silencio a gritos.
no dejaba de enredarme entre tus extremedidades,
de extremarme en tus enredaderas.
está todo tan revuelto...
y quere(mos) revolución
yo no sé si me quejo
o agradezco
o me quejo de estar agradeciendo
o agradezco estar quejándome
yo no sé
(y sigo teniendo sed)
(y sigo acá, waiting for you
como en esas canciones cool de ahora)
domingo, 31 de mayo de 2015
jueves, 21 de mayo de 2015
Vuelta
Llovía, y hacía calor, con el insoportable vapor que emanaban las veredas, colándose entre las piernas, logró llegar, empapado, medio por la lluvia y medio por el sudor, a la puerta del edificio. Protegía el cuaderno del agua, y esa acción le daba rabia, no había nada de verdadero valor entre esas dos tapas de encuadernado barato. O bueno, si, el montón de hojas en blanco que quedaban tenían mucho más valor que las mediocres palabras garabateadas en el medio de ese cuadriculado horrible, que simulaba estar tragándoselas, gritándole que su único propósito era hacerlas desaparecer. Hasta el cuaderno le decía que estaba escribiendo mal. Al final no te gusta tanto la sinceridad, che. Una gota encima de la otra y las ganas irreproducibles de tirar el cuaderno por el balcón y tirarse él atrás. "Pero me tiré porque quería salvarlo". Se sonrió imaginando la escena de falso heroísmo y se golpeó la cabeza una vez más contra la pared, con el odio de saber que nunca jamás iba a ser capaz de recrearla. Es que vos no servís para estas cosas, tendrías que haber hecho como los demás y quejarte de la jornada laboral de ocho horitas y listo, qué tanto. Pero no, siempre por el lado difícil ¿Y para que? Si al final estas acá siendo igual (o más) infeliz que todos los demás. Quizás sea un tema de personas y no de rumbos, pero no convence mucho esa explicación. Quizás sea cuestión de que tu rumbo es ser esta miserable persona. Y siempre enfrascándote en pensamientos que te hunden, nunca nada positivo ¿y para qué? Si de lo positivo lo único que sacás son mediocridades más mediocres que tus mediocridades habituales. ¿Hasta qué punto vas a llegar?
Seguía caminando en círculos en el cuarto, golpeando esporádicamente un mueble, un vidrio, una pierna, una cabeza y un "por qué" constante. Un constante "para qué". ¿Para que rompí con todo lo que supuestamente odiaba? ¿Para estar hoy bajo esta lluvia preguntándome "para qué"? Un loop infinito, una desdicha constante, una miseria sin escapatoria y manos que rasguñan puertas pidiendo a los gritos salir y pensamientos que se agarran fuerte de las puertas de la mente pidiendo quedarse. Cuanto más exteriorizás, más te queda adentro y paradójicamente te crece más y más y ya no hay manera de sacarlo porque nadie entiende, y en el fondo no querés que lo entiendan. No querés esto para todos ni lo querés para vos, pero la felicidad es algo tan falso, tan efímero, y eso que la tristeza es efímera, eh. pero te acostumbras a vivir en una inestabilidad constante en altos que duran segundos, pero que son intensísimos y en bajos tan largos que creen hacerte creer que por fin llegaste a la mediocre, horrible, inmunda estabilidad que ves en los ojos de todos los demás. Y miras en las caras de los que viajan al lado tuyo en el vagón. Ojos que no sirven para nada, más que para leer discursos que luego van a repetir sin entender, sin cuestionar, sin enojarse porque saben de dónde vienen y por qué dicen lo que dicen. Y te das cuenta de que no es lo que querés. No querés ser una persona que cree que es libre porque sos demasiado consciente de que no es algo que en este mundo sea posible. Ni en este ni en otros, y mandás a cagar al pelotudo que dice que el hombre libre es el que piensa. Acá estoy, sentado en el baño de este departamento horrible, pensando, borracho, pero pensando, y nunca tuve tan en claro el hecho de que no tengo libertad. De que por más que me esfuerce nunca voy a poder separarme de mí mismo. Que fui todos los que pensaba que quería ser y que ni tirándome por el balcón atrás del cuaderno, voy a lograr liberarme. Y llega la calma, después de la violencia física y mental. Y se te ocurre una idea, y el cuadriculado horrible y tragapalabras es reemplazado por uno especialmente amigable que como que acaricia tu caligrafía redondita y blandita. Y empieza el camino hacia arriba, que sabes que vas a disfrutar aunque no dure más que algunos segundos.
Seguía caminando en círculos en el cuarto, golpeando esporádicamente un mueble, un vidrio, una pierna, una cabeza y un "por qué" constante. Un constante "para qué". ¿Para que rompí con todo lo que supuestamente odiaba? ¿Para estar hoy bajo esta lluvia preguntándome "para qué"? Un loop infinito, una desdicha constante, una miseria sin escapatoria y manos que rasguñan puertas pidiendo a los gritos salir y pensamientos que se agarran fuerte de las puertas de la mente pidiendo quedarse. Cuanto más exteriorizás, más te queda adentro y paradójicamente te crece más y más y ya no hay manera de sacarlo porque nadie entiende, y en el fondo no querés que lo entiendan. No querés esto para todos ni lo querés para vos, pero la felicidad es algo tan falso, tan efímero, y eso que la tristeza es efímera, eh. pero te acostumbras a vivir en una inestabilidad constante en altos que duran segundos, pero que son intensísimos y en bajos tan largos que creen hacerte creer que por fin llegaste a la mediocre, horrible, inmunda estabilidad que ves en los ojos de todos los demás. Y miras en las caras de los que viajan al lado tuyo en el vagón. Ojos que no sirven para nada, más que para leer discursos que luego van a repetir sin entender, sin cuestionar, sin enojarse porque saben de dónde vienen y por qué dicen lo que dicen. Y te das cuenta de que no es lo que querés. No querés ser una persona que cree que es libre porque sos demasiado consciente de que no es algo que en este mundo sea posible. Ni en este ni en otros, y mandás a cagar al pelotudo que dice que el hombre libre es el que piensa. Acá estoy, sentado en el baño de este departamento horrible, pensando, borracho, pero pensando, y nunca tuve tan en claro el hecho de que no tengo libertad. De que por más que me esfuerce nunca voy a poder separarme de mí mismo. Que fui todos los que pensaba que quería ser y que ni tirándome por el balcón atrás del cuaderno, voy a lograr liberarme. Y llega la calma, después de la violencia física y mental. Y se te ocurre una idea, y el cuadriculado horrible y tragapalabras es reemplazado por uno especialmente amigable que como que acaricia tu caligrafía redondita y blandita. Y empieza el camino hacia arriba, que sabes que vas a disfrutar aunque no dure más que algunos segundos.
jueves, 23 de abril de 2015
Las cuatro de la mañana
¿Así que hoy vamos a hablar de indiferencia?
Te quedaba perfecto.
Muy distinto al fenómeno de las cuatro de la tarde, es el de las cuatro de la mañana. Hagan el experimento. Dos sensaciones suelen distinguirse. Una es la paranoia, un inexplicable miedo; y la otra una paz desgarradora.
Volvía con una mezcla de las dos. Sola, caminando por cuadras por las que ya había caminado cientos de veces. Mi barrio, mi zona, los lugares familiares (para mi). Me asustaba la paz. Y eso generaba mi intranquilidad. No podía obligarme a sentir miedo, bah, no puedo obligarme a sentir nada. Digamos que estaba caminando por inercia. Llega un momento en el cual estamos haciendo absolutamente todo automáticamente. Gajes de la rutina.
No se de dónde volvía, pero los Jueves me encontraban siempre afuera de casa. También hasta eso era automático en mi vida. Las mismas baldosas, las mismas baldosas rotas en los mismos lugares de las mismas veredas que pisaba a la misma hora. Bueno, mismas horas. Las recorría un par de veces por día. Y la misma sensación de pacífica paranoia que me invadía a la misma hora, que llenaba cada rinconcito de mi cuerpo, al igual que unas cuantas sustancias más de las que también me atiborraba. Y también solía pensarte. Mucho, demasiado. Tanto como mi pobre cerebro atrofiado me lo permitía. Tanto como los horribles recuerdos manchados de esa enfermiza sensación parecida al amor, me lo permitían. Nunca me hiciste bien. Ese día pensaba en que nunca me hiciste bien. En que quería verte para escupirte todo mi odio. Y, ay... qué grave error desearte tanto.
Habían pasado unos metros, y unos cuantos gritos silenciosos. Y técnicamente ya era jueves (eran las cuatro de la mañana) pero en mi cabeza era miércoles. Y hacía frío. Y ya sabés lo que ocurre los miércoles en los que hace frío. ¿Para qué doy todas estas explicaciones?
Escuche una guitarra saliendo de una puertita dimunta. De la puertita diminuta del diminuto bar que esta a dos putas cuadras de mi casa. Nunca te dije dónde vivía. Nunca te llevé a casa. ¿Que carajo hacía tu voz ahí? ¿Por qué estabas cantando sobre la vez que destrozamos todos los vidrios en la estación? ¿Por qué repetías una y otra vez que vos no eras violento? ¿Por qué me mirabas a los ojos a través de la vidriera, sin un ápice de sorpresa?
No tengo idea de por qué estabas ahí. No tengo idea de por qué me ignoraste con tanto sentimiento. No se de dónde sacaste tantas fuerzas para mantenerte así de impasible, y no se cuánto tiempo estuve yo, parada del otro lado escuchando cómo cantabas que yo era la que te ponía así, que yo siempre tengo la culpa, que por qué desaparezco. Me ignorabas, en parte. Horrorosamente indiferente.
Y yo también, me di vuelta y me fui. Porque la paz y la paranoia tenían su razón. Pero igual, tampoco nada puede suceder a las cuatro de la mañana.
Te quedaba perfecto.
Muy distinto al fenómeno de las cuatro de la tarde, es el de las cuatro de la mañana. Hagan el experimento. Dos sensaciones suelen distinguirse. Una es la paranoia, un inexplicable miedo; y la otra una paz desgarradora.
Volvía con una mezcla de las dos. Sola, caminando por cuadras por las que ya había caminado cientos de veces. Mi barrio, mi zona, los lugares familiares (para mi). Me asustaba la paz. Y eso generaba mi intranquilidad. No podía obligarme a sentir miedo, bah, no puedo obligarme a sentir nada. Digamos que estaba caminando por inercia. Llega un momento en el cual estamos haciendo absolutamente todo automáticamente. Gajes de la rutina.
No se de dónde volvía, pero los Jueves me encontraban siempre afuera de casa. También hasta eso era automático en mi vida. Las mismas baldosas, las mismas baldosas rotas en los mismos lugares de las mismas veredas que pisaba a la misma hora. Bueno, mismas horas. Las recorría un par de veces por día. Y la misma sensación de pacífica paranoia que me invadía a la misma hora, que llenaba cada rinconcito de mi cuerpo, al igual que unas cuantas sustancias más de las que también me atiborraba. Y también solía pensarte. Mucho, demasiado. Tanto como mi pobre cerebro atrofiado me lo permitía. Tanto como los horribles recuerdos manchados de esa enfermiza sensación parecida al amor, me lo permitían. Nunca me hiciste bien. Ese día pensaba en que nunca me hiciste bien. En que quería verte para escupirte todo mi odio. Y, ay... qué grave error desearte tanto.
Habían pasado unos metros, y unos cuantos gritos silenciosos. Y técnicamente ya era jueves (eran las cuatro de la mañana) pero en mi cabeza era miércoles. Y hacía frío. Y ya sabés lo que ocurre los miércoles en los que hace frío. ¿Para qué doy todas estas explicaciones?
Escuche una guitarra saliendo de una puertita dimunta. De la puertita diminuta del diminuto bar que esta a dos putas cuadras de mi casa. Nunca te dije dónde vivía. Nunca te llevé a casa. ¿Que carajo hacía tu voz ahí? ¿Por qué estabas cantando sobre la vez que destrozamos todos los vidrios en la estación? ¿Por qué repetías una y otra vez que vos no eras violento? ¿Por qué me mirabas a los ojos a través de la vidriera, sin un ápice de sorpresa?
No tengo idea de por qué estabas ahí. No tengo idea de por qué me ignoraste con tanto sentimiento. No se de dónde sacaste tantas fuerzas para mantenerte así de impasible, y no se cuánto tiempo estuve yo, parada del otro lado escuchando cómo cantabas que yo era la que te ponía así, que yo siempre tengo la culpa, que por qué desaparezco. Me ignorabas, en parte. Horrorosamente indiferente.
Y yo también, me di vuelta y me fui. Porque la paz y la paranoia tenían su razón. Pero igual, tampoco nada puede suceder a las cuatro de la mañana.
lunes, 20 de abril de 2015
Pies
Ibas caminando así como tanto me gusta. Me gusta porque te gusta, me gustas porque te gustas. Y sos tan linda nena, nena, toda sonriente y con el sol reflejado en los dientes medio chuecos. No te pongas brackets que me vas a encandilar. Ademas me gusta eso de vos. Lo chueco, lo imperfecto. Me gustas medio encorvadita y cuando tu pelo ya esta medio sucio y despeinado. Me gustas real, me gustas cuando vos estas contenta, me gustas me gustas y podría seguir diciendote todo lo que me gustan esas piernas derechitas con rodillas oscuras y tu cuello cuando estás cansada y te sentás como indio y tirás la cabeza para atrás mirándome de reojo. Y te reís porque te miro mucho y porque me veo chiquito al lado tuyo y porque nunca sabes bien por qué te miro porque me cuesta decirte que me gustas. Ay, nena, espero que no te tomes todo esto a mal, pero me obsesionan tus pies sucios. Cuando llegamos a una esquina y nos sentamos en alguna vereda y te sacás los zapatos y las medias y le entregás al piso un poquito de vos y recibís toda esa suciedad, esas partículas de mugre que se te pegan al cuerpo y te hacen más sucia, más chueca. Y de repente tenés las plantas de los pies completamente negras y seguís frotando y frotando los pies contra la vereda inmunda. Y obvio que algún vidrio se cuela y algún tajo te hace y entonces comenzás a manchar el piso con tu sangre. Por dios, cómo me ponés. Bailando enloquecida con los pies sangrantes y llenos de polvo.Quiero mirarte por siempre así, transpirada, con el pelo hecho un quilombo, con el cuello tirado para atrás, con los reflectores que tenés por dientes iluminando la esquina. Y se junta la gente para verte bailar enloquecida y me miran a mí porque creen que yo soy el culpable de ese baile demencial y porque creen que si me saco el sombrero capaz podría recaudar algo a costa tuya. Pero me hipnotizas y no quiero perderme ni un segundo, quiero seguir el rastro de tu sangre por el piso, quiero ver como dibujas con los pies quiero ver el dibujo de la suciedad en tus pies. Y ni siquiera puedo decirte que me gusta todo esto, porque me da miedo de que lo tomes a mal, porque ni siquiera sé si vos me ves ¿Soy real? ¿Sos real? ¿Este mar de personas que nos rodea es real? Ay, nena, quiero estar por siempre al lado tuyo. Me gustás tanto que tengo ganas de comerte, pero en serio. Con cuchillo y tenedor y cortarte en pedazos y meterte de a poquito en mi boca, en mi cuerpo y que empieces a bailar adentro mio. Quiero agarrarte los pies. ¡No! ¡Ya sé! Quiero acostarme en la vereda asquerosa y que me pises y bailes encima mio con tus pies asquerosos hasta hacer que me funda yo con el suelo. Quiero ser tu suelo ¿No te das cuenta de que me sacás de quicio? Quiero ser parte tuya y que seas parte mía pero no quiero que seamos uno. Cada uno por su lado ¿me entendés?
Piso, pies, cuello, hambre, cuello, pies, piso, hambre, hambre, hambre, dos, uno no, dos pero juntos, dos, hambre, piso, dos, no uno, cuello, hambre, pies, pies, pies, pies, pies...
Qué me importa, seguí nomás.
Piso, pies, cuello, hambre, cuello, pies, piso, hambre, hambre, hambre, dos, uno no, dos pero juntos, dos, hambre, piso, dos, no uno, cuello, hambre, pies, pies, pies, pies, pies...
Qué me importa, seguí nomás.
sábado, 18 de abril de 2015
Las cuatro de la tarde
¿Así que hoy vamos a hablar de indiferencia?
Me quedaba perfecto. Estaba sentadita, ahí, disfrutando trágicamente de mi soledad. Porque aceptémoslo, amaba ser la marginada, la incomprendida, la "no, boluda, si yo soy re diferente a todos los demás". Y seguía una y otra vez sentándome en los rincones. En las mesas de los rincones. En las sillas contra la pared de las mesas de los rincones. Y miraba, ni yo se que miraba. O qué buscaba mirar. Siempre terminaba viendo lo que tenía ganas y siempre terminaba escribiendo algo que me parecía espectacular y que quería publicar para que lo leas. Te admiraba un poco y me daba pena no leerte. Y tomaba café, mucho café, y mucha birra, y demasiado porro. Demasiado. Me gustaba hacer las cosas que vos hacías pero que no te gustaba que yo haga. Me obsesiono así ¿qué querés?
No entiendo por qué hay gente que nunca se termina de ir de tu vida.
Resulta que esa tarde, llegué a mi mesa del rincón, con mis aires de intelectualidad y desazón para con el mundo. Debo haber sacado una birome y debo haber empezado a escribir lo que veía a mi alrededor. Aunque no parezca, o aunque nadie haya formulado esta teoría (mentira seguramente ya fue pensada cientos de veces), a las cuatro de la tarde no pasa absolutamente nada. Es la hora muerta del día. Hagan el experimento. A las cuatro de la tarde te sentás en una cafetería y no hay ni siquiera un mozo. Esa tarde, a las cuatro de la tarde, en esa cafetería, en esa mesa, de ese rincón, estaba yo. Y bueno, tampoco exageremos, también había un par de personas desperdigadas por las mesas. Pero sucede que esa hora me fascinaba. Y eso que el cuatro es un número que detesto. Pero a las cuatro de la tarde acontece ese fenómeno de vacío total en la ciudad. Cuatro por cuatro dieciséis, dieciséis igual cuatro de la tarde. Perdón es que acabo de hacer ese razonamiento y no puedo evitar plasmarlo. Quizás algo tenga que ver con esta teoría. Al pedo estudié lo que es una teoría si después ando usando esa palabra para cualquier gilada que se me ocurre.
Habían pasado unos minutos y unos renglones garabateados, y como suele sucederme los miércoles que hace frío, me acordaba de vos. Seguro estaba por rendir alguna materia, porque si bien te dedicaba gran parte de mis pensamientos, otra parte estaba inevitablemente "en donde debía estar". Siempre me decías que me limito un montón. Y también me acuerdo de la charla sobre la escalera mecánica. Y no es que hablábamos sobre escaleras mecánicas, es que estábamos parados en una escalera mecánica cuando hablábamos ¿Te acordarás? Medio jodido.
Resulta que había un pacto implícito, una ley que si bien había sido acordada por ambos, nunca había sido exteriorizada. Nunca habíamos expresado nuestras voluntades de manera verbal o escrita o por signos inequívocos. Eramos puro tácito, tácito y más tácito. Sabés de lo que te hablo. Una vez más, no hace falta que sea expresa.
No tengo idea de por qué levanté la mirada justo en ese instante. Y tampoco sé por qué estabas vos justo en Buenos Aires y justo en la vereda de mí cafetería. Buenos Aires es mi circunscripción, sabés que no tenés que acercarte, sabés que podemos salir lastimados. No sé por qué se me ocurrió mirar por la ventana, y doy gracias por haber estado oculta en mi mesa del rincón. Pero te vi, con las manos en los bolsillos, ese gesto tan típico y esos ojos que hasta sonriendo son tristes. Ahora ni siquiera sé si en serio te vi. Elijo creer que sí. Y elegí también, seguir ocultándome. Creo que fue porque eran las cuatro de la tarde, y nada puede suceder a las cuatro de la tarde.
Me quedaba perfecto. Estaba sentadita, ahí, disfrutando trágicamente de mi soledad. Porque aceptémoslo, amaba ser la marginada, la incomprendida, la "no, boluda, si yo soy re diferente a todos los demás". Y seguía una y otra vez sentándome en los rincones. En las mesas de los rincones. En las sillas contra la pared de las mesas de los rincones. Y miraba, ni yo se que miraba. O qué buscaba mirar. Siempre terminaba viendo lo que tenía ganas y siempre terminaba escribiendo algo que me parecía espectacular y que quería publicar para que lo leas. Te admiraba un poco y me daba pena no leerte. Y tomaba café, mucho café, y mucha birra, y demasiado porro. Demasiado. Me gustaba hacer las cosas que vos hacías pero que no te gustaba que yo haga. Me obsesiono así ¿qué querés?
No entiendo por qué hay gente que nunca se termina de ir de tu vida.
Resulta que esa tarde, llegué a mi mesa del rincón, con mis aires de intelectualidad y desazón para con el mundo. Debo haber sacado una birome y debo haber empezado a escribir lo que veía a mi alrededor. Aunque no parezca, o aunque nadie haya formulado esta teoría (mentira seguramente ya fue pensada cientos de veces), a las cuatro de la tarde no pasa absolutamente nada. Es la hora muerta del día. Hagan el experimento. A las cuatro de la tarde te sentás en una cafetería y no hay ni siquiera un mozo. Esa tarde, a las cuatro de la tarde, en esa cafetería, en esa mesa, de ese rincón, estaba yo. Y bueno, tampoco exageremos, también había un par de personas desperdigadas por las mesas. Pero sucede que esa hora me fascinaba. Y eso que el cuatro es un número que detesto. Pero a las cuatro de la tarde acontece ese fenómeno de vacío total en la ciudad. Cuatro por cuatro dieciséis, dieciséis igual cuatro de la tarde. Perdón es que acabo de hacer ese razonamiento y no puedo evitar plasmarlo. Quizás algo tenga que ver con esta teoría. Al pedo estudié lo que es una teoría si después ando usando esa palabra para cualquier gilada que se me ocurre.
Habían pasado unos minutos y unos renglones garabateados, y como suele sucederme los miércoles que hace frío, me acordaba de vos. Seguro estaba por rendir alguna materia, porque si bien te dedicaba gran parte de mis pensamientos, otra parte estaba inevitablemente "en donde debía estar". Siempre me decías que me limito un montón. Y también me acuerdo de la charla sobre la escalera mecánica. Y no es que hablábamos sobre escaleras mecánicas, es que estábamos parados en una escalera mecánica cuando hablábamos ¿Te acordarás? Medio jodido.
Resulta que había un pacto implícito, una ley que si bien había sido acordada por ambos, nunca había sido exteriorizada. Nunca habíamos expresado nuestras voluntades de manera verbal o escrita o por signos inequívocos. Eramos puro tácito, tácito y más tácito. Sabés de lo que te hablo. Una vez más, no hace falta que sea expresa.
No tengo idea de por qué levanté la mirada justo en ese instante. Y tampoco sé por qué estabas vos justo en Buenos Aires y justo en la vereda de mí cafetería. Buenos Aires es mi circunscripción, sabés que no tenés que acercarte, sabés que podemos salir lastimados. No sé por qué se me ocurrió mirar por la ventana, y doy gracias por haber estado oculta en mi mesa del rincón. Pero te vi, con las manos en los bolsillos, ese gesto tan típico y esos ojos que hasta sonriendo son tristes. Ahora ni siquiera sé si en serio te vi. Elijo creer que sí. Y elegí también, seguir ocultándome. Creo que fue porque eran las cuatro de la tarde, y nada puede suceder a las cuatro de la tarde.
lunes, 13 de abril de 2015
re lindo
te miro despacito
te escucho de lejos
y quizás nunca te escribí un poema
o quizás nunca lo publiqué
porque soy medio cagona.
igual que se yo
me gusta que me veas imperfecta
y hoy escuche en alguna canción
"¿preferís lindo o preferís libre?"
basta de hacernos creer que está bien atarnos
ya no los voy a escuchar.
o quizás sí
y siempre me hago promesas a mi misma
y nunca me puedo cumplir
pero me copa taparme los oídos
y gritar
y gritar(te).
yo re sé que me escuchas
re sé algunas cosas que te gustan
recé un rosario de mi rosario roto
para ver si seguía andando
y, ay, tenés cosas re sutiles
(estoy diciendo muchas veces "re", sorry)
y, ay, hay cosas de ahí que sabes que me re gustan
¿no querés taparme vos los oídos un toque?
siempre tenes rico olor
y seguro esto va a ser lo más banal que diga
me refiero a todo esto
me refiero a toda yo
capaz que porque las cosas importantes
te las digo sin escribir
who cares
me chupa un huevo
re escribo
porque
re
tengo
ganas
bancantela.
ah, sos lindo ¿ya te dije?
me flasheas y no sé si está bueno
pero sí sé que sí estás bueno.
estoy medio cansada de ser adulta
y eso que empecé hace re poco
y la gente me pregunta de vos
y ya ni me acuerdo de cuándo les conté
quizás se refieren a otro, igual
me hago quilombo yo sola
imaginate el quilombo que tienen ellos
quiero poner "jajaja"
¿se puede poner "jajaja" en un poema?
¿es esto un poema?
pará que consulto, eh
QUIÉN ESCRIBIÓ LAS REGLAS NO ME GUSTAN LAS REGLAS
dale venite un toque más
así te toco.
confundo todo y mi cerebro es así
¿no te pasa que te perdés en tu propio cerebro?
siempre ando con ganas de escribirte
pero algo que valga la pena ser leído
ay, no, ahora me puse mal
sorry si alguien piensa que esta desperdiciando su tiempo leyendo esto
y me pongo a pensar que hay cosas que no podemos compensar
¿y por qué nos gusta tanto el equilibrio?
qué cagada, che
siempre siento que estoy ahi re solari en un subibaja
remil depresivo
sentadita en el piso
en una plaza desierta
con el asiento opuesto del subibaja
ahi
re lejos
re arriba
a veces yo también quiero estar arriba
qué injusto, che
¿a qué iba?
ah. si, a que sos muy lindo
te escucho de lejos
y quizás nunca te escribí un poema
o quizás nunca lo publiqué
porque soy medio cagona.
igual que se yo
me gusta que me veas imperfecta
y hoy escuche en alguna canción
"¿preferís lindo o preferís libre?"
basta de hacernos creer que está bien atarnos
ya no los voy a escuchar.
o quizás sí
y siempre me hago promesas a mi misma
y nunca me puedo cumplir
pero me copa taparme los oídos
y gritar
y gritar(te).
yo re sé que me escuchas
re sé algunas cosas que te gustan
recé un rosario de mi rosario roto
para ver si seguía andando
y, ay, tenés cosas re sutiles
(estoy diciendo muchas veces "re", sorry)
y, ay, hay cosas de ahí que sabes que me re gustan
¿no querés taparme vos los oídos un toque?
siempre tenes rico olor
y seguro esto va a ser lo más banal que diga
me refiero a todo esto
me refiero a toda yo
capaz que porque las cosas importantes
te las digo sin escribir
who cares
me chupa un huevo
re escribo
porque
re
tengo
ganas
bancantela.
ah, sos lindo ¿ya te dije?
me flasheas y no sé si está bueno
pero sí sé que sí estás bueno.
estoy medio cansada de ser adulta
y eso que empecé hace re poco
y la gente me pregunta de vos
y ya ni me acuerdo de cuándo les conté
quizás se refieren a otro, igual
me hago quilombo yo sola
imaginate el quilombo que tienen ellos
quiero poner "jajaja"
¿se puede poner "jajaja" en un poema?
¿es esto un poema?
pará que consulto, eh
QUIÉN ESCRIBIÓ LAS REGLAS NO ME GUSTAN LAS REGLAS
dale venite un toque más
así te toco.
confundo todo y mi cerebro es así
¿no te pasa que te perdés en tu propio cerebro?
siempre ando con ganas de escribirte
pero algo que valga la pena ser leído
ay, no, ahora me puse mal
sorry si alguien piensa que esta desperdiciando su tiempo leyendo esto
y me pongo a pensar que hay cosas que no podemos compensar
¿y por qué nos gusta tanto el equilibrio?
qué cagada, che
siempre siento que estoy ahi re solari en un subibaja
remil depresivo
sentadita en el piso
en una plaza desierta
con el asiento opuesto del subibaja
ahi
re lejos
re arriba
a veces yo también quiero estar arriba
qué injusto, che
¿a qué iba?
ah. si, a que sos muy lindo
jueves, 9 de abril de 2015
La playa III
Nico. ¿Cómo empezar a hablar de él? Nos conocimos siendo dos cabecitas minúsculas, pero ambos con alturas por encima del promedio para nuestra edad. Delantales turquesas, risas, manos transpiradas con miedo a sentirse cerca. Dos nenes, sumando siete años entre los dos. Hablabamos, siempre me gustó hablar y el escuchaba mucho, tenía, además orejas grandes y me decía que le gustaba cómo se movía mi boca cuando me reía. Teníamos una extraña complicidad, de esa que tienen los nenes, esa sinceridad y elocuencia que con el paso del tiempo vamos perdiendo. Pasabamos horas y horas juntos, y después del primer año, llegó también la primera separación (de las muchas que nos esperaban).
Mamá dijo que me iba a cambiar de Jardín, Un recreo, habia llegado demasiado alto en la hamaca del patio y, no pudiendo controlar el movimiento, caí de cara al piso. Me acuerdo de correr al baño y ver en el espejo el reflejo de mi boca sangrando. No me dolía, o será que uno se olvida muy fácil del dolor, pero desde ese entonces, tengo el frenillo superior cortado. Si me miran con detenimiento cuando sonrío muy grande, se me nota. Esa es la secuela que me dejó la salita de tres.
Nico también se cambiaba de Jardín, a uno de uno de los colegios más conocidos, yo, en cambio, terminé en uno muy nuevito, pero que prometía "un excelente nivel de inglés". A mis papás los convenció. Así que así fue, ese diciembre, los dos anunciamos nuestras respectivas partidas y nos alegramos de que la amistad de nuestros papás mantendrían, de cierto modo, nuestro vínculo. De todas maneras, era sabido que ya no nos veríamos todos los días.
Vivíamos relativamente cerca, en ese entonces la distancia era enorme, porque mi mundo era mi manzana (y supongo que el suyo habrá sido la suya). Fuimos creciendo, de a poquito, mirándonos, hablándonos, construyendo un vínculo tan maduro como el que con tan acotada edad, podíamos concebir. Soñabamos con escaparnos, con irnos un poco del mundo (ya les dije, igual, que mi mundo era mi manzana), pero teníamos ideas, expectativas, queríamos más.
Su mamá me quería, bueno, no sólo a mí, también era muy amiga de mamá y que ellas se juntaran a tomar el té a la tarde, a nosotros nos daba la oportunidad de seguir explorando nuestros respectivos mundos. Él sí tenía un patio enorme, con perros y todo. Años, muchos años más tarde, tuve la oportunidad de volver a entrar a esa casa, creo que la nostalgia que sentí, no la había experimentado nunca. Su papá era mi pediatra, al final de las consultas me regalaba caramelos a escondidas, y hasta me dejaba elegir los sabores. Esperaba con ansias el momento en el que abría el primer cajón y me miraba picarescamente. Cuando estaba aprendiendo a andar en bicicleta, se me ocurrió la genial idea de tirarme por una bajada (no solía tener mucha supervisión, como verán), todo iba bien, rápidisimo, pero bien, hasta que noté que no tenía frenos y que, al final de la bajada había una planta con espinas. Se imaginarán, termine llorando, sangrando y con mamá retandome mientras me sacaba las espinas de todos lados. Pero se ve que nos olvidamos de sacar una, y al mes seguía ahí, incrustada en mi rodilla. Fuimos al doctor, que me dio un palito de helado para morder, y logró sacarmela. Y después, claro, me dio caramelos.
Hay una anécdota que recuerdo con mucho, mucho amor, y creo que es la que define lo que fue mi relación con Nico durante los años. Mamá, para ganarse unos pesos, buscaba a los chicos del barrio del colegio y los acercaba a cada uno a su casa. Nico solía venir y además, ser el último al que dejábamos. Cuando llegamos a su casa, nunca voy a recordar cuál fue la razón, comenzó a pelear con su mamá, y en el punto cúlmine de la discusión, lo oí gritar "Me voy a ir de esta casa, me voy a ir con Alejandra, que sí me quiere y nos vamos a ir a dar vueltas por todo el mundo". Me puse rojísima, mientras las mamás se reían y él seguía furioso.
Terminó entrando a almorzar y yo seguramente terminé durmiéndome en el auto antes de llegar a casa. Pero sabiendo que por mucho tiempo, muchísimo, me iba a acordar de esa frase.
(Hola ahora me acotumbré a escribirles mensajitos al final así que nada, gracias por leer)
Mamá dijo que me iba a cambiar de Jardín, Un recreo, habia llegado demasiado alto en la hamaca del patio y, no pudiendo controlar el movimiento, caí de cara al piso. Me acuerdo de correr al baño y ver en el espejo el reflejo de mi boca sangrando. No me dolía, o será que uno se olvida muy fácil del dolor, pero desde ese entonces, tengo el frenillo superior cortado. Si me miran con detenimiento cuando sonrío muy grande, se me nota. Esa es la secuela que me dejó la salita de tres.
Nico también se cambiaba de Jardín, a uno de uno de los colegios más conocidos, yo, en cambio, terminé en uno muy nuevito, pero que prometía "un excelente nivel de inglés". A mis papás los convenció. Así que así fue, ese diciembre, los dos anunciamos nuestras respectivas partidas y nos alegramos de que la amistad de nuestros papás mantendrían, de cierto modo, nuestro vínculo. De todas maneras, era sabido que ya no nos veríamos todos los días.
Vivíamos relativamente cerca, en ese entonces la distancia era enorme, porque mi mundo era mi manzana (y supongo que el suyo habrá sido la suya). Fuimos creciendo, de a poquito, mirándonos, hablándonos, construyendo un vínculo tan maduro como el que con tan acotada edad, podíamos concebir. Soñabamos con escaparnos, con irnos un poco del mundo (ya les dije, igual, que mi mundo era mi manzana), pero teníamos ideas, expectativas, queríamos más.
Su mamá me quería, bueno, no sólo a mí, también era muy amiga de mamá y que ellas se juntaran a tomar el té a la tarde, a nosotros nos daba la oportunidad de seguir explorando nuestros respectivos mundos. Él sí tenía un patio enorme, con perros y todo. Años, muchos años más tarde, tuve la oportunidad de volver a entrar a esa casa, creo que la nostalgia que sentí, no la había experimentado nunca. Su papá era mi pediatra, al final de las consultas me regalaba caramelos a escondidas, y hasta me dejaba elegir los sabores. Esperaba con ansias el momento en el que abría el primer cajón y me miraba picarescamente. Cuando estaba aprendiendo a andar en bicicleta, se me ocurrió la genial idea de tirarme por una bajada (no solía tener mucha supervisión, como verán), todo iba bien, rápidisimo, pero bien, hasta que noté que no tenía frenos y que, al final de la bajada había una planta con espinas. Se imaginarán, termine llorando, sangrando y con mamá retandome mientras me sacaba las espinas de todos lados. Pero se ve que nos olvidamos de sacar una, y al mes seguía ahí, incrustada en mi rodilla. Fuimos al doctor, que me dio un palito de helado para morder, y logró sacarmela. Y después, claro, me dio caramelos.
Hay una anécdota que recuerdo con mucho, mucho amor, y creo que es la que define lo que fue mi relación con Nico durante los años. Mamá, para ganarse unos pesos, buscaba a los chicos del barrio del colegio y los acercaba a cada uno a su casa. Nico solía venir y además, ser el último al que dejábamos. Cuando llegamos a su casa, nunca voy a recordar cuál fue la razón, comenzó a pelear con su mamá, y en el punto cúlmine de la discusión, lo oí gritar "Me voy a ir de esta casa, me voy a ir con Alejandra, que sí me quiere y nos vamos a ir a dar vueltas por todo el mundo". Me puse rojísima, mientras las mamás se reían y él seguía furioso.
Terminó entrando a almorzar y yo seguramente terminé durmiéndome en el auto antes de llegar a casa. Pero sabiendo que por mucho tiempo, muchísimo, me iba a acordar de esa frase.
(Hola ahora me acotumbré a escribirles mensajitos al final así que nada, gracias por leer)
martes, 7 de abril de 2015
La playa II
Seguramente los hechos estén desordenados, es que van brotando de mi mente, van saliendo como una acumulación, una vertiente de recuerdos inevitables. Suele suceder cuando los mantenés encerrados durante mucho tiempo. Siento, igualmente, que muchos de estos recuerdos están implantados en mí... ¿son las cosas cómo sucedieron o cómo las recordamos? Una mezcla de ambas, de cada vez que reconstruimos un acontecimiento en la cabeza. Por ejemplo, yo estoy absolutamente convencida de que alguna vez ví a Papa Noel, por ilógico que suene, y por ilógico que me parezca a mi misma. Yo puedo jurar que miré para el cielo una noche del 24 y vi pasar manchas de luces. El recuerdo está vivísimo en mi cabeza. Hay cosas que no quiero saber nunca, hay incertidumbres que me embelesan.
Pero otra vez me estoy yendo por las ramas, van a tener que tenerme paciencia, contar esta historia no es fácil para mi.
Volvimos, siempre volvíamos, y estábamos rodeados de cosas rotas, y no eramos los únicos con miedo, la cuadra entera estaba conmocionada, quizás fue en ese tiempo que le pedí a mamá un hamster (Jueves ya se había ido hace algún tiempo, a algún lugar) y a mi me gustaban los animales, mamá no quería perros y papá odiaba los gatos. Una tarde, apareció en casa una gata con muchos gatitos. La cuidamos a escondidas, hasta que nos descubrieron y nos ligamos el castigo de nuestras vidas por mentir. "¡Pero mamá! No mentimos..." Y ahí escuché el famoso "ocultar también es mentir". Tiene sentido, supongo. Pero, si nadie te pregunta específicamente, tampoco podes ser acusado de mentir todo el tiempo. A mi nadie me preguntó cómo estaba hoy, y no por eso me acusan de ocultar o mentir... En fin.
Eramos de las nenas con amiguitos de la cuadra, vivíamos disfrazados, así que era común ver un peculiar conjunto de indiecitos, damas antiguas, power rangers y bailarinas que daban vuelta a la manzana sumando adeptos. Recuerdo mi infancia con una sonrisa enorme, y recuerdo a la gente de mi infancia con mucho amor. La vida da muchas vueltas, y sin siquiera planearlo, terminé encontrándome con parte de la manada años después, Vicky y Cami terminaron siendo de mi grupo de amigas de mis últimos años de la secundaria, Mikey se mudó a Mendoza y nos veíamos años después en la finca de La Esperanza algún que otro verano, entre guerras de agua y hormonas que nos jugaban malas pasadas...
Ay, la finca, otro de los lugares importantísimos de mis primeros años. Pan con manteca y azúcar en la galería, después de todo el día en la pileta y de todas las picaduras de avispas y de las víboras pisadas mientras nos subíamos a los árboles. Lo lindo de los veranos es que tenían días largos que nos alcanzaban para todo, y para llegar, al final, a la noche, a comer en la mesa larguísima, los fideos de Lauri. Un domingo, o sábado, o quizás algún día de semana (que en vacaciones son exactamente iguales que los domingos) mamá y Lauri y todos los adultos se había metido en la casa, y nos habían dejado a los chicos en la pileta, yo, con mis cinco años, estaba empezando a nadar, algo me defendía, se me nubla un poco la memoria, y de repente sólo me recuerdo a mí, en la orilla de la pileta y a mi hermana, en las escaleritas, con uno de esos flotadores tipo rosca en la cintura, sucedió muy rápido, tal vez, y tal vez también haya sido un poco culpa mía. Siempre me gusto desafiar, La cosa es que ya, ella metida en el agua, levantó los brazos y comenzó a hundirse vertiginosamente despacio, mezclándose con el fondo celeste. Hay algo que recuerdo clarísimo, sus ojos vidriosos mirándome mientras se iba para abajo, entre el agua. Pero hay algo que, también, extrañamente, recuerdo. Es como si yo hubiese estado dentro de ella en ese momento. Porque me recuerdo a mi misma, en el borde de la pileta, mirándola, recortada por el sol. Mamá presiente cosas, y se ve que lo presintió, porque de un momento para el otro la vi llegando corriendo, tirarse a la pileta y sacar del fondo a mi hermana, tosiendo, escupiendo agua, y con los ojos rojos (del cloro o de estar a punto de llorar). Dijeron que nunca más nos iban a dejar solas en la pileta, pero sabíamos que no iba a ser así. Creo que heredé algunos de los presentimientos de mamá. Siempre me sorprendieron, me siguen sorprendiendo. ¿Cuántas veces me habré despertado, en medio de la noche, para encontrarla en el borde de mi cama? Y me decía "me desperté y vine y tenías esto a punto de picarte", mientras me señalaba el alacrán muerto en el piso. ¿Cuántas veces me habrá llamado por teléfono justo cuando la llamé yo con el pensamiento, porque algo me dolía demasiado en el corazón? No me gusta la excesiva confianza, pero el abrazo de mamá me hace sentir más segura que cualquier cosa en el mundo.
Tengo un largo historial de abandonos en mi vida, y ese día, cuando nos contaron que Nico se mudaba a Córdoba, sólo fue uno de los primeros. Sentía que me arrancaban un pedacito, ignoraba que faltaba que me arranquen muchos más.
(¿Más?)
Pero otra vez me estoy yendo por las ramas, van a tener que tenerme paciencia, contar esta historia no es fácil para mi.
Volvimos, siempre volvíamos, y estábamos rodeados de cosas rotas, y no eramos los únicos con miedo, la cuadra entera estaba conmocionada, quizás fue en ese tiempo que le pedí a mamá un hamster (Jueves ya se había ido hace algún tiempo, a algún lugar) y a mi me gustaban los animales, mamá no quería perros y papá odiaba los gatos. Una tarde, apareció en casa una gata con muchos gatitos. La cuidamos a escondidas, hasta que nos descubrieron y nos ligamos el castigo de nuestras vidas por mentir. "¡Pero mamá! No mentimos..." Y ahí escuché el famoso "ocultar también es mentir". Tiene sentido, supongo. Pero, si nadie te pregunta específicamente, tampoco podes ser acusado de mentir todo el tiempo. A mi nadie me preguntó cómo estaba hoy, y no por eso me acusan de ocultar o mentir... En fin.
Eramos de las nenas con amiguitos de la cuadra, vivíamos disfrazados, así que era común ver un peculiar conjunto de indiecitos, damas antiguas, power rangers y bailarinas que daban vuelta a la manzana sumando adeptos. Recuerdo mi infancia con una sonrisa enorme, y recuerdo a la gente de mi infancia con mucho amor. La vida da muchas vueltas, y sin siquiera planearlo, terminé encontrándome con parte de la manada años después, Vicky y Cami terminaron siendo de mi grupo de amigas de mis últimos años de la secundaria, Mikey se mudó a Mendoza y nos veíamos años después en la finca de La Esperanza algún que otro verano, entre guerras de agua y hormonas que nos jugaban malas pasadas...
Ay, la finca, otro de los lugares importantísimos de mis primeros años. Pan con manteca y azúcar en la galería, después de todo el día en la pileta y de todas las picaduras de avispas y de las víboras pisadas mientras nos subíamos a los árboles. Lo lindo de los veranos es que tenían días largos que nos alcanzaban para todo, y para llegar, al final, a la noche, a comer en la mesa larguísima, los fideos de Lauri. Un domingo, o sábado, o quizás algún día de semana (que en vacaciones son exactamente iguales que los domingos) mamá y Lauri y todos los adultos se había metido en la casa, y nos habían dejado a los chicos en la pileta, yo, con mis cinco años, estaba empezando a nadar, algo me defendía, se me nubla un poco la memoria, y de repente sólo me recuerdo a mí, en la orilla de la pileta y a mi hermana, en las escaleritas, con uno de esos flotadores tipo rosca en la cintura, sucedió muy rápido, tal vez, y tal vez también haya sido un poco culpa mía. Siempre me gusto desafiar, La cosa es que ya, ella metida en el agua, levantó los brazos y comenzó a hundirse vertiginosamente despacio, mezclándose con el fondo celeste. Hay algo que recuerdo clarísimo, sus ojos vidriosos mirándome mientras se iba para abajo, entre el agua. Pero hay algo que, también, extrañamente, recuerdo. Es como si yo hubiese estado dentro de ella en ese momento. Porque me recuerdo a mi misma, en el borde de la pileta, mirándola, recortada por el sol. Mamá presiente cosas, y se ve que lo presintió, porque de un momento para el otro la vi llegando corriendo, tirarse a la pileta y sacar del fondo a mi hermana, tosiendo, escupiendo agua, y con los ojos rojos (del cloro o de estar a punto de llorar). Dijeron que nunca más nos iban a dejar solas en la pileta, pero sabíamos que no iba a ser así. Creo que heredé algunos de los presentimientos de mamá. Siempre me sorprendieron, me siguen sorprendiendo. ¿Cuántas veces me habré despertado, en medio de la noche, para encontrarla en el borde de mi cama? Y me decía "me desperté y vine y tenías esto a punto de picarte", mientras me señalaba el alacrán muerto en el piso. ¿Cuántas veces me habrá llamado por teléfono justo cuando la llamé yo con el pensamiento, porque algo me dolía demasiado en el corazón? No me gusta la excesiva confianza, pero el abrazo de mamá me hace sentir más segura que cualquier cosa en el mundo.
Tengo un largo historial de abandonos en mi vida, y ese día, cuando nos contaron que Nico se mudaba a Córdoba, sólo fue uno de los primeros. Sentía que me arrancaban un pedacito, ignoraba que faltaba que me arranquen muchos más.
(¿Más?)
lunes, 30 de marzo de 2015
La playa I
Si quiero contar esta historia desde el comienzo verdadero, tengo que retroceder bastantes años. Tenía todos los dientes, sí, pero el ratón Pérez todavía no me había visitado ni una vez. El primer regalo que me trajo el ratón Pérez fue una radio a pilas, qué vejez, pero igual esto no tiene mucho que ver con esta historia. Resulta que ahí estaba yo, con el guardapolvo azul turquesa y las manos manchadas de tempera o plasticola, seguramente (mucho de lo que cuente hoy va a estar basado en reconstrucciones de recuerdos y relatos de gente que en ese momento tenía más memoria que yo), ya había aprendido a leer un poco y mamá se maravillaba cada vez que lograba descifrar palabras en algún lugar, pero aún así casi nunca me compraba los mini paquetes de Gringuitas que le pedía a la salida del jardín. Decía que después no me comía la comida. Tenía un babero (que me obligaban a usar en las comidas) que me cubría casi hasta las rodillas y que tenia un estratégico bolsillo. Ahí guardaba las arvejas y un poco de arroz. No me gustaban mucho. Y bueno, lógicamente mamá se enojaba bastante. Igual, me estoy yendo por las ramas.
Habíamos llegado hace poco, y habíamos vivido un tiempo en el cuarto de un hotel, porque nuestro camión de la mudanza se había "perdido" en algún lugar del altiplano. Claro, sólo a nosotros se nos ocurría mudarnos en vacaciones y, encima, con el carnaval entre medio. Pero en fin. Luego de una temporada de desayunos preparados por otra gente y camas tendidas por otra gente, llegamos a la que sería la casita de mi infancia. Qué difícil describirla, siempre es difícil describir lugares o momentos significativos, quizás porque las palabras siempre quedan cortas. Tenia un patio delantero, con geranios que dejaban olor en las manos cuando los cortábamos, y un paraíso chiquito que en una helada se murió, y que, luego de eso, en alguna de nuestras andanzas lo llenamos de diminutos monitos de plástico. Habíamos visto Dinosaurios hace poco y queríamos simular una escena que nos había emocionado. Era una casita de barrio, igual a todas las de la manzana, ladrillo visto, una vereda simpática, vecinos que saludaban. Era una ciudad mucho más chiquita a la que estábamos acostumbrados. La gente hablaba con la gente, y eso nos sorprendía... Bueno, a mi no tanto.
Tenía, también un patio trasero grande. Un árbol que casi que llegaba al cielo y hasta había espacio para estacionar a nuestro futuro auto: Pepo.
Una vez, hablando de vecinos y de patios, apareció en el nuestro un perro negro como el alquitrán, con mi hermana intentamos e intentamos descubrirle alguna manchita, pero no había caso. Alquitranado, negro, totalmente. Era Jueves, y nosotras no teníamos mucha imaginación (o teníamos demasiada) y decidimos que se iba a llamar Jueves, quizás haya sido porque también, hace poco, habíamos visto Un hombre llamado Viernes, y nos llamó la atención. Jueves se quedó con nosotros un tiempo, y nos ocasionó uno de los primeros conflictos con los vecinos: se ve que la boxer de la familia de al lado le gustaba mucho, y, nadie sabe como, pero una tarde entró a su patio y se pusieron de novios. Bueno, eso tuvimos que suponerlo, después de que de algunas semanas, los vecinos andaban enojados, ofreciendo cachorritos por todos lados (y obligándonos a ofrecer la mitad a nosotros). Me fui por las ramas, de nuevo. Es que me acordé de estar sentada arriba del árbol, viendo a Jueves pasar por abajo, como entre las ramas. Prometo concentración (mentira).
La cosa es que vivíamos ahí los cuatro, con mi hermana compartíamos un cuarto, y en ese momento papá y mamá también compartían uno (en algún momento contaré cuando esto cambió). Como era la mayor, me correspondía el privilegiado lugar de la cucheta de arriba. Quizás esto les parezca un poco asqueroso (les aseguro que a mi hermana le gustó menos aún) pero una noche, que me da un poquito de vergüenza recordar, fue a despertar a mamá diciéndole "está lloviendo adentro de la casa". Se imaginarán...
La cocina era chiquita, una de las cosas de las que recuerdo que mamá se quejaba todo el tiempo y, por suerte, nunca almorzamos con la tele prendida (es más, el único televisor que tuvo mi familia, en ese momento estaba escondido en el cuarto de mis papás). No voy a decir que nunca veíamos tele, es más, con mamá fuimos bastante fanáticas de Muñeca Brava, al punto de que le rogué que me cortara el flequillo en punta, como lo usaba Natalia Oreiro, y al punto de que cumplió mis deseos sin muchos titubeos, pero, afortunadamente, el aparatito (y la señal que hacía que se formen imágenes en la pantalla) nunca fueron algo central en nuestra existencia.
Papá tenía un equipo de música grande (siempre le gustó mucho la música) y una colección de discos infinita. Sólo una vez entraron a robar a casa, y creo que lo que más le dolió fue que los ladrones se llevaron, en vez del televisor, su equipo y su colección de discos.
Ahora, al fin, esta mención del robo, me va orientando hacia lo que quería contarles, o a lo que, de cierta manera, esta historia va orientada.
Esa noche, antes de entrar, ya sentimos un ambiente raro en la cuadra, y, al abrir la puerta, nos dimos cuenta en seguida de que hasta hace unos pocos minutos había habido gente adentro de la casa. Bueno, no era muy difícil de suponer: las luces estaban prendidas y el televisor envuelto en una frazada y tirado en el piso. Se asombrarán, pero seguimos conservando esa frazada y ese televisor. Pintoresco.
Papá no quería que entráramos más a la casa, tenía miedo de que los ladrones estuviesen escondidos, todavía, pero, les juro que fue imposible no escabullirnos: necesitábamos ver cómo estaba nuestro cuarto. Prendimos la luz con las manitos chiquitas y temblando, y vimos que la cama de hermana (luego del incidente de la lluvia las habíamos reacomodado en forma de "L") estaba llena de vidrios y toda desordenada: La ventana de nuestro cuarto había sido utilizada como puerta. Nos enojamos un poquito porque papá y mamá nunca dejaban que nosotras salieramos por la ventana. De repente nos cazaron de las cinturas y nos sacaron del cuarto, de la casa, de la cuadra, y nos llevaron a lo de Nico. Nico era el hijo de nuestro pediatra, hijo de una amiga de mamá y compañero mío del jardín. Y fueron ellos, los que esa noche, esa noche que estuvimos "sin casa", nos hospedaron. Y es Nico, también, del que voy a hablar más adelante.
(Va a haber más, tranquis)
Habíamos llegado hace poco, y habíamos vivido un tiempo en el cuarto de un hotel, porque nuestro camión de la mudanza se había "perdido" en algún lugar del altiplano. Claro, sólo a nosotros se nos ocurría mudarnos en vacaciones y, encima, con el carnaval entre medio. Pero en fin. Luego de una temporada de desayunos preparados por otra gente y camas tendidas por otra gente, llegamos a la que sería la casita de mi infancia. Qué difícil describirla, siempre es difícil describir lugares o momentos significativos, quizás porque las palabras siempre quedan cortas. Tenia un patio delantero, con geranios que dejaban olor en las manos cuando los cortábamos, y un paraíso chiquito que en una helada se murió, y que, luego de eso, en alguna de nuestras andanzas lo llenamos de diminutos monitos de plástico. Habíamos visto Dinosaurios hace poco y queríamos simular una escena que nos había emocionado. Era una casita de barrio, igual a todas las de la manzana, ladrillo visto, una vereda simpática, vecinos que saludaban. Era una ciudad mucho más chiquita a la que estábamos acostumbrados. La gente hablaba con la gente, y eso nos sorprendía... Bueno, a mi no tanto.
Tenía, también un patio trasero grande. Un árbol que casi que llegaba al cielo y hasta había espacio para estacionar a nuestro futuro auto: Pepo.
Una vez, hablando de vecinos y de patios, apareció en el nuestro un perro negro como el alquitrán, con mi hermana intentamos e intentamos descubrirle alguna manchita, pero no había caso. Alquitranado, negro, totalmente. Era Jueves, y nosotras no teníamos mucha imaginación (o teníamos demasiada) y decidimos que se iba a llamar Jueves, quizás haya sido porque también, hace poco, habíamos visto Un hombre llamado Viernes, y nos llamó la atención. Jueves se quedó con nosotros un tiempo, y nos ocasionó uno de los primeros conflictos con los vecinos: se ve que la boxer de la familia de al lado le gustaba mucho, y, nadie sabe como, pero una tarde entró a su patio y se pusieron de novios. Bueno, eso tuvimos que suponerlo, después de que de algunas semanas, los vecinos andaban enojados, ofreciendo cachorritos por todos lados (y obligándonos a ofrecer la mitad a nosotros). Me fui por las ramas, de nuevo. Es que me acordé de estar sentada arriba del árbol, viendo a Jueves pasar por abajo, como entre las ramas. Prometo concentración (mentira).
La cosa es que vivíamos ahí los cuatro, con mi hermana compartíamos un cuarto, y en ese momento papá y mamá también compartían uno (en algún momento contaré cuando esto cambió). Como era la mayor, me correspondía el privilegiado lugar de la cucheta de arriba. Quizás esto les parezca un poco asqueroso (les aseguro que a mi hermana le gustó menos aún) pero una noche, que me da un poquito de vergüenza recordar, fue a despertar a mamá diciéndole "está lloviendo adentro de la casa". Se imaginarán...
La cocina era chiquita, una de las cosas de las que recuerdo que mamá se quejaba todo el tiempo y, por suerte, nunca almorzamos con la tele prendida (es más, el único televisor que tuvo mi familia, en ese momento estaba escondido en el cuarto de mis papás). No voy a decir que nunca veíamos tele, es más, con mamá fuimos bastante fanáticas de Muñeca Brava, al punto de que le rogué que me cortara el flequillo en punta, como lo usaba Natalia Oreiro, y al punto de que cumplió mis deseos sin muchos titubeos, pero, afortunadamente, el aparatito (y la señal que hacía que se formen imágenes en la pantalla) nunca fueron algo central en nuestra existencia.
Papá tenía un equipo de música grande (siempre le gustó mucho la música) y una colección de discos infinita. Sólo una vez entraron a robar a casa, y creo que lo que más le dolió fue que los ladrones se llevaron, en vez del televisor, su equipo y su colección de discos.
Ahora, al fin, esta mención del robo, me va orientando hacia lo que quería contarles, o a lo que, de cierta manera, esta historia va orientada.
Esa noche, antes de entrar, ya sentimos un ambiente raro en la cuadra, y, al abrir la puerta, nos dimos cuenta en seguida de que hasta hace unos pocos minutos había habido gente adentro de la casa. Bueno, no era muy difícil de suponer: las luces estaban prendidas y el televisor envuelto en una frazada y tirado en el piso. Se asombrarán, pero seguimos conservando esa frazada y ese televisor. Pintoresco.
Papá no quería que entráramos más a la casa, tenía miedo de que los ladrones estuviesen escondidos, todavía, pero, les juro que fue imposible no escabullirnos: necesitábamos ver cómo estaba nuestro cuarto. Prendimos la luz con las manitos chiquitas y temblando, y vimos que la cama de hermana (luego del incidente de la lluvia las habíamos reacomodado en forma de "L") estaba llena de vidrios y toda desordenada: La ventana de nuestro cuarto había sido utilizada como puerta. Nos enojamos un poquito porque papá y mamá nunca dejaban que nosotras salieramos por la ventana. De repente nos cazaron de las cinturas y nos sacaron del cuarto, de la casa, de la cuadra, y nos llevaron a lo de Nico. Nico era el hijo de nuestro pediatra, hijo de una amiga de mamá y compañero mío del jardín. Y fueron ellos, los que esa noche, esa noche que estuvimos "sin casa", nos hospedaron. Y es Nico, también, del que voy a hablar más adelante.
(Va a haber más, tranquis)
domingo, 29 de marzo de 2015
Quietud
El domingo nos trae música melacólica, y cielo azul. Totalmente azul, sin ni siquiera una nube pintando de blanco algún sector. Los domingos se escuchan más fuerte los pensamientos. Desesperan. Debe ser porque todo lo demás está demasiado callado. Son las dos de la tarde y todavía no dije nada en todo el día, todavía no hablé, ni siquiera me animé a cantar alguna letra de alguna canción. Es domingo y trato de escucharme más. Como si las palabras exteriorizadas hicieran que mis pensamientos se silencien. Es domingo y estoy quieta, desesperadamente quieta. Es domingo de analizar todo. Es domingo de pechos que se cierran, de hojas de árboles que no se mueven, de gritos en la cabeza. Es domingo y ¡cuánta falta me hacés, la puta madre!
No te preocupes igual, mañana es Lunes, y seguro me olvido.
No te preocupes igual, mañana es Lunes, y seguro me olvido.
jueves, 26 de marzo de 2015
Volver
Fue el "cerrá los ojos" que me conmovió más en mi vida. Y ni siquiera importaba quién era el que lo pronunciaba. Ni siquiera importaba quién era el que, con sus manos, con sus movimientos iba guiándome por un espacio totalmente nuevo para mi. O no tan nuevo. Quizás mis pies había recorrido esa superficie alguna vez. Quizás por esa razón me sentía tan cómoda. Quizás por eso, con los ojos cerrados, me movía mejor. Lo que importaba, al fin y al cabo, era que por fin, por fin, por fin, me había vuelto a dar el lujo de permitirme sentir. De permitirle a mis pies ser libres, de permitirme cerrar los ojos y dejar que todo el resto de mi cuerpo vea por él mismo. Y uno a uno los músculos se relajaban, y una a una las barreras se iban cayendo. No importa hacer el ridículo, es más ¡necesito que hagas el ridículo! ¡Necesito que saques todo lo que tenés adentro! Reíte de vos misma mientras te dejás caer en un cúmulo de brazos inciertos. Con los ojos cerrados, siempre, pero con todos los demás sentidos a flor de piel.
¿No te das cuenta, acaso, que así, tus pies desnudos sienten más la textura de la madera? ¿No te das cuenta de que escuchando podés adivinar lo que está sucediendo a tu lado? ¿No aprendés, nena, a identificar olores que aún no tienen rostro?
¡Es que estás sintiendo de nuevo!
¡Es que al fin volviste!
¡Es que hace tanto que este piso te extrañaba!
Y es que, aunque cueste, a lo que hace bien, siempre es bueno volver.
¿No te das cuenta, acaso, que así, tus pies desnudos sienten más la textura de la madera? ¿No te das cuenta de que escuchando podés adivinar lo que está sucediendo a tu lado? ¿No aprendés, nena, a identificar olores que aún no tienen rostro?
¡Es que estás sintiendo de nuevo!
¡Es que al fin volviste!
¡Es que hace tanto que este piso te extrañaba!
Y es que, aunque cueste, a lo que hace bien, siempre es bueno volver.
lunes, 23 de marzo de 2015
¿Qué importa?
Odio cuando tengo que buscar en algún lugar para saber qué fecha es. Es como si, realmente, estuviese perdida en el tiempo.
Creo que es, también, un símbolo inequívoco de mi dejadez ¿símbolo o signo? Ay, nunca me acuerdo de eso. Varios profesores se decepcionarían...
Pero si vamos a hablar de decepción, hay una larga fila. Acomódense bien, no empujen. Todos van a tener su oportunidad de regodearse de mis falencias, de mis carencias, de mis actitudes. Todos van a poder mirarme con desaprobación. Tranquilos, hay tiempo para todo, y para todos. Aunque bueno, tampoco es que molestaría mucho defraudarlos también en ese aspecto... Si ya están acostumbrados a mis incumplimientos ¿qué importa si prometo una vez más?
Creo que es, también, un símbolo inequívoco de mi dejadez ¿símbolo o signo? Ay, nunca me acuerdo de eso. Varios profesores se decepcionarían...
Pero si vamos a hablar de decepción, hay una larga fila. Acomódense bien, no empujen. Todos van a tener su oportunidad de regodearse de mis falencias, de mis carencias, de mis actitudes. Todos van a poder mirarme con desaprobación. Tranquilos, hay tiempo para todo, y para todos. Aunque bueno, tampoco es que molestaría mucho defraudarlos también en ese aspecto... Si ya están acostumbrados a mis incumplimientos ¿qué importa si prometo una vez más?
domingo, 22 de marzo de 2015
Otra mirada
El Artículo 4 de la Convención Americana de Derechos Humanos
habla sobre el derecho a la vida.
El inciso 1° establece que “Toda persona tendrá derecho a
que se respete su vida. Este derecho está protegido por la ley y, en general, a
partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida
arbitrariamente”.
La discusión se ha dado siempre respecto a ciertas
expresiones o palabras de este inciso que entran en controversia con el
Artículo 19 de nuestra Constitución Nacional, el cual establece el derecho a la
autonomía personal.
Ahora bien, creo que existen distintas maneras de afrontar
este debate, podríamos gastar tinta y papeles intentando descifrar cuándo
comienza la vida, qué es la concepción, qué significa la expresión “en
general”, qué derecho prima sobre el otro… pero podríamos, por otro lado,
enfocarlo desde una visión distinta y justamente mucho más abacartiva.
Creo que el debate sobre el aborto debería darse entendiendo
la profunda desigualdad de género que hoy existe. Entendiendo, también, que no sólo se le niega a la mujer su derecho
a conformar el plan de vida al momento de decidir qué hacer con su embarazo,
sino que se lo está afectando desde el momento en el que se le niega la
educación sexual, desde que se la pone en un lugar de subordinación respecto al
hombre, desde que sigue formando parte de un grupo que ha visto sus derechos
sistemáticamente vulnerados.
¿Podemos hablar de autonomía personal cuando la mujer está y siempre ha estado en
una posición de desigualdad? ¿Puede decirse que hay posibilidad de constituir
esta autonomía personal cuando en la
realidad en la que vivimos no existe un verdadero y efectivo acceso a la
educación sexual y a los métodos anticonceptivos? ¿Hay autonomía personal
cuando uno tiene sus derechos más básicos vulnerados?
No es menor recalcar que estos patrones se siguen
reproduciendo y, lo que es peor, naturalizándose en las clases sociales más
desaventajadas.
No se puede hablar de decisiones tomadas libremente sin que
el Estado proteja el acceso a los
derechos sociales: la vivienda, alimentación, educación y salud, por nombrar algunos, que son los
derechos que garantizan una posición verdaderamente igualitaria y entonces así,
una real posibilidad de que exista la autonomía personal.
viernes, 20 de marzo de 2015
Rota
Observó la distancia que separaba la taza de porcelana blanca de sus manos. La observó, suspendida en el aire. Observó también la distancia de la taza con el suelo. Y sucedería lo inevitable. Pero lo estaba viendo. Estaba viendo cómo, milimetricamente ese espacio se iba achicando y cómo fatalmente, se acercaba el final tan predecible. Pero lo estaba viendo. Podía verlo, podía saber con exactitud cuál iba a ser el desenlace, pero por más rápido que moviera sus manos, no podía evitarlo. Podía adelantarse a los hechos, también, y ver la taza, ya hecha trizas en el suelo. Podría romperse de muchas maneras, pedazos chicos, otros mucho más grandes, alternados. Y el dibujo que formarían todos esos fragmentos también era de posibilidades infinitas.
¿Caerían más lejos, más cerca? ¿Hasta dónde podría llegar un pedacito más intrépido? Se imaginó, también, mucho tiempo después, encontrando a ese pedacito intrépido en algún rincón, detrás de la heladera, quizás.
Podía ver lo que estaba sucediendo, y las mil y una alternativas del futuro, pero en ese instante ya nada estaba en sus manos, literal y figurativamente.
¿Qué podía hacer entonces, además de pensar, de imaginar que sucedería?
Cuando finalmente la taza se estrelló en el suelo, se dibujó en él, un dibujo que no había acudido a su cabeza.
Y, es que podemos imaginarnos rompiéndonos de mil maneras, podemos observar el instante justo antes de saber que vamos a estallar en mil pedazos, podemos estar seguros de que nos vamos a romper y que va a ser inevitable. Pero, al final, el dibujo que van a formar nuestros fragmentos, es impredecible.
¿Caerían más lejos, más cerca? ¿Hasta dónde podría llegar un pedacito más intrépido? Se imaginó, también, mucho tiempo después, encontrando a ese pedacito intrépido en algún rincón, detrás de la heladera, quizás.
Podía ver lo que estaba sucediendo, y las mil y una alternativas del futuro, pero en ese instante ya nada estaba en sus manos, literal y figurativamente.
¿Qué podía hacer entonces, además de pensar, de imaginar que sucedería?
Cuando finalmente la taza se estrelló en el suelo, se dibujó en él, un dibujo que no había acudido a su cabeza.
Y, es que podemos imaginarnos rompiéndonos de mil maneras, podemos observar el instante justo antes de saber que vamos a estallar en mil pedazos, podemos estar seguros de que nos vamos a romper y que va a ser inevitable. Pero, al final, el dibujo que van a formar nuestros fragmentos, es impredecible.
martes, 17 de marzo de 2015
Razones ficticias
Inhalo, exhalo, pero no dejo de temblar.
¿Cómo llegué a este lugar?
Tengo una sensación horrible en la boca del estómago. Me falta una parte importante. Me falta un cachetada mental que en tu idioma significa "calmate un poco".
Cachetadas mentales. De esas necesito. De tus palabras que me hacen entrar en razón, que me devuelven un poquito la entereza y me hacen dar cuenta de que nada es grave. O todo lo es, y por eso, al mismo tiempo, nada lo es. Misma conclusión.
Y si sé todas estas cosas, entonces ¿por qué igual necesito que me las digas?
Ah, ya se. Es que necesito que me digas algo.
Tengo mucho frío, a pesar de que el sol me está dando de lleno en la espalda, puedo decir, entonces, también, que cuando todo es calor, entonces nada lo es. Y el frío que siento quizás sea tan solo una mínima falta del calor insoportable que venía experimentando. Tu calor insoportable.
Me embola siempre llegar a hablar de vos. Pero ¿qué querés? no puedo evitarlo, no me gusta evitar las cosas. Si siento, por algo es. Y no, no soy conformista, callate.
Siempre de alguna forma, u otra, estás presente, pero igual, no es a lo que iba.
Me estaba preguntando cómo es que llegué a este lugar. Y no me refiero a lo físico. Físicamente creo CREO que sé dónde estoy, pero no nos metamos en filosofía... bue, como si eso fuera evitable. Estoy harta de irme por las ramas, me di cuenta de que nunca termino nada, no le doy un final a estas cosas que escribo. Debe ser que odio los finales, o que no creo en ellos. Podría intentar, igual, darle una conclusión. ¿Es necesario que algo termine para poder sacar una conclusión? Sería una suerte de "conclusión parcial", bueno, creo que con eso me siento medianamente cómoda. Igual, que aberrante sentirse totalmente cómodo, y entonces también es medianamente aberrante sentirse medianamente cómodo. Ponele que quiero quejarme un poco.
Se me desordenan las ideas, basta, es todo tu culpa esto. No por acción, sino por omisión. Aunque no hay ni acción pura ni omisión pura, pero vos entendes, igual me chupa un huevo si entendes o no. Si tuviese huevos esa frase tendría más sentido. Pero bueno, vos me entendes (de nuevo con lo de "vos me entendes" estoy re gila hoy).
La computadora esta calentando y me quema la pierna. En un sólo sector, incisiva, a propósito y ya sabemos que me da paja pararme o cambiarla de lugar, así que ni preguntes cuando veas la quemadura, pensá que estoy aprovechando este tipo de calor insoportable.
¿Cómo llegué a este lugar?
Tengo una sensación horrible en la boca del estómago. Me falta una parte importante. Me falta un cachetada mental que en tu idioma significa "calmate un poco".
Cachetadas mentales. De esas necesito. De tus palabras que me hacen entrar en razón, que me devuelven un poquito la entereza y me hacen dar cuenta de que nada es grave. O todo lo es, y por eso, al mismo tiempo, nada lo es. Misma conclusión.
Y si sé todas estas cosas, entonces ¿por qué igual necesito que me las digas?
Ah, ya se. Es que necesito que me digas algo.
Tengo mucho frío, a pesar de que el sol me está dando de lleno en la espalda, puedo decir, entonces, también, que cuando todo es calor, entonces nada lo es. Y el frío que siento quizás sea tan solo una mínima falta del calor insoportable que venía experimentando. Tu calor insoportable.
Me embola siempre llegar a hablar de vos. Pero ¿qué querés? no puedo evitarlo, no me gusta evitar las cosas. Si siento, por algo es. Y no, no soy conformista, callate.
Siempre de alguna forma, u otra, estás presente, pero igual, no es a lo que iba.
Me estaba preguntando cómo es que llegué a este lugar. Y no me refiero a lo físico. Físicamente creo CREO que sé dónde estoy, pero no nos metamos en filosofía... bue, como si eso fuera evitable. Estoy harta de irme por las ramas, me di cuenta de que nunca termino nada, no le doy un final a estas cosas que escribo. Debe ser que odio los finales, o que no creo en ellos. Podría intentar, igual, darle una conclusión. ¿Es necesario que algo termine para poder sacar una conclusión? Sería una suerte de "conclusión parcial", bueno, creo que con eso me siento medianamente cómoda. Igual, que aberrante sentirse totalmente cómodo, y entonces también es medianamente aberrante sentirse medianamente cómodo. Ponele que quiero quejarme un poco.
Se me desordenan las ideas, basta, es todo tu culpa esto. No por acción, sino por omisión. Aunque no hay ni acción pura ni omisión pura, pero vos entendes, igual me chupa un huevo si entendes o no. Si tuviese huevos esa frase tendría más sentido. Pero bueno, vos me entendes (de nuevo con lo de "vos me entendes" estoy re gila hoy).
La computadora esta calentando y me quema la pierna. En un sólo sector, incisiva, a propósito y ya sabemos que me da paja pararme o cambiarla de lugar, así que ni preguntes cuando veas la quemadura, pensá que estoy aprovechando este tipo de calor insoportable.
domingo, 8 de marzo de 2015
25 meses
Y de alguna u otra manera, me encuentro expectante, una vez más. Una vez más con la sensación de volver a empezar. Y con la emoción y el miedo que suelen traer los comienzos.
Hoy siento que vuelvo a ser la que 25 meses atrás pisó Buenos Aires, no por primera vez, pero por primera vez para quedarse. Y acá estoy. Sintiendo que no cambié nada desde ese día, pero también sabiendo que soy una persona completamente distinta. Si, ya se, contradicción, una de las tantas, pero pienso, también, que una cosa no quita a la otra, los opuestos se complementan, dicen... y no se qué digo yo, por eso muchas veces me la paso repitiendo.
Hace unos meses, escribí algo parecido, escribí que siento que por fin voy encontrando mi lugar, y eso no quiere decir que esté feliz o cómoda siempre, sino que siento que puedo superarme, que tengo la oportunidad de hacerlo. Escribí también, que estaba contenta de haberme encontrado, o reencontrado con personas maravillosas. Sin dudas cada una dejó algo importante en mí, y cada tanto aparece alguna que me vuela la cabeza. Y sí, soy de volarme la cabeza seguido... que lo haga seguido no quiere decir que me acostumbre a ello. Y la gente va y viene, aprendí a no aferrarme a ella. O a aferrarme, sí, pero a ¿desaferrarme? rápido.
Retomé el blog hace ya ocho meses, y siento que era algo que me debía hace años. Más allá de que sea leído o no, ha sido un compañero constante este tiempo, una expresión, una manera de volcar lo que se me pasa por la cabeza, y de tener la oportunidad de poder releerme a mi misma, de retomar pensamientos que de otra manera, probablemente, se hubiesen perdido en los recovecos de materia gris o en el cuadriculado de cuadernos.
Los meses pasados fueron de los más difíciles que tuve que vivir, razones más, razones menos, quizás no sea eso lo que realmente importe, pero creo que necesitaba desesperadamente sentir que existía la posibilidad de empezar de cero en varios sentidos. Uno piensa mucho, pero cuesta concretar, quizás este sea uno más de esos comienzos fallidos, pero espero que no sea así.
Hoy no estoy en ningún subte con olor a nuevo, estoy sentada en el universo de mi cuarto recién reordenado, con el viento del balcón, intrépido, como lo ha sido últimamente, y con la sensación de que hoy, también, estoy dejando algo más mientras escribo. Y también se me escapan lágrimas, mezcladas. Hay de todo un poco, no puedo asegurar lágrimas de qué son, pero si traen tranquilidad, que vengan, no voy a ocultarlas atrás de una Ale fría que no soy.
Y también espero releerme y verme acá, volver a traer sentimientos y pensamientos y miedos e inquietudes y, también, espero haber crecido. Porque eso si, pase lo que pase, siempre creciendo, y sea como sea, siempre para adelante.
Ale.
lunes, 2 de marzo de 2015
Cocinar
No sé cómo sucedió, pero de repente me costaba horrores pararme en la cocina.
Me encantaba cocinar para otros, y mi soledad se había trasladado a casi todo ámbito de mi existencia.
Un aluvión de papelitos del delivery cubría enteramente la heladera vacía (por dentro). Bueno, no del todo vacía, un par de botellas de agua y un viejo limón partido al medio ocupaban los estantes. No me atrevía a tirarlo. Era seductor, ahí, con ese amarillo gastado y achicharrado por el paso del tiempo. Por un lado sabía que no lo iba a usar nunca, pero en mi cabeza le daba cierta sensación de completo al asunto. Me veía reflejada en él: amarilla y vieja y sola y a la mitad, y no me hubiese gustado que a mí me tiraran a la basura dejándome a la suerte de algún muchacho recolector.
Aún así, me negaba a darle compañía, como también me la negaba, en parte, a mí misma.
¿Quién diría que iba a encontrar una analogía en un medio limón encerrado en un gigantesco electrodoméstico?
De todos modos, mis fideos con tuco no tenían el mismo gusto cuando los comía en silencio mirando a la pared.
Creo que el comer (y, con eso, el cocinar) tiene un sentido mucho más profundo que alimentar al cuerpo. El ritual de prender la hornalla y enfrentarme a una tabla de picar, era para mí como bailar. Nunca fui muy coordinada de todos modos, y en la cocina me volvía más torpe y atolondrada que sobre el escenario, pero no por eso la cocina me parecía un escenario menos encantador. Creo que también me ponía más perceptiva, como si los ruidos, movimientos y sentimientos se acrecentaran a mi alrededor, y por eso cuando cocinaba me percataba mucho más de lo que los demás me estaban pidiendo, en silencio.
No voy a decir que era buena cocinando (porque definitivamente sería una mentira) pero sí voy a aceptar que me maravillaba hacerlo. Era una forma realmente sincera de expresar lo que sentía, de decirle a los demás cuánto me importaban y cuánto quería que algo nacido de mis propias manos los deleitara.
Vuelvo a repetir, no se cómo sucedió pero de repente un día me empezó a costar horrores pararme en la cocina grande, vacía y con una heladera inútil.
¿Qué me habría llevado hasta ese punto?
¿Por qué de pronto me asustaba no complacer?
Y la pregunta qué más me aterraba: ¿Por qué tenía tanto miedo de cocinar para mí misma?
Me encantaba cocinar para otros, y mi soledad se había trasladado a casi todo ámbito de mi existencia.
Un aluvión de papelitos del delivery cubría enteramente la heladera vacía (por dentro). Bueno, no del todo vacía, un par de botellas de agua y un viejo limón partido al medio ocupaban los estantes. No me atrevía a tirarlo. Era seductor, ahí, con ese amarillo gastado y achicharrado por el paso del tiempo. Por un lado sabía que no lo iba a usar nunca, pero en mi cabeza le daba cierta sensación de completo al asunto. Me veía reflejada en él: amarilla y vieja y sola y a la mitad, y no me hubiese gustado que a mí me tiraran a la basura dejándome a la suerte de algún muchacho recolector.
Aún así, me negaba a darle compañía, como también me la negaba, en parte, a mí misma.
¿Quién diría que iba a encontrar una analogía en un medio limón encerrado en un gigantesco electrodoméstico?
De todos modos, mis fideos con tuco no tenían el mismo gusto cuando los comía en silencio mirando a la pared.
Creo que el comer (y, con eso, el cocinar) tiene un sentido mucho más profundo que alimentar al cuerpo. El ritual de prender la hornalla y enfrentarme a una tabla de picar, era para mí como bailar. Nunca fui muy coordinada de todos modos, y en la cocina me volvía más torpe y atolondrada que sobre el escenario, pero no por eso la cocina me parecía un escenario menos encantador. Creo que también me ponía más perceptiva, como si los ruidos, movimientos y sentimientos se acrecentaran a mi alrededor, y por eso cuando cocinaba me percataba mucho más de lo que los demás me estaban pidiendo, en silencio.
No voy a decir que era buena cocinando (porque definitivamente sería una mentira) pero sí voy a aceptar que me maravillaba hacerlo. Era una forma realmente sincera de expresar lo que sentía, de decirle a los demás cuánto me importaban y cuánto quería que algo nacido de mis propias manos los deleitara.
Vuelvo a repetir, no se cómo sucedió pero de repente un día me empezó a costar horrores pararme en la cocina grande, vacía y con una heladera inútil.
¿Qué me habría llevado hasta ese punto?
¿Por qué de pronto me asustaba no complacer?
Y la pregunta qué más me aterraba: ¿Por qué tenía tanto miedo de cocinar para mí misma?
Escriba un título II
Debo confesar que abrí el borrador sin saber bien sobre qué escribir. Tan sólo quería desahogarme un poco ¿Desahogarme de qué? Quién sabe, ni yo sé. Ni siquiera se a dónde estoy yendo con esto. Quizás sea, de cierta forma, forzarme; pero quizás sea, también dejar que mis pensamientos se acomoden mientras los dedos corren por el teclado. Una confesión. Una confesión de algo que aún no se si hice.
¿Será más sincero si escribo así? Sin saber a dónde estoy yendo. Bueno, un poco como mi vida. Quizás sea una linda metáfora: Escribo hoy esto como voy escribiendo mi vida. Abro un borrador cada vez que me levanto y comienzo a improvisar. Bueno, no creo. La rutina poco espacio deja a la improvisación. O yo me refugio en la rutina para no tener que esforzarme creando. Un poco duro conmigo misma.
Últimamente estoy preguntándome mucho, sobre muchas cosas, como inundando mi alrededor de incógnitas, pero también, hace poco, descubrí que prefiero mis preguntas antes que las respuestas de otro. O las mías, incluso. La certeza da más miedo que la incertidumbre, porque en la incertidumbre siempre puedo esperar lo mejor. Las certezas no tienen grises, parecen enormes piedras imposibles de erosionar, o de mover. Están ahí, simplemente ahí, imposibles de ignorar. No quiero que se me agoten las preguntas, me da miedo estar convencida de algo. Debe ser parte, también, de mis cambios, o de mi naturaleza autoboicoteadora; o, más bien, de la parte de mi que quiere ir en contra del autoboicot: Cuando siento que sé, que siento, o que estoy convencida de algo realmente, no puedo evitar taladrarme la cabeza para ir en dirección contraria. Mejor, entonces, huirle a las convicciones. Aunque, después de todo, podría convencerme de que no está tan mal convencerse.
¿Será más sincero si escribo así? Sin saber a dónde estoy yendo. Bueno, un poco como mi vida. Quizás sea una linda metáfora: Escribo hoy esto como voy escribiendo mi vida. Abro un borrador cada vez que me levanto y comienzo a improvisar. Bueno, no creo. La rutina poco espacio deja a la improvisación. O yo me refugio en la rutina para no tener que esforzarme creando. Un poco duro conmigo misma.
Últimamente estoy preguntándome mucho, sobre muchas cosas, como inundando mi alrededor de incógnitas, pero también, hace poco, descubrí que prefiero mis preguntas antes que las respuestas de otro. O las mías, incluso. La certeza da más miedo que la incertidumbre, porque en la incertidumbre siempre puedo esperar lo mejor. Las certezas no tienen grises, parecen enormes piedras imposibles de erosionar, o de mover. Están ahí, simplemente ahí, imposibles de ignorar. No quiero que se me agoten las preguntas, me da miedo estar convencida de algo. Debe ser parte, también, de mis cambios, o de mi naturaleza autoboicoteadora; o, más bien, de la parte de mi que quiere ir en contra del autoboicot: Cuando siento que sé, que siento, o que estoy convencida de algo realmente, no puedo evitar taladrarme la cabeza para ir en dirección contraria. Mejor, entonces, huirle a las convicciones. Aunque, después de todo, podría convencerme de que no está tan mal convencerse.
lunes, 23 de febrero de 2015
Desesperación II
Pienso, a veces, que no me gustaría ser tan sensible, pero ¿cambiaría todo lo que alguna vez sentí por ser un poquito mas dura? No quiero romperme, no quiero endurecerme ¿una cosa lleva a la otra? ¿son consecuencia? No me rompas, no hagas que me vuelva más fría.
No decimos las cosas por esto: las decimos y las reacciones nos hacen mierda.
¿Para qué me pedías que fuera sincera?
Ahora tengo que tragarme las lagrimas, porque está bien llorar por películas, pero esto es otra cosa. Es más difícil que te vean llorar por algo de verdad.
Y te veo agarrandome las muñecas y cuestionando eso, también. Porque mis formas de sufrir no te parecen apropiadas. Porque es más ético destruirse por dentro, no molestar a los demás, que no se note que estás mal, nena. Igual, ya ni se que es lo que queda por destruir adentro.
Soy frágil, que se yo. No voy a dejar de serlo porque no quiero dejar de serlo y porque no quiero dejar de entregar todo cuando lo siento. No quiero comenzar a sentir que esta mal abrir los sentimientos.
Me tenias en tus manos ¿sabes? De una manera mucho más profunda que cualquiera que puedas imaginar. Y te veo, con esa calma aparente por fuera, aunque el viento te este dando en la cara y aunque tengas un huracán adentro. Y decime ahora ¿con quien hablo de lo que me pasa? Escribo porque también mi memoria es frágil y desde siempre quise que no seas efímero.
¿Y qué mierda me importa si estoy sintiendo mucho?
Son mis arrebatos, los que ya conoces.
martes, 17 de febrero de 2015
El origen de lo original
Me desperté pensando en que ya estaba todo dicho. No hay una sola palabra que no haya sido pronunciada, no hay un pensamiento que no haya sido pensado, quizás por la mente más remota, quizás por la más cercana, quizás por la propia. Los momentos definen todo. Qué pensamiento trasciende y cual no. Cuál es considerado una genialidad y cuál es considerado una banalidad. Podemos pasar toda nuestra vida diciendo, pensando, sin que nada trascendental salga de nuestra mente y luego, de nuestra boca. Al final no somos nosotros los que lo definimos cuál de todas las cosas va a ser la que llegue a ser más importante que las demás. Todo está en el otro. Siempre todo está en el otro. En el que lo recibe y lo interpreta como se le antoje. Tenemos poco protagonismo hasta en lo que a nosotros mismos respecta ¿Quién nos manda a pensar, a desear, que algo propio influya en los demás? ¿Por qué esa obsesión de querer marcar vidas? ¿Por qué el constante atormento de no querer ser uno más? Ya ni sé cuantos millones somos sobre este planeta, y dudo que alguien lo sepa. Nos sentimos tan insignificantes que pretendemos no serlo, aunque sea, para una persona. Y nosotros recordamos a muchas. Muchas personas que son recordadas por muchas personas. Personas que aparecen en los efemérides porque escribieron algo que gustó o se sacrificaron por la patria, porque cantaron algún acorde robado, porque se llevaron los triunfos de personas insignificantes. Porque supieron reunir pequeñas ideas, múltiples ideas. Los recordados son acumuladores de ideas ajenas ¿Quién puede decir que fue el primero en pensar algo en particular? Nunca sabremos quién fue el primero, sólo sabemos quién es el que lo dijo más fuerte, el que fue más vivo. Robar ideas, pensamientos, al final, es facilísimo, pero sólo algunos se dan cuenta. Y son menos, aún, los que se atreven a hacerlo.
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