra.

lunes, 13 de julio de 2015

Reflejo

Nos sentamos uno el frente del otro y, mirándonos a las caras, casi inevitablemente lo decidimos.
Era hora.
Comenzamos con las cosas más grandes, las que más recordábamos, pero no por eso las que más huellas habían dejado.
Era curioso observar cómo a medida de que iban pasando las horas y desfilando a través de nuestras bocas las palabras, todo iba cobrando un sentido más trascendente.
Entonces, el recordar el dolor de un cuchillo clavado por casualidad, o la quemadura con algo sacado del horno, desencadenaban una serie de sensaciones que ni siquiera eramos conscientes de haber experimentado.
El olor que a vos te llevaba a tu infancia, a mi me llevaba a la farmacia en la que había laburado por primera vez, y en la que -por primera vez, también- tuve que defenderme solita. Y yo te hablaba de farmacias  y a vos se te aparecía tu vieja, diciendo que farmacéutico y murciélago son dos palabras que contienen todas las vocales y, de pronto, yo me acuerdo de los tres tomos de los diccionarios de la RAE que mi abuelo cuidaba como oro, eran sin dudar su posesión más preciada, y vos te acordás de tu gata, que se llamaba Dora, pero que tuvieron que cambiarle el nombre cuando descubrieron que en realidad era gato y le pusieron Comodoro para que el pobrecito no sintiera que perdía tanto la identidad.
Y así seguíamos agregando cosas, sumando y sumando. Pasaban las horas y las cuestiones banales como el nombre de tu gata-gato dejaban de serlo. A todo le encontrábamos texturas, gustos, olores y francamente era evidente que nuestra sensibilidad estaba a flor de piel. Y no podíamos callarnos, porque hasta con los silencios nos contábamos cosas y porque cuando las palabras no podían describir lo que sentíamos, nos transmitíamos esas sensaciones mentalmente. Y entonces vos estabas en mi farmacia. Y conocías a Natalia. La conchuda de Natalia, y sabías que yo te la describía mucho peor de lo que realmente era, pero entonces la farmacia no era sólo la farmacia, sino que era todo lo que yo había sentido ahí. Y tu vieja diciendo murciélago era en realidad mucho más que eso porque era ella cubierta de harina diciendo murciélago mientras amasaba pizzas y mientras vos te acordabas de las cosas que habías hecho en esa mesada. Y era también el ruido de las chicharras la noche de verano en la que te desvirgaste y la pibita que te comiste en una fiestita de quince, y ni siquiera hacía falta que me cuentes porque bastaba, simplemente, con que abrieras tu mente y me dejaras a mí, encontrar esos pedacitos de tu vida que hasta vos habías olvidado. Y lo mismo yo. No me daba miedo que veas, que sientas, que mires con mis propios ojos a la conchuda de Natalia que ni siquiera es tan conchuda, pero bueno. Y que sintieras como me dolió que mi abuelo me gritara cuando tiré café en el último tomo, a la altura de "ramificar", y no tendrá todas las vocales esa palabra, pero te aseguro que él me puteo con letras que ni yo sabía que existían.
Habíamos llegado a un punto tal del ejercicio que yo me sentía más en vos que en mí misma, y me empezaba a dar un poco de miedo porque cuando, en medio de toda esa vorágine de recuerdos y sensaciones, abrí los ojos, no te ví a vos.
Me ví a mi misma, del otro lado de la mesa, con los ojos cerrados.
Todo se me había dado vuelta.
Y de pronto me veo, abriendo los ojos del otro lado de la mesa y notando un brillo en ellos que nunca había visto ni en el espejo, ni en fotos, ni en ningún lado.
Y miro mi cara, desfigurada por la confusión ¿Era yo o eras vos mirándome?
Como si fuésemos uno el reflejo del otro, subimos las manos a la altura de nuestras caras. Y ahí lo vimos.
Gran cagada nos habíamos mandado.

martes, 7 de julio de 2015

Remera finita

El chirrido del timbre lo arrancó del sopor en el que las imágenes del televisor lo habían sumido. Se llevó el cigarrillo a la boca, aspiro profundamente y lo dejó apoyado, consumiéndose en el platito de porcelana blanca que hacía las veces de cenicero. Se levantó pesadamente, tomó el teléfono del portero e intercambió un par de palabras. Lentamente (o quizás tan sólo así lo sentía) recorrió la distancia que lo separaba de la puerta de su departamento. Bajó los dos pisos, como sorteando obstáculos, pero agradeciendo que la calefacción central le permitiera vestir tan sólo joggings y una remera finita en pleno invierno.
Sonrió al verla a través de la puerta de vidrio que, por cierto, clamaba una limpieza a gritos.
Apenas se le veía una porción de cara, y aún así pudo adivinar que estaba sonriendo emocionada mientras, sin adolecer de cierto esfuerzo, levantaba el antebrazo para saludarlo con la mano enguantada. Todo su cuerpo aparentaba un gracioso y descabellado tamaño, debido a las múltiples capas de ropa que, esa tarde gris, vestía.
Entre risas, le abrió la puerta, y por un instante, la remera finita no fue suficiente para hacer frente al viento helado que entró acompañándola. Subieron, codo a codo, los dos pisos mientras comentaban alguna que otra cuestión banal.
Que el colectivo había tardado, que no sabés lo que me pasó en la parada, que hoy no almorcé así que alimentame, porfa.
Ya dentro del departamento, con la puerta cerrada y el televisor de fondo, comenzó el espectáculo que él tanto disfrutaba: Sin dejar de hablar, comenzó a despojarse de lo que la cubría. Primero dejó la mochila en el sillón, al tiempo que le contaba la cantidad de perros callejeros a la intemperie que había visto en el camino; luego se desenredó los auriculares del cuello, comentando algún ejemplo dado en alguna clase por algún profesor; más tarde fue la gruesa campera, dejando ya, ver el tamaño real de su cuerpo: "hoy tomé un litro de té"; llegó el turno de la bufanda, enroscada también con sus mechas larguísimas, la vio combatir con ella mientras su monólogo discurría sin interrumpirse, quizás le hablaba sobre una foto que había sacado y que luego le mostraría; casi inmediatamente la observo saliendo deliciosamente del último pulóver que (¡al fin!) la dejaba vistiendo una remera finita.
Cayó, con un suspiro, en la silla más cercana, medio riéndose de la ridícula montaña que su ropa había formado en el sillón, y se inclinó hacia él, regalándole un beso bastante largo, poniendo un freno, por primera vez desde que había llegado, a sus palabras.
En ese instante, él descubrió por qué adoraba tanto ese ritual invernal. No hace mucho que compartían su existencia el uno con el otro, quizás todo había sido muy rápido, eso decía la gente, pero ¿contaba realmente el tiempo cuando los sentimientos eran así de fuertes?
No necesitaban explicaciones, pero él se dio una en ese momento: verla desvestirse de a poco, mientras le contaba de su cotidianidad, reflejaba infinitamente su simpleza y era, conjuntamente, una analogía para la manera en la que, sencillamente también, le había desnudado su mente.

martes, 23 de junio de 2015

La edad del sol

"¿En serio todo esto está en mi cabeza? Sólo es cuestión de buscar y seguir buscando. Escarbar, sin querer llegar a ningún lugar. No tiene sentido el objetivo, si es impuesto ¿Y qué no es impuesto? Con esta premisa, todo lo que diga será una contradicción."

No importaba la edad, y ésto es también contradictorio, pero eso ya fue advertido. Se calentaba las manos alrededor de una taza de té de proporciones considerables, y el humo cancerígeno, pero tranquilizador, entrando y saliendo de sus pulmones. Hacía frío afuera. Esos días eran de sus predilectos, y había tomado la costumbre de dedicar un momento del día para sentarse, en posición de indio, en el balcón, con la cara vuelta a los rayos del astro Rey.
Había pasado cierto tiempo desde el último cataclismo emocional, parecía que las cosas, finalmente, se estaban ordenando. "¿Ordenando según qué?". Quizás esa quietud, esa estabilidad, ese estar-en-el-medio constante, la estaban apagando, entibiando. "Y lo tibio se vuelve frío, tarde o temprano". 
¿Valía la pena enfriarse? Era una suerte de sacrificio. Una alineación, para poder convivir en sociedad. "Adecuarse, el contrato social". Las reglas, la moral y las buenas costumbres, y algo llamado "la normal tolerancia" constituían una prelación de modos de comportamiento. Tenía que superar sus "enojos" con la sociedad. Ellos "no la iban a llevar a ningún lugar que valiera la pena". Pero estaba en una encrucijada. Cualquier camino significaría un autoboicot: subordinarse o marginarse.
Gustaba de estar con ella misma, pero no era solitaria. Se reía, de esa ironía. Se reía, porque su única fuente de calor (físico y emocional) era el sol. Se reía porque hasta había decidido dar, exclusivamente, un momento a pasar en su compañía.
Se reía, y se reía de nuevo, Soledad.

viernes, 19 de junio de 2015

Pedacitos

Cuando te conocí eras tan sólo vos. Bueno, vos y todas las personas que en algún momento habían pasado por tu vida. Hasta las más efímeras. Hasta las que te habías cruzado en la calle, apurado y sin pensar. Eras un conjunto de almas, y cada vez que alguna te pasaba cerca, te dejaba un pedacito de ella. Y, entonces, cuando te conocí, todos esos pedazos, algunos grandes, otros más chicos, ya casi no te cabían en el cuerpo. Yo te veía a punto de explotar, y lo más gracioso (o inquietante), es que ni siquiera parecías notarlo. Ibas tranquilo, recopilando pedacitos a tu paso. En cualquier momento iban a comenzar a salirte por los poros.
Me dabas un poco de miedo. Quería aliviarte la carga, pero eso hubiese sido un acto de egoísmo. Te hubiese estado despojando de algo tuyo, porque todos esos fragmentos, ya eran parte de tu propia alma.
Nunca había visto algo así, y no podía dejar de mirarte, y de buscar entre toda esa mezcolanza, la partecita que yo te había dejado. En un acto de soberbia, comencé a buscarme entre los más grandes, los más notorios: me consideraba importante en tu vida y eso me alcanzaba para deducir que lo que yo te había dejado tenía un tamaño relativamente considerable. Me decepcioné crudamente al no encontrarme, herí mi propio orgullo, y, con la cabeza medio baja, empecé a inspeccionar los pedacitos más pequeños, los minúsculos, en los que (a decir verdad) me aterraba encontrarme.
Había de todo, eras tan transparente, me permitías mirar tan profundamente tu interior que había veces que dudaba que realmente ese fuese tu interior ¿Y si todos podían verte así? ¿Qué me hacía pensarme especial, única? Había algo que me lo decía. Pero no era algo comprobable, al menos no de las formas convencionalmente aceptadas. De todas maneras, el tener la oportunidad de mirarte, y no sólo con los ojos, me hacía feliz. Me hacía feliz, también el no encontrarme entre esos fragmentos que conformaban tu ser. Ese crisol, ese inexplicable suceso.
Yo sabía que vos si eras especial, en todas las variable posibles, y a mí, no me importaba no serlo. Quizás, el no verme en vos, significaba algo. Tal vez significaba que yo aún no había pasado por tu vida. Que no había pasado. Que lo que dejaría en vos se estaba gestando, lo estábamos formando. Quizás significaba que aún nos quedaba tiempo. Podría elaborar miles de hipótesis ad-hoc que dijeran lo que yo quería escuchar, que hicieran que mis deseos más profundos quedaran satisfechos, o explicados. Quizás debería dejar de buscar explicaciones para todo, pero quizás, también, lo que buscaba no eran explicaciones, sino razones. Tiene poco sentido, igualmente.
Lo cierto es que sentía que todavía tenía tiempo, y que podíamos hacer grandes cosas con ese tiempo.
Podía agradecerte, por dejarme mirar.
Podía contarte, que podía mirar.
O podía, mucho más lógica y sinceramente, aceptar que vos ya sabías que estaba mirando, que lo hacía con tu permiso y que, estabas dispuesto, también, a usar el tiempo.
Así que me quedé en silencio.
O, más bien, te dije todo, en medio de nuestros silencios.

miércoles, 17 de junio de 2015

Celulitis

Episodio 1:
Corta edad. Menos de diez años, probablemente. Sentada en el asiento de atrás del auto. Vistiendo shorts, piernas al descubierto. Me toco, como apretando y veo que pequeños pocitos aparecen en mi piel. "¡Mamá, mirá lo que me pasa en la pierna!". Escucho que es algo normal, que se ocasiona por las acumulaciones de grasa en la piel. Me sigo divirtiendo, descubriendo otros lugares de mi cuerpo, que al presionar, hacían aparecer esos relieves.
Episodio 2:
Comienzos de secundaria. Piernas largas, producto de un crecimiento de altura un tanto más prematuro. Cambio de uniforme. Pollera corta. Los pelos en las piernas comienzan a incomodar. "¿Mamá, podés llevarme a depilar?".
La depiladora, como al pasar comenta: "¡Qué lindas piernas! Y, encima ni tenés celulitis."
Episodio 3:
Salida de clases de danza. Todos compran cosas en el kiosco para merendar. Yo amo las papas fritas. Compro un paquete. Una compañera, dos años mayor que yo, mira con desaprobación: "Eso tiene muchas grasas, te saca celulitis"
Episodio 4:
La misma depiladora de la primera vez comenta: "Se te está empezando a notar la celulitis, si querés, te puedo hacer un tratamiento re efectivo, tomá te dejo la tarifa."
Mamá dice que se soluciona con ejercicio.
Episodio 5: 
Verano, en la pileta. Plena adolescencia, rodeada de amigas. Escucho que comentan, señalando a otra chica: "Mirale el culo a esa, qué celulítica."
Me miro el culo yo. "¿Seguro que se soluciona con ejercicio, ma? Las chicas dicen que no hay que comer grasas."
Episodio 6:
Lloro mirándome al espejo. Ya no es divertido apretar sitios de mi cuerpo que hacen que los relieves sean más notorios.

Y ahora, años después, cada uno de estos episodios sigue vivo en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez, intentando apropiarse de mi salud mental. Y no es sólo la celulitis. Es el peso, la cintura, las tetas, los granos, los pelos, la panza, los rollos, el discurso de "las gordas de mierda" una y otra vez.
¿Cómo me protejo? ¿Se detiene en algún momento? ¿Puedo lograr que se detenga, aunque sea para alguien?
El bombardeo de estereotipos es incontenible, y tengo que soportar ver llorar frente al espejo a chicas como yo, una y otra vez. Y me tengo que soportar a mi misma, llorando frente al espejo, una y otra vez. Y no solo lloro porque me miro al espejo y no veo el cuerpo perfecto que imponen las revistas; lloro, también, porque hoy, después de tanto tiempo, todavía sigo creyendo que ese, es el cuerpo perfecto.

viernes, 12 de junio de 2015

Yo

Mi continuo error está en querer encajarme, a toda costa en alguno de todos los planes que están "aprobados" por la sociedad. O estudias, o laburas. Se ve que no hay mucho más además de eso. Súmale alguna que otra variante, pero probablemente no llegues a algo que difiera demasiado. Carreras ya trazadas por alguien, trabajos verticalistas, en los que te conviene decir que si todo el tiempo y ser sumiso. No cuestionar más de la cuenta. Y reglas, reglas por todos lados. De las que están escritas, pero más aún de las implícitas. De esas en las que nacemos y con las que crecemos, con las que nos formamos.
Pareciera que ya está todo dicho. La sucesión jardín de infantes-primaria-secundaria-facultad-postgrado-trabajo estable casi que no admite escapatoria. Y como que todos aspiramos a eso, no? El fin último es poder tener la mayor cantidad de plata con el menor esfuerzo posible. Pero ojo, tampoco temes que parecer un pajero, porque sino "no te mereces lo que tenés". Y seguimos sometiendonos a críticas ajenas. La sociedad entera mirando, escrutando que no te salgas del plan que ella formuló para vos. Y decidiste no estudiar? Y bueno, te toca laburar entonces, pero nunca vas a poder lograr lo que un postgrado te hubiera dado, que pena por vos. Y planeas estudiar algo poco rentable? Y si no "la pegás", esta bien, necesitamos de eso, no todos podemos llegar a tener mucha plata, no tendría sentido. Y en serio no querés tener hijos? No te querés casar? Que triste, que egoísta, vas a envejecer solo y triste. 
Tenes que devolverle a la sociedad todo lo que ella te dio tan desinteresadamente. Dale, un poquito de competitividad y ambición no le hacen mal a nadie, crezcamos juntos (pero siempre bajo las mismas reglas, eh, el progreso siempre va a ser lo que ella diga que lo es)
Y en donde entro en medio de todo esto? 
Me encierro en un objetivo que, por un breve instante, creo sentir propio. Pero la cosa es que nada es mío, y al tiempo todo lo es. Porque yo también soy esa sociedad. Yo también contribuyo a perpetuar todo lo que repudio. Yo estudio una carrera que no me gusta, que no disfruto, yo proyecto un futuro en el que "tengo que sacrificarme" para lograr el tan anhelado objetivo. Yo lloro, pero no escapo. Yo se que lo que hago no está bien, pero no lo cambio. 
Pero si no, en donde encajo? Ah, y esa manía de encajar, también nos conviene, eh. 

jueves, 11 de junio de 2015

Rutinaria

Abro los ojos a las siete menos algo de la mañana. Había acumulado unas pobres 7 horas de sueño en dos días, y el primer pensamiento que se me viene a la cabeza al escuchar el despertador es "hoy salgo de cursar y me duermo alta siesta". Renuncio a ducharme para quedarme unos minutos más tapada hasta la nariz mientras veo como tímidamente la luz comienza a entrar por el balcón. El sábado había bajado la persiana y se había quedado entreabierta desde ese entonces. Se dibujan paralelas de luz y sombra en la pared y me imagino cómo la luz del teléfono me debe estar iluminando la cara mientras scrolleo y mientras el resto de mi cuerpo sigue sumido en esa tenue oscuridad.
Siete y veinte y decido que es hora de levantarme, decido también que hoy no tengo ganas de maquillarme y que ni en pedo me pongo un jean. Menos que menos corpiño. Clavo calzas y varias capas de buzos (me fijo en el pronóstico, 9 grados, uf).
Voy a la cocina y pongo la pava eléctrica, si quiero ir caminando tengo que salir antes de las ocho para llegar a horario.
Reviso la mochila, meto el cuaderno y el Dostoievski que estaba leyendo anoche y de repente me decido a ir en bici.
No puedo llevarme el vaso térmico, entonces, no lo voy a llevar lleno adentro de la mochila, sería un desastre. Opciones: me tomo el té ahora o lo llevo vacío y lo lleno en el dispenser de la facultad. Segunda opción.
Me olvido de mirar la hora y bajo con la bicicleta por el ascensor mientras a través de los auriculares suena una de Led Zeppelin. Pienso en todos los que me dicen que no vaya con auriculares mientras ando en bici. Y bue.
Hace frío, la puta madre. No siento los dedos. ¿Hace cuánto no iba en bici a la facultad? Ni me acuerdo por qué dejé de hacerlo. Esquivo gente en la bicisenda y llego a destino. Entro por una puerta que no uso nunca y medio que me desubico. Cargo el agua para el té y veo que son las ocho y nueve. Tengo banda de tiempo. Voy a la puerta del aula y me siento en uno de los banquitos a leer y tomar el té. Se sienta un hombre al lado. Está comiendo un chocolatín Arcor mientras tararea Arrancacorazones de Attaque 77 y tiene la música tan fuerte que hasta la puedo escuchar a través de sus auriculares. Me empieza a molestar. Además hace ruidos de mocos, ugh. Viene una chica y comienza a hablar con él. Listo, me desconcentré completamente y no puedo seguir leyendo. Agarro el celular y mando un mensajito de buen día. Respondo en los grupos de whatsapp, tuiteo pelotudeces. Llega el ayudante alumno y me pongo a charlar con él. Me gusta cómo se viste. Qué pensamientos banales que tengo. Hoy él nos va a dar su primera clase. Estoy siendo la primera alumna de alguien, me sonrío.
Entramos al aula, éste chico da mejores clases que la profesora adjunta. Llega la profesora adjunta y vuelve a envolverme la nube de aburrimiento, su voz me adormece y me molesta que fume adentro del aula. Prenda, anticresis, hipoteca, registro de la propiedad inmueble.
Al fin las diez de la mañana. Me suspendieron la clase de las diez, voy a la biblioteca a buscar a mis amigas. Me charlan, me prestan resúmenes de la materia que rindieron el lunes y que yo ni empecé a preparar. Llega una con un termo y nos cuenta que tuvo sueños horribles toda la noche. Me tomo un par de mates y me voy.
Salgo de la facultad y antes de subirme a la bici llamo a mamá y voy hablando con ella con los auriculares mientras vuelvo pedaleando a casa. Me reta porque dice que tengo que ir prestando atención, pero igual seguimos hablando. En la subida de Montevideo tengo que bajarme y llevar la bicicleta caminando porque no me da el aire, que estado físico del orto que tengo. Calculo el tiempo que tengo para dormir siesta (vuelvo a cursar a las dos de la tarde).
Llego a casa y a mi cuarto que es un quilombo. Media pila, Ale. Me pongo a ordenar y por inercia traslado el impulso a otros rincones de la casa. Ahí comienzo a pensar en escribir esto. Todo lo que quería hacer era llegar y dormir y ahora estaba ordenando y limpiando el departamento ¿qué me había hecho cambiar de decisión?
Imagino hacia dónde puede llevarme un texto de estas características y me pregunto por qué todo tiene que tener un rumbo, por qué todo tiene que responder a cierta funcionalidad. Se me vienen a la cabeza distintas respuestas. Me acuerdo de una conversación. Entro a whatsapp, busco la conversación en cuestión, copio los mensajes que me interesan y me los mando a mi misma por mail.
Agarro la netbook de mi hermana, abro mi casilla y mando a imprimir. Todavía no logré que la impresora reconozca a mi computadora y me frustra. Guardo la hoja impresa junto con un par de cartitas que tengo y me acuerdo que hay dos fotos que quiero imprimir hace rato para pegarlas en la pared. Miro la hora: una menos tres minutos. Decido bajar a la gráfica de la esquina para que me las impriman en papel ilustración. Justo llega mi hermana. Me pregunta si voy a almorzar. Le digo que no tengo tiempo, que curso a las dos y tengo que salir un cachito antes para no llegar tarde, que me da paja cocinar y que estoy por bajar a la gráfica. Me dice que prenda el horno y que ella mete una pizza en un toque así como algo. Prendo el horno, salgo. El ascensor tarda mucho en venir, bajo por las escaleras. Cuando vuelvo ya casi está lista la comida. son la una y diecinueve. Corto la fotos y las pego en la pared y me llama a comer. Comemos, le cuento de una entrevista de trabajo de ayer y decido que voy a ir en colectivo a la facultad porque se me hizo tarde.
Llego dos y siete y todavía no había comenzado la clase.
Vuelvo caminando a casa y se me ocurre que quiero entrar a un centro cultural que me queda de pasada para regalarme a mi misma un poco de cosas bonitas para la mente. Llego y está cerrado, me frustro.
El ascensor está en el piso once, así que voy por las escaleras. Me fijo si llegó algo del correo, nada.
Tengo que ponerme a resumir. Me sirvo el café que quedó en la cafetera y lo pongo en el microondas, lavo los platos del mediodía. Amiga de hermana toca el timbre, ella baja a abrirle y yo me siento en la mesa a ver si me concentro. Pasan algunas horas, charlamos algo entre las tres, tomamos algo de mate.
Les digo que si quieren bajar a comprar algo para comer. Son las siete y dos minutos, bajamos y aprovecho para ir a buscar la ropa que está desde el viernes pasado en el laverrap. Vamos a uno de esos Carrefour chiquitos y compramos unas Frutigran y un queso untable (no planeamos comerlos juntos, tranqui). Volvemos, ya comencé a charlar por whatsapp y y a scrollear en Facebook y a comer y a charlar más con hermana y amiga de hermana y ya me desconcentré completamente. Hago un esfuerzo descomunal y termino con los cinco párrafos que me quedan. Se va amiga de hermana. Pongo música. Abro blogger y comienzo a escribir esto que no se a dónde va, pero ¿por qué todo tiene que ir hacia algún lado?

domingo, 7 de junio de 2015

La playa IV

Y una tarde que no recuerdo con mucha alegría, me llegó la noticia. No está claro en mi cabeza si tuve tiempo de despedirme, si pudimos prometernos un reencuentro, pero lo cierto es que un día llegó el momento y Nico y su mamá se mudaron. No sólo de casa, no sólo de ciudad, sino también de provincia. No era consciente de los kilómetros que nos separarían, creo que en mi mente el concepto de lejanía aún no estaba arraigado.
Se me fueron sumando los años, con pocas inquietudes acerca de él. Lo tomaba como algo natural, un ciclo. No busqué noticias, tampoco es que era fácil encontrarlas en esos años, y poco a poco se fue esfumando. La distancia física se había convertido, sin que lo notara, en una distancia configurada, completa.
Se mezclan recuerdos de los primeros años de la secundaria, y no puedo hablar de mucho más que de mi vida. Mi yo de 5 años definitivamente no tenía casi nada que ver con le pequeñita mujer que estaba surgiendo es ese tiempo. No voy a idealizar, no voy a mentir diciendo que recordaba a Nico, porque claramente no fue así. Pasó a ser una de las tantas personas que habían formado parte de mi infancia. No mucho más que eso. Me acordaba de algunas anécdotas, pero no era algo continuo ni mucho menos. Ni que hablar de encontrarme imaginando qué sería de su vida, no recuerdo ni una vez que lo haya hecho. Simplemente pasó.
Mucha gente pasa en nuestras vidas, me abruma pensar o calcular cuántas personas me cruzo por día. Cuántas personas forman parte de mí, aunque sea ínfimamente. Cuántas personas me estoy "perdiendo" de conocer. ¿Qué sucedería si hablara con una de las tantas que me cruzo en un colectivo? ¿Cuánto tiempo me tomaría olvidarla? Si nos olvidamos de personas importantes ¿cómo no habríamos de olvidarnos de aquellas con las que tuvimos no más que fugaces encuentros? Y por último ¿la gente merece nuestro olvido?
Es claro que esta no iba a ser la excepción, el perder el hilo y divagar, al parecer, es una cualidad inherente en mí.
Cumplí 14 años y clavé la bandera de adolescente rebelde en mi cuarto (ahora mi universo no era mi manzana, se había recluído a las cuatro paredes de mi habitación), y cuando terminó el año y comenzaron las vacaciones, mamá decidió que necesitábamos darnos un respiro e irnos unas semanas de la ciudad.
Iba a conocer Brasil por primera vez. Iba, también, sin sospecharlo, a desenterrar recuerdos dormidos.


(volví)

viernes, 5 de junio de 2015

El resumen

He notado, que cuanto más avanza mi vida, más fácil me resulta resumirla. Quizás sea una cuestión de desesperanza, o tal vez sea mera claridad. Pero los momentos significativos, o que forman parte de lo que creo que soy, brotan fácilmente de mi boca cuando me preguntan quién soy.
Y no es que hoy sepa más quién soy que hace un par de años. De hecho no.
Lo siento como una suerte de resignación.
No es la misma respuesta la que doy a cada persona que me formula esa pregunta. Aprendemos a saber qué es lo que quieren escuchar. Aprendemos a adecuar nuestras respuestas según quién sea el que las vaya a oír. Por eso siento que no es que hoy sepa quién soy, sino que hoy (y así en adelante) tengo más capacidad de resumen, de concisión.
Divido mi vida y mis experiencias en pequeños instantes, que reagrupo de acuerdo con quién sea mi interlocutor.
Nunca llegamos a entregar todos esos instantes a una sola persona.
Y no es que no los recordemos. Es que estamos cada vez más acostumbrados a hacer una rigurosa selección de los momentos de nuestra vida que decidimos compartir con otra persona. Un resumen del gran resumen.
Los repasamos meticulosamente, para confirmar que se adecuen a la pregunta formulada. No decir ni de más, ni de menos. "Hay que ser claros y concisos, chicos".
¿Será concebible que alguna vez, otra persona pueda conocer completamente, el gran resumen?

lunes, 1 de junio de 2015

Los días puente

Vengo dibujando en mi cabeza esta idea hace rato. Suelo sentir que hay días que transcurren siendo una cuenta regresiva hacia un encuentro.
Pero ¿pierde su sentido el día? O más bien ¿es menos importante que esos "días memorables"?
Son días puentes, hacia encuentros de diversa índole: un recital, un viaje, volver a algún abrazo, hasta podría decir, incluso, el día de un parcial.
Quizás ese sea el único sentido de la mayoría de nuestros días: mantenernos expectantes, recorrerlos pensando constantemente en aquello que viene en aquel futuro.
Contradictorio con el famoso "vivir el presente".
Pero ¿y si ese presente es justamente eso? ¿está mal la espera? o bien, ¿está mal disfrutar la espera?
La espera por ella misma.
Quizás el no permitirnos ese disfrute sea también un modo de mediocridad o un acto contra nuestra propia sinceridad. Un acto contra lo que realmente queremos.
"Es una cuestión de equilibrio, de grados"
No creo que esté mal desear tanto algo, que el día que transitamos, lo hagamos con ese algo en nuestra cabeza.
Probablemente sea ser francos con nosotros mismos y dejar en claro que los días puente tienen su función, y que no por eso, vamos a valorarlos menos.
Siempre me aterró el cálculo de cuántos días han pasado desde que nací, comparado con la suma de los días que realmente recuerdo.
Claramente, los días puente son los que más se pierden en los recovecos de la memoria.
La mayoría de los días que vivimos son días puente que unen, de cierta manera, los días "relevantes".
¿Por qué no habríamos de valorarlos, entonces?
Vengo a resignificarlos, a proponer que los vivamos siendo conscientes de que, probablemente, no los recordemos, y sabiendo que, por eso mismo, no vamos a poder vivirlos de nuevo. (A los días memorables uno vuelve a revivirlos varias veces en su cabeza). Entonces, que se yo, disfrutémoslos, rindámosle una suerte de homenaje dejando que se pierdan en la memoria, olvidándolos, viviéndolos sabiendo que así va a ser.
Adiós, día puente.

domingo, 31 de mayo de 2015

El huracán

silencio a gritos.
no dejaba de enredarme entre tus extremedidades,
de extremarme en tus enredaderas.
está todo tan revuelto...
y quere(mos) revolución
yo no sé si me quejo
o agradezco
o me quejo de estar agradeciendo
o agradezco estar quejándome
yo no sé




(y sigo teniendo sed)
(y sigo acá, waiting for you
como en esas canciones cool de ahora)

jueves, 21 de mayo de 2015

Vuelta

Llovía, y hacía calor, con el insoportable vapor que emanaban las veredas, colándose entre las piernas, logró llegar, empapado, medio por la lluvia y medio por el sudor, a la puerta del edificio. Protegía el cuaderno del agua, y esa acción le daba rabia, no había nada de verdadero valor entre esas dos tapas de encuadernado barato. O bueno, si, el montón de hojas en blanco que quedaban tenían mucho más valor que las mediocres palabras garabateadas en el medio de ese cuadriculado horrible, que simulaba estar tragándoselas, gritándole que su único propósito era hacerlas desaparecer. Hasta el cuaderno le decía que estaba escribiendo mal. Al final no te gusta tanto la sinceridad, che. Una gota encima de la otra y las ganas irreproducibles de tirar el cuaderno por el balcón y tirarse él atrás. "Pero me tiré porque quería salvarlo". Se sonrió imaginando la escena de falso heroísmo y se golpeó la cabeza una vez más contra la pared, con el odio de saber que nunca jamás iba a ser capaz de recrearla. Es que vos no servís para estas cosas, tendrías que haber hecho como los demás y quejarte de la jornada laboral de ocho horitas y listo, qué tanto. Pero no, siempre por el lado difícil ¿Y para que? Si al final estas acá siendo igual (o más) infeliz que todos los demás. Quizás sea un tema de personas y no de rumbos, pero no convence mucho esa explicación. Quizás sea cuestión de que tu rumbo es ser esta miserable persona. Y siempre enfrascándote en pensamientos que te hunden, nunca nada positivo ¿y para qué? Si de lo positivo lo único que sacás son mediocridades más mediocres que tus mediocridades habituales. ¿Hasta qué punto vas a llegar?
Seguía caminando en círculos en el cuarto, golpeando esporádicamente un mueble, un vidrio, una pierna, una cabeza y un "por qué" constante. Un constante "para qué". ¿Para que rompí con todo lo que supuestamente odiaba? ¿Para estar hoy bajo esta lluvia preguntándome "para qué"? Un loop infinito, una desdicha constante, una miseria sin escapatoria y manos que rasguñan puertas pidiendo a los gritos salir y pensamientos que se agarran fuerte de las puertas de la mente pidiendo quedarse. Cuanto más exteriorizás, más te queda adentro y paradójicamente te crece más y más y ya no hay manera de sacarlo porque nadie entiende, y en el fondo no querés que lo entiendan. No querés esto para todos ni lo querés para vos, pero la felicidad es algo tan falso, tan efímero, y eso que la tristeza es efímera, eh. pero te acostumbras a vivir en una inestabilidad constante en altos que duran segundos, pero que son intensísimos y en bajos tan largos que creen hacerte creer que por fin llegaste a la mediocre, horrible, inmunda estabilidad que ves en los ojos de todos los demás. Y miras en las caras de los que viajan al lado tuyo en el vagón. Ojos que no sirven para nada, más que para leer discursos que luego van a repetir sin entender, sin cuestionar, sin enojarse porque saben de dónde vienen y por qué dicen lo que dicen. Y te das cuenta de que no es lo que querés. No querés ser una persona que cree que es libre porque sos demasiado consciente de que no es algo que en este mundo sea posible. Ni en este ni en otros, y mandás a cagar al pelotudo que dice que el hombre libre es el que piensa. Acá estoy, sentado en el baño de este departamento horrible, pensando, borracho, pero pensando, y nunca tuve tan en claro el hecho de que no tengo libertad. De que por más que me esfuerce nunca voy a poder separarme de mí mismo. Que fui todos los que pensaba que quería ser y que ni tirándome por el balcón atrás del cuaderno, voy a lograr liberarme. Y llega la calma, después de la violencia física y mental. Y se te ocurre una idea, y el cuadriculado horrible y tragapalabras es reemplazado por uno especialmente amigable que como que acaricia tu caligrafía redondita y blandita. Y empieza el camino hacia arriba, que sabes que vas a disfrutar aunque no dure más que algunos segundos.

jueves, 23 de abril de 2015

Las cuatro de la mañana

¿Así que hoy vamos a hablar de indiferencia?
Te quedaba perfecto.
Muy distinto al fenómeno de las cuatro de la tarde, es el de las cuatro de la mañana. Hagan el experimento. Dos sensaciones suelen distinguirse. Una es la paranoia, un inexplicable miedo; y la otra una paz desgarradora.
Volvía con una mezcla de las dos. Sola, caminando por cuadras por las que ya había caminado cientos de veces. Mi barrio, mi zona, los lugares familiares (para mi). Me asustaba la paz. Y eso generaba mi intranquilidad. No podía obligarme a sentir miedo, bah, no puedo obligarme a sentir nada. Digamos que estaba caminando por inercia. Llega un momento en el cual estamos haciendo absolutamente todo automáticamente. Gajes de la rutina.

No se de dónde volvía, pero los Jueves me encontraban siempre afuera de casa. También hasta eso era automático en mi vida. Las mismas baldosas, las mismas baldosas rotas en los mismos lugares de las mismas veredas que pisaba a la misma hora. Bueno, mismas horas. Las recorría un par de veces por día. Y la misma sensación de pacífica paranoia que me invadía a la misma hora, que llenaba cada rinconcito de mi cuerpo, al igual que unas cuantas sustancias más de las que también me atiborraba. Y también solía pensarte. Mucho, demasiado. Tanto como mi pobre cerebro atrofiado me lo permitía. Tanto como los horribles recuerdos manchados de esa enfermiza sensación parecida al amor, me lo permitían. Nunca me hiciste bien. Ese día pensaba en que nunca me hiciste bien. En que quería verte para escupirte todo mi odio. Y, ay... qué grave error desearte tanto.
Habían pasado unos metros, y unos cuantos gritos silenciosos. Y técnicamente ya era jueves (eran las cuatro de la mañana) pero en mi cabeza era miércoles. Y hacía frío. Y ya sabés lo que ocurre los miércoles en los que hace frío. ¿Para qué doy todas estas explicaciones?
Escuche una guitarra saliendo de una puertita dimunta. De la puertita diminuta del diminuto bar que esta a dos putas cuadras de mi casa. Nunca te dije dónde vivía. Nunca te llevé a casa. ¿Que carajo hacía tu voz ahí? ¿Por qué estabas cantando sobre la vez que destrozamos todos los vidrios en la estación? ¿Por qué repetías una y otra vez que vos no eras violento? ¿Por qué me mirabas a los ojos a través de la vidriera, sin un ápice de sorpresa?
No tengo idea de por qué estabas ahí. No tengo idea de por qué me ignoraste con tanto sentimiento. No se de dónde sacaste tantas fuerzas para mantenerte así de impasible, y no se cuánto tiempo estuve yo, parada del otro lado escuchando cómo cantabas que yo era la que te ponía así, que yo siempre tengo la culpa, que por qué desaparezco. Me ignorabas, en parte. Horrorosamente indiferente.
Y yo también, me di vuelta y me fui. Porque la paz y la paranoia tenían su razón. Pero igual, tampoco nada puede suceder a las cuatro de la mañana.

lunes, 20 de abril de 2015

Pies

Ibas caminando así como tanto me gusta. Me gusta porque te gusta, me gustas porque te gustas. Y sos tan linda nena, nena, toda sonriente y con el sol reflejado en los dientes medio chuecos. No te pongas brackets que me vas a encandilar. Ademas me gusta eso de vos. Lo chueco, lo imperfecto. Me gustas medio encorvadita y cuando tu pelo ya esta medio sucio y despeinado. Me gustas real, me gustas cuando vos estas contenta, me gustas me gustas y podría seguir diciendote todo lo que me gustan esas piernas derechitas con rodillas oscuras y tu cuello cuando estás cansada y te sentás como indio y tirás la cabeza para atrás mirándome de reojo. Y te reís porque te miro mucho y porque me veo chiquito al lado tuyo y porque nunca sabes bien por qué te miro porque me cuesta decirte que me gustas. Ay, nena, espero que no te tomes todo esto a mal, pero me obsesionan tus pies sucios. Cuando llegamos a una esquina y nos sentamos en alguna vereda y te sacás los zapatos y las medias y le entregás al piso un poquito de vos y recibís toda esa suciedad, esas partículas de mugre que se te pegan al cuerpo y te hacen más sucia, más chueca. Y de repente tenés las plantas de los pies completamente negras y seguís frotando y frotando los pies contra la vereda inmunda. Y obvio que algún vidrio se cuela y algún tajo te hace y entonces comenzás a manchar el piso con tu sangre. Por dios, cómo me ponés. Bailando enloquecida con los pies sangrantes y llenos de polvo.Quiero mirarte por siempre así, transpirada, con el pelo hecho un quilombo, con el cuello tirado para atrás, con los reflectores que tenés por dientes iluminando la esquina. Y se junta la gente para verte bailar enloquecida y me miran a mí porque creen que yo soy el culpable de ese baile demencial y porque creen que si me saco el sombrero capaz podría recaudar algo a costa tuya. Pero me hipnotizas y no quiero perderme ni un segundo, quiero seguir el rastro de tu sangre por el piso, quiero ver como dibujas con los pies quiero ver el dibujo de la suciedad en tus pies. Y ni siquiera puedo decirte que me gusta todo esto, porque me da miedo de que lo tomes a mal, porque ni siquiera sé si vos me ves ¿Soy real? ¿Sos real? ¿Este mar de personas que nos rodea es real? Ay, nena, quiero estar por siempre al lado tuyo. Me gustás tanto que tengo ganas de comerte, pero en serio. Con cuchillo y tenedor y cortarte en pedazos y meterte de a poquito en mi boca, en mi cuerpo y que empieces a bailar adentro mio. Quiero agarrarte los pies. ¡No! ¡Ya sé! Quiero acostarme en la vereda asquerosa y que me pises y bailes encima mio con tus pies asquerosos hasta hacer que me funda yo con el suelo. Quiero ser tu suelo ¿No te das cuenta de que me sacás de quicio? Quiero ser parte tuya y que seas parte mía pero no quiero que seamos uno. Cada uno por su lado ¿me entendés?
Piso, pies, cuello, hambre, cuello, pies, piso, hambre, hambre, hambre, dos, uno no, dos pero juntos, dos, hambre, piso, dos, no uno, cuello, hambre, pies, pies, pies, pies, pies...
Qué me importa, seguí nomás.

sábado, 18 de abril de 2015

Las cuatro de la tarde

¿Así que hoy vamos a hablar de indiferencia?
Me quedaba perfecto. Estaba sentadita, ahí, disfrutando trágicamente de mi soledad. Porque aceptémoslo, amaba ser la marginada, la incomprendida, la "no, boluda, si yo soy re diferente a todos los demás". Y seguía una y otra vez sentándome en los rincones. En las mesas de los rincones. En las sillas contra la pared de las mesas de los rincones. Y miraba, ni yo se que miraba. O qué buscaba mirar. Siempre terminaba viendo lo que tenía ganas y siempre terminaba escribiendo algo que me parecía espectacular y que quería publicar para que lo leas. Te admiraba un poco y me daba pena no leerte. Y tomaba café, mucho café, y mucha birra, y demasiado porro. Demasiado. Me gustaba hacer las cosas que vos hacías pero que no te gustaba que yo haga. Me obsesiono así ¿qué querés?
No entiendo por qué hay gente que nunca se termina de ir de tu vida.

Resulta que esa tarde, llegué a mi mesa del rincón, con mis aires de intelectualidad y desazón para con el mundo. Debo haber sacado una birome y debo haber empezado a escribir lo que veía a mi alrededor. Aunque no parezca, o aunque nadie haya formulado esta teoría (mentira seguramente ya fue pensada cientos de veces), a las cuatro de la tarde no pasa absolutamente nada. Es la hora muerta del día. Hagan el experimento. A las cuatro de la tarde te sentás en una cafetería y no hay ni siquiera un mozo. Esa tarde, a las cuatro de la tarde, en esa cafetería, en esa mesa, de ese rincón, estaba yo. Y bueno, tampoco exageremos, también había un par de personas desperdigadas por las mesas. Pero sucede que esa hora me fascinaba. Y eso que el cuatro es un número que detesto. Pero a las cuatro de la tarde acontece ese fenómeno de vacío total en la ciudad. Cuatro por cuatro dieciséis, dieciséis igual cuatro de la tarde. Perdón es que acabo de hacer ese razonamiento y no puedo evitar plasmarlo. Quizás algo tenga que ver con esta teoría. Al pedo estudié lo que es una teoría si después ando usando esa palabra para cualquier gilada que se me ocurre.
Habían pasado unos minutos y unos renglones garabateados, y como suele sucederme los miércoles que hace frío, me acordaba de vos. Seguro estaba por rendir alguna materia, porque si bien te dedicaba gran parte de mis pensamientos, otra parte estaba inevitablemente "en donde debía estar". Siempre me decías que me limito un montón. Y también me acuerdo de la charla sobre la escalera mecánica. Y no es que hablábamos sobre escaleras mecánicas, es que estábamos parados en una escalera mecánica cuando hablábamos ¿Te acordarás? Medio jodido.
Resulta que había un pacto implícito, una ley que si bien había sido acordada por ambos, nunca había sido exteriorizada. Nunca habíamos expresado nuestras voluntades de manera verbal o escrita o por signos inequívocos. Eramos puro tácito, tácito y más tácito. Sabés de lo que te hablo. Una vez más, no hace falta que sea expresa.
No tengo idea de por qué levanté la mirada justo en ese instante. Y tampoco sé por qué estabas vos justo en Buenos Aires y justo en la vereda de mí cafetería. Buenos Aires es mi circunscripción, sabés que no tenés que acercarte, sabés que podemos salir lastimados. No sé por qué se me ocurrió mirar por la ventana, y doy gracias por haber estado oculta en mi mesa del rincón. Pero te vi, con las manos en los bolsillos, ese gesto tan típico y esos ojos que hasta sonriendo son tristes. Ahora ni siquiera sé si en serio te vi. Elijo creer que sí. Y elegí también, seguir ocultándome. Creo que fue porque eran las cuatro de la tarde, y nada puede suceder a las cuatro de la tarde.

lunes, 13 de abril de 2015

re lindo

te miro despacito
te escucho de lejos
y quizás nunca te escribí un poema
o quizás nunca lo publiqué
porque soy medio cagona.
igual que se yo
me gusta que me veas imperfecta
y hoy escuche en alguna canción
"¿preferís lindo o preferís libre?"
basta de hacernos creer que está bien atarnos
ya no los voy a escuchar.
o quizás sí
y siempre me hago promesas a mi misma
y nunca me puedo cumplir
pero me copa taparme los oídos
y gritar
y gritar(te).
yo re sé que me escuchas
re sé algunas cosas que te gustan
recé un rosario de mi rosario roto
para ver si seguía andando
y, ay, tenés cosas re sutiles
(estoy diciendo muchas veces "re", sorry)
y, ay, hay cosas de ahí que sabes que me re gustan
¿no querés taparme vos los oídos un toque?
siempre tenes rico olor
y seguro esto va a ser lo más banal que diga
me refiero a todo esto
me refiero a toda yo
capaz que porque las cosas importantes
te las digo sin escribir
who cares
me chupa un huevo
re escribo
porque
re
tengo
ganas
bancantela.
ah, sos lindo ¿ya te dije?
me flasheas y no sé si está bueno
pero sí sé que sí estás bueno.
estoy medio cansada de ser adulta
y eso que empecé hace re poco
y la gente me pregunta de vos
y ya ni me acuerdo de cuándo les conté
quizás se refieren a otro, igual
me hago quilombo yo sola
imaginate el quilombo que tienen ellos
quiero poner "jajaja"
¿se puede poner "jajaja" en un poema?
¿es esto un poema?
pará que consulto, eh
QUIÉN ESCRIBIÓ LAS REGLAS NO ME GUSTAN LAS REGLAS
dale venite un toque más
así te toco.
confundo todo y mi cerebro es así
¿no te pasa que te perdés en tu propio cerebro?
siempre ando con ganas de escribirte
pero algo que valga la pena ser leído
ay, no, ahora me puse mal
sorry si alguien piensa que esta desperdiciando su tiempo leyendo esto
y me pongo a pensar que hay cosas que no podemos compensar
¿y por qué nos gusta tanto el equilibrio?
qué cagada, che
siempre siento que estoy ahi re solari en un subibaja
remil depresivo
sentadita en el piso
en una plaza desierta
con el asiento opuesto del subibaja
ahi
re lejos
re arriba
a veces yo también quiero estar arriba
qué injusto, che
¿a qué iba?
ah. si, a que sos muy lindo

jueves, 9 de abril de 2015

La playa III

Nico. ¿Cómo empezar a hablar de él? Nos conocimos siendo dos cabecitas minúsculas, pero ambos con alturas por encima del promedio para nuestra edad. Delantales turquesas, risas, manos transpiradas con miedo a sentirse cerca. Dos nenes, sumando siete años entre los dos. Hablabamos, siempre me gustó hablar y el escuchaba mucho, tenía, además orejas grandes y me decía que le gustaba cómo se movía mi boca cuando me reía. Teníamos una extraña complicidad, de esa que tienen los nenes, esa sinceridad y elocuencia que con el paso del tiempo vamos perdiendo. Pasabamos horas y horas juntos, y después del primer año, llegó también la primera separación (de las muchas que nos esperaban).
Mamá dijo que me iba a cambiar de Jardín, Un recreo, habia llegado demasiado alto en la hamaca del patio y, no pudiendo controlar el movimiento, caí de cara al piso. Me acuerdo de correr al baño y ver en el espejo el reflejo de mi boca sangrando. No me dolía, o será que uno se olvida muy fácil del dolor, pero desde ese entonces, tengo el frenillo superior cortado. Si me miran con detenimiento cuando sonrío muy grande, se me nota. Esa es la secuela que me dejó la salita de tres.
Nico también se cambiaba de Jardín, a uno de uno de los colegios más conocidos, yo, en cambio, terminé en uno muy nuevito, pero que prometía "un excelente nivel de inglés". A mis papás los convenció. Así que así fue, ese diciembre, los dos anunciamos nuestras respectivas partidas y nos alegramos de que la amistad de nuestros papás mantendrían, de cierto modo, nuestro vínculo. De todas maneras, era sabido que ya no nos veríamos todos los días.
Vivíamos relativamente cerca, en ese entonces la distancia era enorme, porque mi mundo era mi manzana (y supongo que el suyo habrá sido la suya). Fuimos creciendo, de a poquito, mirándonos, hablándonos, construyendo un vínculo tan maduro como el que con tan acotada edad, podíamos concebir. Soñabamos con escaparnos, con irnos un poco del mundo (ya les dije, igual, que mi mundo era mi manzana), pero teníamos ideas, expectativas, queríamos más.
Su mamá me quería, bueno, no sólo a mí, también era muy amiga de mamá y que ellas se juntaran a tomar el té a la tarde, a nosotros nos daba la oportunidad de seguir explorando nuestros respectivos mundos. Él sí tenía un patio enorme, con perros y todo. Años, muchos años más tarde, tuve la oportunidad de volver a entrar a esa casa, creo que la nostalgia que sentí, no la había experimentado nunca. Su papá era mi pediatra, al final de las consultas me regalaba caramelos a escondidas, y hasta me dejaba elegir los sabores. Esperaba con ansias el momento en el que abría el primer cajón y me miraba picarescamente. Cuando  estaba aprendiendo a andar en bicicleta, se me ocurrió la genial idea de tirarme por una bajada (no solía tener mucha supervisión, como verán), todo iba bien, rápidisimo, pero bien, hasta que noté que no tenía frenos y que, al final de la bajada había una planta con espinas. Se imaginarán, termine llorando, sangrando y con mamá retandome mientras me sacaba las espinas de todos lados. Pero se ve que nos olvidamos de sacar una, y al mes seguía ahí, incrustada en mi rodilla. Fuimos al doctor, que me dio un palito de helado para morder, y logró sacarmela. Y después, claro, me dio caramelos.
Hay una anécdota que recuerdo con mucho, mucho amor, y creo que es la que define lo que fue mi relación con Nico durante los años. Mamá, para ganarse unos pesos, buscaba a los chicos del barrio del colegio y los acercaba a cada uno a su casa. Nico solía venir y además, ser el último al que dejábamos. Cuando llegamos a su casa, nunca voy a recordar cuál fue la razón, comenzó a pelear con su mamá, y en el punto cúlmine de la discusión, lo oí gritar "Me voy a ir de esta casa, me voy a ir con Alejandra, que sí me quiere y nos vamos a ir a dar vueltas por todo el mundo". Me puse rojísima, mientras las mamás se reían y él seguía furioso.
Terminó entrando a almorzar y yo seguramente terminé durmiéndome en el auto antes de llegar a casa. Pero sabiendo que por mucho tiempo, muchísimo, me iba a acordar de esa frase.

(Hola ahora me acotumbré a escribirles mensajitos al final así que nada, gracias por leer)

martes, 7 de abril de 2015

La playa II

Seguramente los hechos estén desordenados, es que van brotando de mi mente, van saliendo como una acumulación, una vertiente de recuerdos inevitables. Suele suceder cuando los mantenés encerrados durante mucho tiempo. Siento, igualmente, que muchos de estos recuerdos están implantados en mí... ¿son las cosas cómo sucedieron o cómo las recordamos? Una mezcla de ambas, de cada vez que reconstruimos un acontecimiento en la cabeza. Por ejemplo, yo estoy absolutamente convencida de que alguna vez ví a Papa Noel, por ilógico que suene, y por ilógico que me parezca a mi misma. Yo puedo jurar que miré para el cielo una noche del 24 y vi pasar manchas de luces. El recuerdo está vivísimo en mi cabeza. Hay cosas que no quiero saber nunca, hay incertidumbres que me embelesan.
Pero otra vez me estoy yendo por las ramas, van a tener que tenerme paciencia, contar esta historia no es fácil para mi.
Volvimos, siempre volvíamos, y estábamos rodeados de cosas rotas, y no eramos los únicos con miedo, la cuadra entera estaba conmocionada, quizás fue en ese tiempo que le pedí a mamá un hamster (Jueves ya se había ido hace algún tiempo, a algún lugar) y a mi me gustaban los animales, mamá no quería perros y papá odiaba los gatos. Una tarde, apareció en casa una gata con muchos gatitos. La cuidamos a escondidas, hasta que nos descubrieron y nos ligamos el castigo de nuestras vidas por mentir. "¡Pero mamá! No mentimos..." Y ahí escuché el famoso "ocultar también es mentir". Tiene sentido, supongo. Pero, si nadie te pregunta específicamente, tampoco podes ser acusado de mentir todo el tiempo. A mi nadie me preguntó cómo estaba hoy, y no por eso me acusan de ocultar o mentir... En fin.
Eramos de las nenas con amiguitos de la cuadra, vivíamos disfrazados, así que era común ver un peculiar conjunto de indiecitos, damas antiguas, power rangers y bailarinas que daban vuelta a la manzana sumando adeptos. Recuerdo mi infancia con una sonrisa enorme, y recuerdo a la gente de mi infancia con mucho amor. La vida da muchas vueltas, y sin siquiera planearlo, terminé encontrándome con parte de la manada años después, Vicky y Cami terminaron siendo de mi grupo de amigas de mis últimos años de la secundaria, Mikey se mudó a Mendoza y nos veíamos años después en la finca de La Esperanza algún que otro verano, entre guerras de agua y hormonas que nos jugaban malas pasadas...
Ay, la finca, otro de los lugares importantísimos de mis primeros años. Pan con manteca y azúcar en la galería, después de todo el día en la pileta y de todas las picaduras de avispas y de las víboras pisadas mientras nos subíamos a los árboles. Lo lindo de los veranos es que tenían días largos que nos alcanzaban para todo, y para llegar, al final, a la noche, a comer en la mesa larguísima, los fideos de Lauri. Un domingo, o sábado, o quizás algún día de semana (que en vacaciones son exactamente iguales que los domingos) mamá y Lauri y todos los adultos se había metido en la casa, y nos habían dejado a los chicos en la pileta, yo, con mis cinco años, estaba empezando a nadar, algo me defendía, se me nubla un poco la memoria, y de repente sólo me recuerdo a mí, en la orilla de la pileta y a mi hermana, en las escaleritas, con uno de esos flotadores tipo rosca en la cintura, sucedió muy rápido, tal vez, y tal vez también haya sido un poco culpa mía. Siempre me gusto desafiar, La cosa es que ya, ella metida en el agua, levantó los brazos y comenzó a hundirse vertiginosamente despacio, mezclándose con el fondo celeste. Hay algo que recuerdo clarísimo, sus ojos vidriosos mirándome mientras se iba para abajo, entre el agua. Pero hay algo que, también, extrañamente, recuerdo. Es como si yo hubiese estado dentro de ella en ese momento. Porque me recuerdo a mi misma, en el borde de la pileta, mirándola, recortada por el sol. Mamá presiente cosas, y se ve que lo presintió, porque de un momento para el otro la vi llegando corriendo, tirarse a la pileta y sacar del fondo a mi hermana, tosiendo, escupiendo agua, y con los ojos rojos (del cloro o de estar a punto de llorar). Dijeron que nunca más nos iban a dejar solas en la pileta, pero sabíamos que no iba a ser así. Creo que heredé algunos de los presentimientos de mamá. Siempre me sorprendieron, me siguen sorprendiendo. ¿Cuántas veces me habré despertado, en medio de la noche, para encontrarla en el borde de mi cama? Y me decía "me desperté y vine y tenías esto a punto de picarte", mientras me señalaba el alacrán muerto en el piso. ¿Cuántas veces me habrá llamado por teléfono justo cuando la llamé yo con el pensamiento, porque algo me dolía demasiado en el corazón? No me gusta la excesiva confianza, pero el abrazo de mamá me hace sentir más segura que cualquier cosa en el mundo.
Tengo un largo historial de abandonos en mi vida, y ese día, cuando nos contaron que Nico se mudaba a Córdoba, sólo fue uno de los primeros. Sentía que me arrancaban un pedacito, ignoraba que faltaba que me arranquen muchos más.


(¿Más?)

lunes, 30 de marzo de 2015

La playa I

Si quiero contar esta historia desde el comienzo verdadero, tengo que retroceder bastantes años. Tenía todos los dientes, sí, pero el ratón Pérez todavía no me había visitado ni una vez. El primer regalo que me trajo el ratón Pérez fue una radio a pilas, qué vejez, pero igual esto no tiene mucho que ver con esta historia. Resulta que ahí estaba yo, con el guardapolvo azul turquesa y las manos manchadas de tempera o plasticola, seguramente (mucho de lo que cuente hoy va a estar basado en reconstrucciones de recuerdos y relatos de gente que en ese momento tenía más memoria que yo), ya había aprendido a leer un poco y mamá se maravillaba cada vez que lograba descifrar palabras en algún lugar, pero aún así casi nunca me compraba los mini paquetes de Gringuitas que le pedía a la salida del jardín. Decía que después no me comía la comida. Tenía un babero (que me obligaban a usar en las comidas) que me cubría casi hasta las rodillas y que tenia un estratégico bolsillo. Ahí guardaba las arvejas y un poco de arroz. No me gustaban mucho. Y bueno, lógicamente mamá se enojaba bastante. Igual, me estoy yendo por las ramas.
Habíamos llegado hace poco, y habíamos vivido un tiempo en el cuarto de un hotel, porque nuestro camión de la mudanza se había "perdido" en algún lugar del altiplano. Claro, sólo a nosotros se nos ocurría mudarnos en vacaciones y, encima, con el carnaval entre medio. Pero en fin. Luego de una temporada de desayunos preparados por otra gente y camas tendidas por otra gente, llegamos a la que sería la casita de mi infancia. Qué difícil describirla, siempre es difícil describir lugares o momentos significativos, quizás porque las palabras siempre quedan cortas. Tenia un patio delantero, con geranios que dejaban olor en las manos cuando los cortábamos, y un paraíso chiquito que en una helada se murió, y que, luego de eso, en alguna de nuestras andanzas lo llenamos de diminutos monitos de plástico. Habíamos visto Dinosaurios hace poco y queríamos simular una escena que nos había emocionado. Era una casita de barrio, igual a todas las de la manzana, ladrillo visto, una vereda simpática, vecinos que saludaban. Era una ciudad mucho más chiquita a la que estábamos acostumbrados. La gente hablaba con la gente, y eso nos sorprendía... Bueno, a mi no tanto.
Tenía, también un patio trasero grande. Un árbol que casi que llegaba al cielo y hasta había espacio para estacionar a nuestro futuro auto: Pepo.
Una vez, hablando de vecinos y de patios, apareció en el nuestro un perro negro como el alquitrán, con mi hermana intentamos e intentamos descubrirle alguna manchita, pero no había caso. Alquitranado, negro, totalmente. Era Jueves, y nosotras no teníamos mucha imaginación (o teníamos demasiada) y decidimos que se iba a llamar Jueves, quizás haya sido porque también, hace poco, habíamos visto Un hombre llamado Viernes, y nos llamó la atención. Jueves se quedó con nosotros un tiempo, y nos ocasionó uno de los primeros conflictos con los vecinos: se ve que la boxer de la familia de al lado le gustaba mucho, y, nadie sabe como, pero una tarde entró a su patio y se pusieron de novios. Bueno, eso tuvimos que suponerlo, después de que de algunas semanas, los vecinos andaban enojados, ofreciendo cachorritos por todos lados (y obligándonos a ofrecer la mitad a nosotros). Me fui por las ramas, de nuevo. Es que me acordé de estar sentada arriba del árbol, viendo a Jueves pasar por abajo, como entre las ramas. Prometo concentración (mentira).
La cosa es que vivíamos ahí los cuatro, con mi hermana compartíamos un cuarto, y en ese momento papá y mamá también compartían uno (en algún momento contaré cuando esto cambió). Como era la mayor, me correspondía el privilegiado lugar de la cucheta de arriba. Quizás esto les parezca un poco asqueroso (les aseguro que a mi hermana le gustó menos aún) pero una noche, que me da un poquito de vergüenza recordar, fue a despertar a mamá diciéndole "está lloviendo adentro de la casa". Se imaginarán...
La cocina era chiquita, una de las cosas de las que recuerdo que mamá se quejaba todo el tiempo y, por suerte, nunca almorzamos con la tele prendida (es más, el único televisor que tuvo mi familia, en ese momento estaba escondido en el cuarto de mis papás). No voy a decir que nunca veíamos tele, es más, con mamá fuimos bastante fanáticas de Muñeca Brava, al punto de que le rogué que me cortara el flequillo en punta, como lo usaba Natalia Oreiro, y al punto de que cumplió mis deseos sin muchos titubeos, pero, afortunadamente, el aparatito (y la señal que hacía que se formen imágenes en la pantalla) nunca fueron algo central en nuestra existencia.
Papá tenía un equipo de música grande (siempre le gustó mucho la música) y una colección de discos infinita. Sólo una vez entraron a robar a casa, y creo que lo que más le dolió fue que los ladrones se llevaron, en vez del televisor, su equipo y su colección de discos.
Ahora, al fin, esta mención del robo, me va orientando hacia lo que quería contarles, o a lo que, de cierta manera, esta historia va orientada.
Esa noche, antes de entrar, ya sentimos un ambiente raro en la cuadra, y, al abrir la puerta, nos dimos cuenta en seguida de que hasta hace unos pocos minutos había habido gente adentro de la casa. Bueno, no era muy difícil de suponer: las luces estaban prendidas y el televisor envuelto en una frazada y tirado en el piso. Se asombrarán, pero seguimos conservando esa frazada y ese televisor. Pintoresco.
Papá no quería que entráramos más a la casa, tenía miedo de que los ladrones estuviesen escondidos, todavía, pero, les juro que fue imposible no escabullirnos: necesitábamos ver cómo estaba nuestro cuarto. Prendimos la luz con las manitos chiquitas y temblando, y vimos que la cama de hermana (luego del incidente de la lluvia las habíamos reacomodado en forma de "L") estaba llena de vidrios y toda desordenada: La ventana de nuestro cuarto había sido utilizada como puerta. Nos enojamos un poquito porque papá y mamá nunca dejaban que nosotras salieramos por la ventana. De repente nos cazaron de las cinturas y nos sacaron del cuarto, de la casa, de la cuadra, y nos llevaron a lo de Nico. Nico era el hijo de nuestro pediatra, hijo de una amiga de mamá y compañero mío del jardín. Y fueron ellos, los que esa noche, esa noche que estuvimos "sin casa", nos hospedaron. Y es Nico, también, del que voy a hablar más adelante.



(Va a haber más, tranquis)